Yo no soy ni leyenda ni personaje.
Tan solo soy una Ceiba centenaria que ha visto y escuchado mucho a lo largo de su vida. Nací de forma natural hace ya algunos siglos, nadie sabe realmente mi edad y yo he perdido la cuenta de los años que me rodean.
Je ne suis qu'une Ceiba centenaire qui a vu et entendu beaucoup de choses pendant sa vie. Je suis née naturellement il y a quelques siècles, personne ne sait vraiment quel est mon âge, et moi j'ai perdu le compte de mes années.
No siempre fui tan alta ni tan gruesa, mi semilla cayó volando cuando todo en este paraje era verdor. El río solía llenar el aire con su canto, las aves volaban libres sin preocupación alguna y la tierra fértil cumplió su misión de protegerme, hasta que mi delgado tallo asomó por el suelo con la determinación de crecer cada año un poco más.
Al principio, los venados saltaban sobre mí sin ninguna consideración. Algunas veces solo corrían por diversión, y en otras ocasiones huían de la flecha que buscaba cazarlos para convertirlos en alimento y trofeo.
Mis pequeñas hojas atrapaban los rayos del sol que se dejaban ver entre la maleza.
En esa época, yo estaba segura de que sería más grande e imponente que ellos, y el tiempo me dio la razón.
Desde que mis primeras hojas salieron, he sido afortunada al encontrarme en una aldea donde mi presencia es venerada y sagrada. Los Pipiles1, habitantes de la región de Cuscatlán, creían que mi especie unía la tierra con el cielo y por esa razón me cuidaron con gran devoción mientras crecía.
Me pregunto si yo algún día seré parte de las grandes leyendas de este lugar llamado hoy El Salvador.
El Salvador es un pequeño país situado en el corazón de Centroamérica, siendo el más pequeño de América su cultura, su historia y sus mitos están unidos a los de la región, es por eso que en varios países podemos encontrar a dos seres mitológicos muy conocidos: “La Siguanaba” y “El Cipitío”.
La Siguanaba no siempre se llamó así. Cuenta la Leyenda que Sihuehuet (que en náhuatl2 significa mujer hermosa) tenía un romance con el hijo del dios Tláloc (dios de los dioses). Juntos tuvieron un hijo al que llamaron Cipitío, pero ella era mala madre porque dejaba al bebé solo todo el tiempo y éste, al sentir hambre, se comía la ceniza de la cocina pues no encontraba alimentos en casa, por esa razón Cipitío era muy barrigón.
El dios Tláloc se dio cuenta del descuido de Sihuehuet y la castigó llamándola Siguanaba (mujer horrible) al mismo tiempo que fue condenada a vagar por los campos, por eso dicen que se le puede encontrar en los ríos y quebradas de El Salvador, lavando ropa y buscando a su hijo. Se presenta al principio como una mujer hermosa a los hombres que viajan solos por la noche, se les acerca y luego se convierte en una mujer horrible.
Le dieu Tlaloc se rendit compte de la négligence de Sihuehuet et la punit en l'appelant Siguanaba (femme horrible). Elle fut condamnée à errer dans les champs, et on dit qu'on peut la rencontrer dans les rivières ou dans les ravins du Salvador, où elle lave ses vêtements en cherchant son fils. Elle se présente d'abord comme une femme très belle devant les hommes qui voyagent seuls la nuit et lorsque'elle s'approche d'eux, elle se transforme en une femme horrible.
No hace mucho tiempo, llegaron corriendo hasta mí dos pobres hombres sin aliento, ambos no paraban de hablar de la experiencia que habían tenido:
– ¿Qué pasó? ¿Por qué corrimos? ¿No viste a esa mujer hermosa al lado del río?– Sí, pero era mejor correr, porque yo creo que era la Siguanaba.– ¿La Siguanaba? ¿Pero... qué dices? ¿Por qué estás tan seguro?– Se estaba bañando con guacal de oro y el peine también era de oro, ¿No lo viste?– ¡No! Me asusté mucho cuando comenzaste a correr gritando que habías visto a la Siguanaba.– Es que ya me pasó una vez, antenoche, en el camino a casa, una bella mujer me llamaba con dulzura y cuando me acerqué para platicar un poco, se convirtió en una horrible mujer que me quería robar el alma.– ¡Eres un exagerado Pedro, quién sabe qué pesadilla tuviste y ahora dices que fue verdad!– Bueno, mejor dame las gracias porque te salvé de ella. Esa noche me libré porque mordí la medallita de la virgen que siempre ando en el pecho y tú no andas ninguna.– ¡Va! capaz que después me vas a decir que viste al Cipitío jajaja.
– ¿Qué pasó? ¿Por qué corrimos? ¿No viste a esa mujer hermosa al lado del río?– Sí, pero era mejor correr, porque yo creo que era la Siguanaba.– ¿La Siguanaba? ¿Pero... qué dices? ¿Por qué estás tan seguro?– Se estaba bañando con guacal de oro y el peine también era de oro, ¿No lo viste?– ¡No! Me asusté mucho cuando comenzaste a correr gritando que habías visto a la Siguanaba.– Es que ya me pasó una vez, antenoche, en el camino a casa, una bella mujer me llamaba con dulzura y cuando me acerqué para platicar un poco, se convirtió en una horrible mujer que me quería robar el alma.– ¡Eres un exagerado Pedro, quién sabe qué pesadilla tuviste y ahora dices que fue verdad!– Bueno, mejor dame las gracias porque te salvé de ella. Esa noche me libré porque mordí la medallita de la virgen que siempre ando en el pecho y tú no andas ninguna.– ¡Va! capaz que después me vas a decir que viste al Cipitío jajaja.
Y riendo juntos se fueron por otro lado de la vereda.
El Cipitío también tiene su propia leyenda y esta cuenta que el dios Tláloc lo recompensó por tanto sufrimiento y le permitió ser niño para siempre, desde entonces se dedica a tirar florcitas y piropos a las muchachas bonitas que lavan ropa en los ríos o se bañan en ellos.
Es pequeño y barrigón; usa un gran sombrero de paja en su cabeza y tiene los pies al revés, porque cuando las personas intentan seguirlo pierden sus huellas.
Es inofensivo, no hace mal a nadie y se dice que solo los niños pueden verlo.
La verdad es que nadie sabe a ciencia cierta si son verdad o mentira, pero mientras exista alguien que cuente sus historias, seguirán viviendo en la memoria de la región.
En fin... mi historia es más antigua que esas leyendas.
Al inicio todo era diferente y tranquilo. Permíteme contarte lo que recuerdo...