Izel, una bella niña pipil fue la primera en descubrir mi existencia y, casi de inmediato, me convertí en su pequeña compañía.
Izel caminaba varios kilómetros por un sendero para llegar hasta mí y darme agua durante la época seca, (pues sabrás que en esta región solamente existen dos estaciones: la seca y la lluviosa) Ella tenía grandes ojos negros, piel morena y cabellos lacios atados en dos largas trenzas que la hacían verse preciosa, pero lo más bello de ella era su bondad para conmigo. Claro que yo era pequeña y aún no sabía que para su pueblo las ceibas son sagradas, eso lo aprendí después, el día en que su papá la acompañó a visitarme y le narró las creencias de su pueblo sobre mí:
“Cuenta la famosa leyenda del Popol Vuh1, que los dioses creadores sembraron en los cuatro rumbos del cosmos sus respectivas ceibas sagradas: al Este, la ceiba roja; al Oeste, la ceiba negra; al Sur, la ceiba amarilla, y al Norte, la ceiba blanca. Finalmente sembraron una quinta ceiba al centro de todos estos rumbos, y en sus raíces ubicaron el Xibalbá o Mitnal, que era la morada de los muertos; en su base colocaron el Kab o la tierra que habitamos los seres vivos; y en su fuste y ramas establecieron su morada los dioses; mientras que en la cima de su copa habitaba el origen de todos los dioses en la forma de una magnífica ave Quetzal celestial.”
“Cuenta la famosa leyenda del Popol Vuh1, que los dioses creadores sembraron en los cuatro rumbos del cosmos sus respectivas ceibas sagradas: al Este, la ceiba roja; al Oeste, la ceiba negra; al Sur, la ceiba amarilla, y al Norte, la ceiba blanca. Finalmente sembraron una quinta ceiba al centro de todos estos rumbos, y en sus raíces ubicaron el Xibalbá o Mitnal, que era la morada de los muertos; en su base colocaron el Kab o la tierra que habitamos los seres vivos; y en su fuste y ramas establecieron su morada los dioses; mientras que en la cima de su copa habitaba el origen de todos los dioses en la forma de una magnífica ave Quetzal celestial.”
Mientras escuchaba a su padre, Izel abría sus grandes ojos negros con asombro. No podía creer que ante ella tenía la puerta del cielo. Muy pronto vinieron a verme muchas personas, algunas desde muy lejos y todas hablaban de mí en su lengua náhuatl2, alabando mi existencia y agradeciendo a los dioses el que yo hubiese nacido en aquel paraje. En su lengua me decían pochotli.
Poco a poco me vi rodeada de ranchos de paja a los que llamaban xacales y fue así, como, muchos siglos atrás, se formó una aldea y yo, la ceiba, me encontraba en el centro de la misma como significado de vida, grandeza, fuerza y unión.
Con el tiempo se fue estableciendo en este lugar lo que luego los historiadores llamarían “El señorío de Cuzcatlán”.
Cuzcatlán en náhuatl significa “Tierra de Preseas” debido a la gran riqueza natural de la zona, bosques frondosos, gran cantidad de animales y hasta una enorme laguna eran parte del lugar. Aunque dicha laguna se secó con el paso de los años, la zona continuó siendo rica en vida silvestre.
¡Ah! ¡Si yo te contara todo lo que he visto!
Continuemos... Cuando Izel vivía todo era tranquilo, los días transcurrían entre quehaceres cotidianos de los habitantes del lugar. Eran muy pacíficos, sus principales actividades eran la caza y el cultivo de alimentos. Vivían en completa armonía con la naturaleza, la miraban con reverencia pues dependían de ella para su existencia. La amaban y cultivaban con especial cuidado, es más, recuerdo un día en que escuché comentarios sobre un juicio contra un indígena porque había dejado de cultivar sus tierras y de cómo el cacique lo castigó severamente por eso.
El cacique o rey era quien guardaba el orden y la paz entre los pobladores, luego me enteré que Izel era su hija y cuando ella tuvo la edad suficiente, se arregló su matrimonio con un joven guerrero.
Lo supe por una de las tantas veces que ella conversó conmigo…¡cómo me hubiera gustado poder corresponder a sus palabras! Pero en lugar de hablar yo la escuchaba atentamente y le regalaba sombra.
Por un buen tiempo dejé de verla, fui testigo de la muerte de su padre y de cómo todos los habitantes lo lloraron durante cuatro días, ofreciéndole regalos para su viaje al más allá.
Je cessai de la voir pendant un long moment, je fus témoin de la mort de son père, et vis tous les habitants le pleurer pendant quatre jours, lui offrant des cadeaux pour son voyage dans l'au-delà.
Las estaciones pasaron y una tarde de verano me presentó a su hijo. Con gran orgullo ella le enseñó a colocar agua en mis amplias raíces, mientras le narraba la misma historia sagrada que su padre le contó años atrás. Era la forma de pasar sus conocimientos al chico, que luego formaría parte de una nueva generación de pipiles.