×
Sommaire
Couverture Biographie Carte et Photos 1 La reina, el caballero y la princesa2 La Malvada Hechicera3 Mi Abuelo Tato 4 La Abuela Ekaterina5 Estancia en la Habana 6 El Abuelo y la Malvada Hechicera7 La salida8 En el país de la Hechicera9 En la escuela de Allá10 Retorno al framboyán11 Epílogo
Version
Polices
Aquella mañana, sus únicas compañeras fueron Mamá y Cary. Ambas seguían sin hablarse luego de que Lisandra demostrara su habilidad pictórica sobre las paredes del cuarto fucsia. Las dos contestaban con monosílabos. Se veían incómodas y muy tiesas, como los maniquíes de las grandes tiendas de aquel nuevo país. Pero al menos habían hecho su mejor esfuerzo para ir juntas, pese al mal genio y a los pocos deseos de contestarse mutuamente. Por otro lado, Lisandra sentía un poco de culpa: los dibujos de Picasso eran bien bonitos y la acuarela pintaba de maravilla, sin embargo, una punzada en su corazón le indicaba que algo había hecho mal. Y no, no era solo porque Mamá y la Nueva Abuela hubieran discutido, ni porque Mamá recogiera de la sala el cuadro de la Abuela Rusa y se lo llevara escondido hasta su cuarto, ni siquiera por el hecho de que Papá discutiera como nunca antes con todos, luego de un día largo en que llegó bañado en cal y cemento hasta los mismos huesos, como decía él. Había algo más. El peso de la culpa nadaba en el corazón de Lisy.
Ce matin-là, Maman et Cary furent les seules à l'accompagner. Elles ne se parlaient plus après que Lisandra eut montré ses talents de peintre sur les murs de la chambre fuschia. Elles se répondaient par monosyllabes. On les voyait mal à l'aise et raides comme les mannequins des grands magasins de ce nouveau pays. Mais au moins elles faisaient un gros effort pour y aller ensemble malgré leur mauvaise humeur et le peu d'envie de communiquer. Par ailleurs Lisandra se sentait un peu fautive: les dessins de Picasso étaient très jolis et la peinture était très bien, mais un pincement au fond de son coeur lui disait qu'elle avait fait quelque chose de mal. Ce n'était pas seulement parce que Maman et la Nouvelle Grand-mère s'étaient disputées. Ou parce que Maman avait enlevé du salon la photo de la Grand-mère russe et l'avait cachée dans sa chambre, ou encore parce que Papa se disputait avec tout le monde comme il ne l'avait jamais fait avant, après une longue journée, pendant laquelle il était tellement resté dans la chaux qu'il en avait jusqu'aux os comme il le disait. Le poids de la culpabilité nageait dans le coeur de Lisy.
Cuando los ánimos de la discusión se habían calmado, Lisandra encontró que su cuarto había sido pintado de otro color.
Quand la dispute se fut calmée, Lisandra trouva sa chambre peinte d'une autre couleur.

Le puse verde, porque mi hijo me dijo que era  tu color favorito —susurró Cary, que parecía una esperanza o un grillo, de tanta pintura que tenía sobre la ropa.—¿Ahora te gusta?—Sí —dijo Lisandra y no agregó más. Siempre pensé que el rosado era el color favorito de las niñas—suspiró la Nueva Abuela. —No de todas —a Lisandra le hubiera gustado contarle más de ella: sus juegos y películas favoritos, el hecho de que nunca había aprendido a nadar bien y que, sin embargo, era la mejor montando caballo y bicicleta en todo su pueblito de tierra roja. Quizás la Nueva Abuela hubiera escuchado entonces. —Ahora ya lo sé —respondió con una mueca de desilusión.
Por solo un segundo, Lisandra sintió pena por Cary: a lo mejor, la Nueva Abuela tenía el sueño de tener una nieta que hablara inglés perfectamente, que le gustara el color fucsia más que nada en el mundo y que, además, no fuera una ranita cubana y belicosa. ¿Quién puede conocer los sueños más secretos de los adultos, ellos, que tanto se esfuerzan por disimular la verdad? Por solo un segundo, Lisandra sintió el impulso de abrazar a Cary, no a la Malvada Hechicera pues, ¿qué personaje negativo de los cuentos se mancha de verde por una niña extraña a la que llama su nieta? En aquel momento, Cary lucía como una abuela.
Pendant une seconde Lisandra ressentit de la peine pour Cary: peut-être que la Nouvelle Grand-mère rêvait d'avoir une petite fille qui parlait anglais parfaitement, qui aimait le fuschia plus que tout au monde, et qui en plus ne serait pas une grenouille belliqueuse et cubaine. Qui peut savoir les plus grands secrets des adultes qui s'efforcent de toujours cacher la vérité? Pendant une seconde Lisandra eut envie d'aller prendre Cary dans ses bras, pas la Méchante Sorcière. Quel méchant personnage de contes se tache de vert pour une fille étrangère qu'il appelle sa petite fille? A ce moment-là, Cary ressembla à une vraie grand-mère.
El encantamiento duró nada, apenas lo que tarda en pasarse la hoja de un libro.
Cary sonrió y dejó a Lisandra sola en aquel cuarto verde que, por primera vez, se parecía un poco al suyo, al que había quedado en Cuba.
Aunque Mamá y la Nueva Abuela no habían hecho las paces, al menos la casa se mantenía en un estado de cautela silenciosa. Las dos permanecían alejadas y si conversaban un rato era solo de cosas intrascendentes, monosílabos que intercambiaban en la mesa cuando tocaba la hora de compartir el café o la comida. Lisandra sabía que parte era su culpa.
—¡Qué difícil es esta mujer! —escuchó una vez a Mamá Desesperación, que se calmaba mientras limpiaba la sala.— ¡Y qué ganas tengo de que tu Papá tenga un trabajo decente, un trabajo en el que le paguen más dinero! ¡Irnos de aquí, lejos, bien lejos, hasta el fin del mundo si es necesario!
Lisandra conocía a Mamá Exageración así que no le hizo mucho caso. No obstante, ¡sí que le inspiraba miedo la idea de volver a partir a un lugar más extraño aún que este! ¡Hasta el fin del mundo! ¿Cuántos aviones tendrían que montar? ¿Cuántas maletas llevarían? ¿Y acaso ahora también tendría que despedirse de su cuarto verde, que se parecía tanto al de Cuba, y de sus nuevas Barbies, alfabetizadas todas, que ya hablaban perfectamente el español y bailaban guaracha4 como el más pinto de la paloma?
—Mamá, ¡si acabamos de llegar! —se quejó Lisandra.Es un decir, hijita —le aclaró ella con una sonrisa.— Ojalá pudiera ser verdad. Marcharnos a París, a Viena, al desierto de Gobi o al Polo Norte, ¡a cualquier sitio donde no exista una suegra!
Luego se rio, pero con culpa, risita de muchacha atrapada en una maldad.
Sin embargo, Mamá y la Nueva Abuela habían pactado y ahora, ambas la acompañaban a la escuela.
—Hay un bus que recoge a los muchachos frente a la casa… —había informado Cary unos días antes.—Pero el primer día la llevaremos nosotras —saltó Mamá en defensa de Lisandra, y nadie se atrevió a contradecirla.
Cuando el automóvil de Cary se detuvo frente a la escuela —que era un edificio grande, con rejas y una bandera con estrellas en la entrada—, Lisandra abrió mucho los ojos. ¡Cuántos niños! ¿Ninguno hablaría español? ¿Y si el inglés se trababa dentro de su boca y no podía pronunciar bien aquellas palabras que tanto había practicado: nice to meet you, my name is Lisandra? ¿Qué podía hacer si todo salía mal? ¿Escapar? ¿Llorar? ¿Esconderse?
Lorsque la voiture de Cary s'arrêta en face de l'école —un grand immeuble avec des grilles à l'entrée et un drapeau avec des étoiles— Lisandra ouvrit grand les yeux. Tous ces enfants! Est-ce que l'un d'entre eux parlait espagnol? Et si l'anglais restait bloqué dans sa bouche et qu'elle n'arrivait pas à bien prononcer ces mots qu'elle avait tellement répétés: nice to meet you, my name is Lisandra? Que pouvait-elle faire si tout se passait mal? S'échapper? Pleurer? Se cacher?
Mamá, sin duda ni demora, fue la primera en bajar del carro:
—Tranquila, Lisandra, te va a ir de maravilla… —en su boca, hasta las cosas más exageradas se escuchaban como una verdad total. Lisandra le creyó, pero solo a medias:—¿Y si olvido lo poco que sé de inglés y solo hablo español?—Pues lo dices todo en español, hijita, que este es un país de inmigrantes, ¡y ay del que le diga algo a mi niña! —Mamá era una leona emocionada. Abrazó a Lisandra y susurró sobre su pelo:— Haces bien en estar orgullosa, Lisandra, de ser cubana y de hablar el idioma más lindo del mundo.
De la mano de Mamá, Lisandra ya no sintió ni gota de miedo.
Entró a la escuela junto a ella.
Si Mamá hubiera sido una niña, Lisandra no dudaba que aquella Mamá pequeña sería, también bajo esa nueva forma, su mejor amiga.

Aquel primer día descubrió muchas cosas.
La escuela tenía un patio ancho y una biblioteca con libros. A la hora del almuerzo, podías elegir si preferías yogurt, refresco o agua.
Los profesores sonreían mucho. Algunos se limitaban a saludar. Otros, los más cariñosos, abrazaban.
No le gustaba, ni gota, ser la única niña nueva.
Casi todos hablaban inglés, sí, pero en su aula había tres niños que conversaban, a veces, en español. Lisandra se propuso ser, en el futuro, la mejor amiga de Ania, Pepe Antonio y Roxana.
Pudo haber sido un buen primer día si las clases no se dictaran todas en inglés. Lisandra no entendía muchas, tantísimas cosas. Las clases volaban sobre su cabeza como moscas que la niña no pudiera atrapar. Por aquí y por allá comprendía varias palabras e, incluso, supo de qué iba la tarea de Matemáticas. Pero aquello no era suficiente. Lisandra, hasta entonces, había sido en Cuba una de las mejores estudiantes de su grado, ¿qué había sucedido?, ¿el viaje la había vuelto boba con tanta mezcla de palabras en diferentes idiomas? Durante todo el día fingió entender perfectamente cada una de las lecciones. Eso no era tan difícil: bastaba con levantar la cabeza, no lucir dormida ni asustada, y abrir bien los ojos. Aquel método funcionaba en Cuba, sí, y en aquel nuevo país también. Cierto, algunos profesores se acercaban a su mesa y preguntaban:
—Is everything alright?—Sure…—respondía Lisy que, cuando escuchaba el inglés bien alto y lento, podía entenderlo todo, o casi todo.
Lisandra sentía que el antifaz de mentirosa se le iba a caer del rostro, de un momento a otro. Una teacher, la de Literatura, fue la más cariñosa de todas:
—¿Entender bien?—preguntó en español defectuoso pero, al escuchar por un segundo su idioma, Lisandra sintió que su corazón iba a explotar de felicidad y tristeza. —Más o menos—no pudo mentirle a la teacher, no a alguien que se esforzaba en comunicarse con ella en español. —Tú y yo hablar luego de clases…
A pesar del español defectuoso, Lisandra afirmó con la cabeza. Aquella profesora era como ella: ambas se esforzaban por comunicarse en un idioma que no les pertenecía. Lisandra tuvo ganas de llorar, pero contuvo las lágrimas. Por Mamá, por Papá, por Tato, incluso por Cary. Todos debían hacer sacrificios.
Malgré le mauvais espagnol, Lisandra acquiesça. Cette professeure était comme elle: toutes deux s'efforçaient de communiquer dans une langue qui n'était pas la sienne. Lisandra eut envie de pleurer mais retint ses larmes. Pour Maman, pour Papa, pour Tato et même pour Cary. Ils devaient tous faire des sacrifices.

Lo peor del día sucedió cuando la llamaron a la pizarra. Lisandra ni siquiera entendió que la convocaban. El profesor tuvo que repetir su nombre dos veces, con paciencia. Era un anciano de barbita y espejuelos, muy sonriente, que decía:
—Lisandra… Lisandra Ekaterina...Algunas risitas en el aula.
—Lisandra Ekaterina— y aunque era el mismo nombre que su Mamá y Papá le habían dado, Lisandra no podía identificarlo. Tenía la cabeza en otro sitio y, además, su nombre se escuchaba raro, mal pronunciado. ¡Mariposas en el cerebro! Lisandra contemplaba la bandera de muchas estrellas junto a la pizarra. Y rezaba también porque el reloj marcara la hora de su libertad. Necesitaba huir hacia la casa de Cary para llorar, ahora que se había vuelto tan boba y lenta, una ranita que no podía entender el inglés cuando se hablaba un poco más rápido que de costumbre.
Las risitas no aminoraron. Lisandra se hubiera sumado a ellas, solo por cortesía, por no lucir rara, pero en aquel momento el profesor se levantó del puesto y se acercó a ella, siempre con una sonrisa. Entonces, de repente, lo comprendió. La iban a tocar en el hombro, sí, y luego le hablarían muy despacio, arrastrando las palabras para que la ranita bruta entendiera, como si ella fuera una niña pequeña. Ya lo veía todo en cámara lenta: Liiiiiiiiiiiiiiii… Saaaaaaaan… Draaaaaa…
Se iba a volver loca entre tantas vocales.
Lisandra se puso de pie, en posición de firmes. Las risitas del aula explotaron en una carcajada unánime. Lisy los odió a todos, sí, incluso al pobre maestro que solo era capaz de sonreír con un poco de tristeza y comprensión. Sin decir nada, él señaló hacia adelante y ella entendió la mímica mejor que las palabras.
Corrió, no, voló hacia la pizarra.
Las risitas la acompañaron. El profesor dijo algo en inglés, algo que Lisandra no entendió, pero que de inmediato acalló todos los comentarios y las carcajadas que aún resonaban en el aula.
Les rires l'accompagnèrent. Le professeur dit quelque chose en anglais, quelque chose que Lisandra ne comprit pas, mais qui mit un terme à tous les commentaires et les rires qui résonnaient encore dans la classe.
Ahora ya estaba frente a la pizarra, pero no comprendía qué debía hacer: ¿responder el ejercicio, dar un discurso, señalar algo? ¿De qué era la clase? Tantas mariposas en su cabeza revoloteaban que no podía recordar nada. De espaldas a todos, Lisandra sintió cómo su rostro se iba cubriendo de vergüenza roja.
El viejo profesor se acercó a ella. Era tan anciano como el abuelo Tato. ¡Ojalá hubiera sido Tato! Él le habría explicado, sin reírse, cada una de las palabras del ejercicio, y entonces Lisandra habría podido contestar sin lentitud ni problemas. El maestro, sin palabras, señaló hacia los números en la pizarra. ¡Ah, sí, ya recordaba! ¡Un cálculo! ¡Era eso, algo tan simple como un cálculo!
Le vieux professeur s'approcha d'elle. Il était aussi vieux que Grand-père Tato. Si seulement c'était Tato! Il lui aurait expliqué sans rire chacun des mots de l'exercice, et alors Lisandra aurait pu répondre rapidement sans problème. Sans un mot, le maître montra les chiffres sur le tableau. Ah mais oui, elle s'en souvenait! C'était simple comme calcul!
Aunque lo rojo no se había apartado de su frente y sus cachetes, Lisandra tomó el plumón negro que el maestro le extendía con mano temblorosa —ay, dónde está la tiza, se preguntó— y contestó el cálculo. No era tan difícil, pero aun así cometió un error, quizás por la velocidad con que deseaba realizarlo para acallar, así, las risitas que seguían sonando en su cabeza. El maestro corrigió los números erróneos. Luego sonrió:
—Very well…—y le dio una palmada de ánimo en la espalda.Escuchó varios comentarios a su alrededor cuando regresó a su asiento. Por suerte, eran solo susurros. Por suerte, no los entendía demasiado bien. Por suerte, la clase acababa de terminar.

Hubiera dado cualquier cosa porque la profesora olvidara que tenían una cita. No necesitaba que nadie la consolara, no. Quería estar sola. Llorar en un baño o esconderse dentro de un taquillero.
Elle aurait donné n'importe quoi pour que la professeure oublie qu'elles avaient rendez-vous. Non, elle n'avait pas besoin qu'on la console. Elle voulait être seule. Pleurer dans des toilettes ou se cacher dans un placard.
Lisandra Ekaterina la rana divertida, no va a la pizarra porque el pupitre amarra. Lisandra Ekaterina, suspensa por tontina, no puede hablar inglés, no sabe ni quién es.
Lisandra Ekaterina, la grenouille amusante ne va pas au tableau parce qu'elle est attachée au bureau. Lisandra Ekaterina, en échec car elle est bête, elle ne peut pas parler anglais et ne sait pas qui elle est.
Lisandra Ekaterina, una rana perdida, nos vamos a burlar y no lo entenderá… Lisandra Ekaterina es la rana más fina, y aunque intenta e intenta, las clases no le entran…
Lisandra Ekaterina, une grenouille perdue, on va se moquer d'elle et elle ne comprendra rien... Lisandra est la grenouille la plus mince, et même si elle essaie, les cours ne rentrent pas...

En su cabeza, todos los compañeros del aula cantaban esa canción con rima. Se acompañaban con palmadas y risitas disimuladas. Mientras caminaba por los pasillos amplios de la escuela, le parecía escuchar aquella canción. No importaba si la repetían en inglés o español. Probablemente, Lisandra Ekaterina, la rana boba y sorda, no comprendería nada ni aunque le pusieran los subtítulos frente a ella, en letras bien grandes y como en las películas.
Extrañaba todo: su aula en Cuba, sus amigos, su casa, su framboyán, sus gallinas, al Abuelo Tato. Le sorprendió que, al pasar, nadie se detuviera a mirarla demasiado. Un par de niños la señalaron con un dedo, solo eso. Pero en la imaginación de Lisandra, todavía se escuchaba aquel sonsonete:
Lisandra Ekaterina no encuentra la oficina de cierta profesora que no sabe la hora. Lisandra Ekaterina, se halla tan perdida, ¿será analfabeta o monta una chancleta? Lisandra Ekaterina, no sabe nananina, seguro que se pierde pero eso nos divierte. Lisandra Ekaterina, tan sorda y asesina de nuestras matemáticas escritas en inglés, qué poca cosa es.

La verdad era que no podía encontrar a la profesora amable y ya comenzaba a desesperarse al escuchar, en su cabeza, las canciones imaginarias de sus compañeros de clases:
Lisandra Ekaterina es la niña sardina, se hace la que es sorda, ¡mírala qué gorda!
Lisandra Ekaterina, llantina tras llantina, escapa hasta el jardín en busca de un delfín .
Lisandra Ekaterina, tan tonta como fina, no volverá a Cuba, su abuela es una bruja.

Se tapó las orejas con tanta fuerza que no escuchó los pasos tenues de la maestra buena, una pelirroja de pecas y dientes muy blancos y parejos:
—Lisandra…—con aquellas palabras, la obligó a abrir los ojos.

La maestra se llamaba Sierra y sus abuelos habían nacido en Cuba.
—Yo recordar que ellos hablar español—le confesó a Lisandra mientras caminaban juntas. —¿Y por qué usted no lo pronuncia bien, Miss Sierra?—preguntó Lisandra. De inmediato se arrepintió: ¿por qué había dicho aquello? ¿Y si Miss Sierra se molestaba y perdía, así, a la única persona que intentaba conversar con ella?
Para su sorpresa, Miss Sierra solo contestó con una sonrisa triste:
—Mis padres me educaron in una city que solo hablar inglés all the time, my dear. Yo aprendí algo español con el tiempo, pero hacerlo muy mal. —Bueno, no tan mal—la disculpó Lisandra con una sonrisa.— Mi inglés suena peor.—English is not so difficult. Aprenderás pronto. But you may have paciencia y estudiar el doble que tus… —Miss Sierra hizo una mueca de disgusto: no podía encontrar la palabra.— Tú estudiar mucho… —terminó diciendo.— Cuenta conmigo if you need some help. Yo hablar con los profesores para ayudar un poco.Lisandra le correspondió con su mejor sonrisa de agradecimiento.
Si antes se había sentido sola, al menos ahora sabía que tenía una amiga: Miss Sierra. ¿Y quién dice que con un solo amigo no se puede cambiar el mundo?
—Un día, me gustaría conocer Cuba. ¿Cómo es país?—preguntó Miss Sierra.
Y Lisandra le contó de su pueblito, de las palmas reales, de la bandera, de sus padres y de Tato, de la tumba de la Abuela Rusa en el cementerio pequeñito del caserío y de la tumba de Nana debajo del framboyán de hojas siempre verdes. Habló y habló, tan rápido que podía notar cuándo Miss Sierra no entendía nada y abría los ojos para intentar que las palabras se colaran por ahí y llegaran hasta lo más profundo de su cabeza.
—Ustedes, cubanos, hablar so fast —se rio Miss Sierra.— ¡Español muy difícil!
Lisandra le dijo que no. El español era el idioma más lindo y simple del mundo. ¿No veía Miss Sierra cómo salía de su boca, con todas las consonantes y las vocales en su lugar, fluido como un río caudaloso?

—¿Qué tal el primer día de clases? —preguntó Cary con una sonrisa de esperanza aquella misma noche.—Más o menos…—¿Y eso qué significa? Estos muchachos de ahora, todo lo contestan con adivinanzas —se quejó.— ¿Hiciste nuevos amigos?Lisandra pensó en Miss Sierra y afirmó con la cabeza.
—¿Entendiste todas las clases?
Lisandra recordó cómo abría los ojos para disimular que estaba perdida, pero mintió:
—Ajá.—¿Y eres la nomber uan del aula? —inquirió Cary con precisión de cirujana que sabe dónde está la herida.
Si por nomber uan se refería al hecho de ser la primera en escapar de clases, entonces sí. Pero como la Nueva Abuela no había aclarado a qué se refería, Lisandra disimuló:
—Yes.
Cary hinchó el pecho con alegría.
—Esa es mi nieta. ¡Deja que se lo cuente a mis amigas del bingo!

Por suerte, el fin de semana no tardó demasiado en llegar, si no, hubiera sido insoportable.
Las clases eran demasiado largas. Quizás en realidad no lo fueran tanto, pero lo parecían. Cada día que pasaba era peor que el anterior. Lisandra sentía que iba volviéndose más pequeña y tonta  a medida que pasaban las horas. Al principio, cuando empezaban las primeras clases, entendía casi todo, pero luego el inglés se fundía con las mariposas en su cabeza.
Al llegar la tarde, ya no comprendía nada:
—Lisandra Ekaterina… —llamaban su nombre.—Presente —contestó una vez en perfecto español.
Cuando los otros se reían, Lisandra sentía cómo una nube negra de odio anidaba en su corazón.

…ranita analfabeta que monta una chancleta…
nos vamos a burlar y no lo entenderás…
…no volverá a Cuba, su abuela es una bruja
Aquellos versitos, que solo se escuchan en la cabeza de Lisandra, la perseguían adondequiera que iba.
No lo soportaba más.
En la escuela solo le gustaba la biblioteca. Sentarse frente a los libros, aunque estuvieran en inglés, le daba una sensación de paz, de encontrarse en un lugar tan silencioso que incluso los versitos bobos se marchaban a esconderse en los rincones. Apenas resonaban en su cabeza. Pero, en la biblioteca, no era fácil hacer amigos.
Un par de veces, vio que dos niños muy parecidos —a lo mejor eran gemelos— le sacaron la lengua.
Aquello no le importó. Ni siquiera quiso responderles de la misma manera. Fue a esconderse en la biblioteca. Entre tantas páginas, entre hojas y hojas, resguardada por el silencio, se sentía menos rara.También renunció a la idea de hacerse amiga de aquellos niños que hablaban español como ella. Le daba pena y miedo acercarse para pedir que la acompañaran. Además, ¿quién iba a querer ser amigo de la niña más bruta del aula, de la nomber uan en boberías, de Lisandra Ekaterina, la ranita asesina del inglés? Nadie.
Mais elle n'y fit pas attention et ne répondit même pas en faisant pareil. Elle alla se cacher dans la bibliothèque. Entre toutes les pages, toutes les feuilles, protégée par le silence, elle se sentait moins bizarre. Elle renonça aussi à l'idée de devenir l'amie de ces enfants qui parlaient espagnol comme elle. Elle avait de la peine et ressentait de la peur à l'idée de s'approcher pour leur demander de l'accompagner. De plus, qui voudrait être l'amie de la plus abrutie de la classe, la number one en idioties, de Lisandra Ekaterina, la petite grenouille qui assassine l'anglais? Personne.
En ocasiones sentía las miradas de Ania, Pepe Antonio y Roxana sobre ella. Como si la invitaran a acercarse, a jugar, a sonreír con ellos. Pero ninguno decía una sola palabra. Al fin y al cabo, ¿para qué necesitaban a una niña nueva en su grupo de amigos?
Entre los libros, Lisandra no se sentía tan boba. Los leía todos, incluso en inglés, y como los libros le hablaban despacio y claro, Lisandra los entendía. No era igual en las clases. Allá, en el aula, parecía que los profesores la medían con una regla para saber si había crecido un milímetro más en sus conocimientos del idioma. Y si resultaba que, a pesar de todo no entendía cada una de las palabras, enseguida llegaban las risitas y los profesores que regañaban a los otros niños, y la sensación de rojo sobre los cachetes, la frente y el cuello.
¿Por qué las cosas han cambiado?, Lisandra se preguntaba en ocasiones. Le hubiera gustado que Mamá y Papá pudieran explicarle bien, sí, qué tenía de bueno hacer sacrificios, si ya no veía a Tato, ni tenía amigos ni escuchaba el canto de las gallinas al poner sus mejores huevos.
Pero Mamá y Papá estaban tan sumergidos en sus propias tristezas que no notaban la falta de sonrisas ni sabían, ¡eso nunca!, que Lisandra ya no era la nomber uan del aula, sino una polilla asustada  en la biblioteca.
Una polilla, eso sí, sin amigos.

Papá estaba demasiado  cansado los fines de semana. Nunca quería salir:
—Tengo cal hasta en los ojos—se justificaba.La espalda me duele—decía.—Me quedo en casa—era la sentencia final.
Mamá nunca se quejaba, aunque en sus ojos se leía el reproche. Si se hubiera atrevido a contradecir los malestares de Papá, habría gritado a voz en cuello:
—Una familia unida jamás será vencida, mi amor, pero si sigues en la cama, no sé de qué familia estaremos hablando.
Pero Mamá se contenía y guardaba silencio por toda respuesta. Sin embargo, aceptaba visitar las tiendas con Cary, aunque eso significara que tenía que tragarse su orgullo y disgusto. Lisandra las acompañaba. Fuese como fuera, con o sin Papá, los fines de semana eran su única oportunidad de escapar de la monotonía de las clases.
Las tiendas no eran divertidas. Cary, en ocasiones, se daba cuenta del aburrimiento de Lisandra, un aburrimiento que se licuaba entre las ropas y las innumerables galerías de zapatos de aquel museo de las compras.
—Vamos a buscarte una muñeca nueva, ¿quieres? —intentaba alegrarla, pero Lisandra siempre se negaba: ¿para qué quería más juguetes, si ya tenía cajas y cajas llenas, y algunas no las había abierto nunca?
En ocasiones, Cary convencía a Mamá de lo divertido que era el bingo:
—Y a veces se gana algo de dinerito —se justificaba.— Es mi único entretenimiento.
Mamá, que tenía ideas muy diferentes de lo que era la diversión, no decía nada, pero se dejaba arrastrar hasta el casino de los indios e, incluso, saludaba a las amigas de Cary con su mejor sonrisa:
—Buenas tardes… —decía Mamá.
Todas las miradas se posaban sobre Lisandra:
—¿Así que esta es la nieta? —preguntaban.—Qué bonita, qué grande, qué coqueta… —afirmaban las señoras porque sí, por ser amables. —Tan mona y tan rubia. —Es la nomber uan de la escuela —anunciaba Cary con orgullo. Lisandra bajaba la cabeza, avergonzada ante la mentira que la Nueva Abuela acababa de decir por su culpa. Pero Cary, inspirada, entonces comenzaba a agregar elementos de su propia producción, todo con la intención de hacer más verosímil aquella historia de la nieta perfecta, recién llegada de Cuba:— Los tichers5 me han llamado para decirme lo buena alumna que es, lo aplicada y perfecta. Es la nomber uan en dibujo, literatura y ciencias, ya les digo, esta nieta mía es un genio. Y educadísima. Habla inglés como si hubiera nacido en este contry6. Y español, ¡para qué!—Claro, si nació en Cuba… —se atrevió a decir una de las viejecitas del bingo.
Cary la fulminó con la mirada:
—Y también habla francés y su abuelo le enseñó un poco de ruso. Si continuaban así, dentro de poco, Lisandra hablaría hasta griego y latín. Mamá hizo  un mohín de disgusto, pero no corrigió a la Nueva Abuela.
—Buenísima en deportes, pronto va a ser chirlider —continuaba Cary.—Y canta como los ángeles… —añadió luego. Lisandra se mordió la boca para evitar romper los sueños de Cary. —Monta mejor que ningún niño los patines—Baila con más habilidad que Alicia Alonso7
En fin, en cuestiones de minutos, Lisandra se había transformado en una criatura con alitas y aro en la cabeza: un ángel perfecto, la nomber uan en todo, la nieta de Cary. Las amigas del bingo ponían caras de dudas y de no creer una palabra, pero ninguna dijo nada que pudiera contradecir a la Nueva Abuela.
¡Pobre Cary!, pensó Lisandra. La sorpresa que se va a dar cuando descubra que soy una polillona boba.
Pero Cary estaba feliz y aquella tarde, mientras hablaba de la versión mejorada y casi perfecta de una Lisandra que no era la de siempre. Tal vez por eso ganó todos los juegos:
—¡Bingo! —decía siempre.— ¡Mi nieta es el trébol de la buena suerte!

Ojalá hubiera sido de verdad el trébol de la buena suerte.
Pero no. Lisandra Ekaterina, es decir, yo, no era otra cosa que una niña.
Ni princesa, ni heroína, ni ranita belicosa.
¿Qué princesa hubiera permitido que su final feliz se convirtiera en una escena de película donde Cary jugara al bingo? ¿Qué heroína se conformaría con llorar por los rincones, bien bajito, para que nadie se enterase? ¿Qué ranita belicosa olvidaría la alegría de los saltos y cambiaría todo por la tristeza?
Mi final feliz, y esa es la verdad, no lucía nada bien.
E iba a ponerse peor.
Esas son cosas que las pobres princesas, heroínas y ranitas belicosas nunca saben a tiempo. La vida se complica en un dos por tres. Como por arte de magia.
Y como por arte de magia, mi vida dio un vuelco.
No hizo falta hechizo ni Malvadas Hechiceras, sino una noticia. Una tan pequeña y tan esperada que tenía el tamaño de un frijol. Pero ya saben todos que los asuntos minúsculos siempre son los más grandes.
Il na fallut pas de Mauvaise Sorcière mais juste une nouvelle. Une nouvelle toute petite et inattendue qui avait la taille d'un haricot noir. Mais tout le monde sait que les sujets les plus anodins deviennent les plus importants.
Lo supe por los ojos de Mamá, tan rojos y sin alegría, y porque llevaba dos semanas con asco a todo:
Je l'appris à cause des yeux de Maman, rougis et sans joie, et aussi parce que depuis deux semaines tout la dégoutait:

—Qué va, los frijoles me dan náuseas, y también la nutella, y el arroz con pollo, y la carne de puerco
La Abuela Cary fue la primera en pronunciar la sentencia en voz alta:
—Ese asco tiene cara de niño que viene en camino —y luego de una pausa, añadió:— Ojalá sea varón. Ya hay demasiadas mujeres en esta casa.
Mamá puso el grito en el cielo:
—¿Un niño ahora? Qué va. Eso no puede ser —respondió categórica.— Este no es un buen momento.
De repente, y sin saber por qué, sentí pena por aquel hipotético hermanito mío, que dormía en la barriga de Mamá, tan pequeño como un frijol.
Soudain, sans trop savoir pourquoi, je ressentis de la peine pour cet hypothétique petit frère qui dormait dans le ventre de Maman, aussi petit qu'un haricot noir.
Pero Cary, sin susto ni nerviosismo, contestó:
—María, donde caben cuatro, cinco también. —Sí, suegra, pero es que usted no conoce nuestros planes —dijo ella, que se había puesto colorada.—¿Planes? Bueno, a lo mejor es hora de que me los cuenten.—No es nada importante, suegra, pero es posible, digo, es probable, que en algún momento nos vayamos … a vivir… —Mamá se puso gaga.— A vivir solos. A otro estado. A una nueva casa.
Cary puso el grito en el cielo:
—¡Traición! Yo, que les he dado todo…—Y un niño ahora, suegra, retrasará los planes.—Sola, me quieren dejar sola.—La vendremos a visitar siempre. —¿Qué haré con mi vida? ¿Qué sucederá con mi nieto?—Ya usted tiene una nieta, suegra, confórmesedijo Mamá y fue entonces que supe que mi pobre hermanito, tan pequeño como un frijol, no era bienvenido.
Así que exploté en llanto. Sin avisar ni anunciar la tempestad que se avecinaba.
Mamá corrió a abrazarme:
—Lisandra, por lo que más tú quieras, no me hagas esto… todos tenemos que…
La frase me la conocía de memoria, ¿acaso no la repetían una y otra vez?, ¿acaso no era el nuevo himno de nuestra familia?
—… colaborar y hacer sacrificios.
  Allá en Cuba, bajo el framboyán, Mamá y Papá habían jurado que un día —uno muy cercano, que ya se encontraba al doblar la esquina— iban a regalarme una hermana o un hermano que me ayudara a perseguir las gallinas  y recoger las flores anaranjadas del árbol. Pero ahora estábamos en un nuevo país y se seguían otras reglas. Fue entonces que se me ocurrió regañarla:
—Si Tato se entera —susurré entre lágrima y lágrima— que no quieres a mi hermanito o mi hermanita, seguro no te habla más. —Tato tendrá que entender, como todo el mundo —suspiró Mamá Desesperación y Mamá Tristeza, ambas a coro.— Pero tenemos que pensar en el futuro, en la casa que queremos tener, en la mudada y en el carro.—¡Cristo Redentor! ¡San Apapusio! ¡Virgen del Santísimo Corazón! —Cary comenzó a recitar nombres de santos que yo nunca había escuchado. La verdad es que, aunque no conocía ninguno, me pareció buena idea acompañarla en aquella cantinela:—¡San Cristóbal Colón! ¡San Américo Vespucio! ¡Virgen Anacaona!—¡Padre Nuestro! ¡Purísima Caridad! ¡Madre de Jesús! —decía Cary, y yo la secundaba como mejor podía:—¡Musicancio Santo! —¡Qué barbaridad!, cambiar un niño por una casa, con todo lo que tienen acá. —¡Mi pobre hermanito! —y, como no estaba segura de que fuera niño o niña, enseguida agregué:— ¡Mi pobre hermanita!
Tan concentrada estaba en aquella guerra familiar, que no me di cuenta de que, por primera vez, me había colocado del lado de Cary, alias la Malvada Hechicera. Es decir, de Cary simplemente. Malvada Hechicera se escuchaba como una injusticia en aquel momento. Aún no me atrevía a decirle abuela, quizás porque en realidad no lucía como una. Juntamos hombro con hombro, ella y yo:
J'étais tellement concentrée sur cette guerre familiale que je ne me rendis pas compte que je m'étais rangée pour la première fois du côté de Cary, la Méchante Sorcière. C'est à dire de Cary, tout simplement. Sur le moment, Méchante sorcière relevait de l'injustice. Je n'osais pas encore l'appeler Grand-mère, peut-être parce qu'en réalité elle ne ressemblait pas à une Grand-mère. Toutes les deux nous nous associâmes:

—¿Dónde quedó el lema de “familia unida jamás será vencida”? —pregunté, era preciso hacer uso de las mejores armas. —¿Dónde quedó aquello de “los niños son las esperanza del mundo”? —suspiró Cary con lágrimas en los ojos.
Mamá Sorpresa abría y cerraba los ojos, quizás porque no podía imaginar que tan acérrimas enemigas se unieran  contra ella y sus decisiones. Tal vez estaba cansada.
—Ustedes no entienden… —intentó proseguir, pero no la dejamos:—Donde caben cuatro, cinco también. —¡Ay, por favor, déjenme tranquila! —Mamá se enjugó las lágrimas y nos dejó solas a Cary y a mí.

—Vamos a planificar la llegada de tu hermanito—dijo Cary por toda respuesta.
Lisandra la miró suspicaz:
—Tal vez sea niña.—Mejor —concedió la Nueva Abuela mientras tomaba a Lisandra por una mano.
Por primera vez en toda la vida, Lisy no sintió rechazo ante la caricia de aquellos dedos que eran ajenos y a la par conocidos. Si Lisy cerraba los ojos, podía dibujar en su mente la cara de la Nueva Abuela. Ya conocía sus arrugas (siempre disimuladas bajo capas de maquillaje), sus lunares y pecas. En su memoria sucedía lo mismo con la cara de Tato. Lisandra había guardado el molde del rostro del Abuelo en los rincones más profundos de sus recuerdos, con la esperanza de que nada ni nadie pudiera arrancarlo de ahí. Se había llevado también una réplica de su antiguo pueblito de tierra roja, del framboyán, de la bicicleta china de Tato, de los huevos de las gallinas ponedoras. Le bastaba con cerrar los ojos para ver claramente dentro de sus recuerdos. Era casi como ir al cine y observar una película entretenida y sin palabras.
Pour la première fois de sa vie, Lisy ne se retira pas devant la caresse de ces doigts qui lui étaient connus et étrangers en même temps. Si Lisy fermait les yeux, elle pouvait dessiner dans sa tête le visage de la Nouvelle Grand-mère. Elle connaissait ses rides (toujours cachés sous des couches de maquillage), ses grains de beauté et ses tâches de rousseur. C'était pareil pour le visage de Tato: Lisandra avait gardé le moule de son visage dans les recoins de sa mémoire avec l'espoir que rien ni personne ne pourraient l'effacer. Elle y avait aussi mis une réplique de son petit village en terre rouge, du flamboyant, du vélo chinois de Tato, des oeufs des poules pondeuses. Il lui suffisait juste de fermer les yeux pour les trouver dans ses souvenirs. C'était comme aller au cinéma et observer un film muet et drôle.

—¡Ay, cómo lo voy a querer! —dijo Cary con una sonrisa triste, y Lisandra supo de inmediato que se refería  al niño o a la niña que Mamá guardaba en su barriga. —¿De verdad?Tanto como a ti.—O más.—No, más no. Mis nietos siempre serán iguales en mi corazón.Mentira, Cary.—¿Por qué mentira? ¿Y por qué nunca me dices abuela? —Mentira porque sí, porque cuando mi hermanito o mi hermanita nazca, tú lo conocerás desde siempre, él o ella crecerá contigo. Lo vas a querer más. A mí no me viste en diez años, ¿no?—Nueve —corrigió Cary mientras abría las puertas de su cuarto y luego las puertas de su escaparate. —Bueno, nueve, es igual. —Cary para aquí, Cary para allá, nunca abuela.—Está bien, puedo llamarte abuela.—Si no tienes ganas, ¿para qué?—Cary es un nombre bonito. —¿Abuela Cary entonces? —la pregunta quedó flotando en el aire: Lisandra no la contestó.
En el escaparate de Cary se escondían bultos y bultos, cajas  y cajas, cristalería vieja y adornos, recuerdos de viajes pasados y mucha ropa. Pero Lisandra no imaginó ver también, guardados en papeles de colores, juguetes, ropitas minúsculas, una cuna donde dormía un oso de peluche, tan grande como un bebé de verdad.
—Estas cosas serán para el niño… o la niña —dijo Cary y de pronto pareció una jovencita feliz:— ¡Al fin alguien las usará!—¿Para quién compraste todo esto? —preguntó Lisy, aunque en el fondo de su corazón, sospechaba que conocía la respuesta. —Bueno, para ti… Es decir, para ti cuando eras bebé. He estado acumulando boberías desde que tenías un año. Pensé que la llegada de ustedes no iba a demorar tanto. Idioteces de vieja.
Por un segundo, Cary se pareció demasiado al Abuelo Tato. Con dedos rápidos, iba sacando de las cajas aquellas pequeñas piezas de ropa de bebé, los juguetes, los recuerdos. Lisandra imaginó a una Cary solitaria, a una Cary que durante años se había conformado con vivir acompañada de recuerdos, a una Cary que compraba ropas para una Lisandra bebé que ya no existía, a una Cary que acumulaba y acumulaba las cajas, las prendas, los cepillos de pelo, las medias bordadas, las baticas de vuelos.
Pendant une seconde, Cary ressembla beaucoup à Grand-père Tato. De ses doigts rapides elle sortait des boîtes des petits vêtements de bébé, des jouets, des souvenirs. Lisandra imagina une Cary solitaire, une Cary qui pendant des années s'était contentée de vivre avec des souvenirs, une Cary qui achetait des robes pour une Lisandra bébé qui n'existait pas encore, une Cary qui accumulait encore et encore des boîtes, des vêtements, les brosses à cheveux, les bas brodés, les petites robes à volants.
—¿Te gustan? —preguntó.—Sí —fue la respuesta de Lisandra.—Eran tuyos. Bueno, ahora serán de tu hermana… o de tu hermano. —Familia unida jamás será vencida. Solo nos queda convencer a tu Mamá.Aquella tarea no iba a ser fácil, no. Lisandra conocía que Mamá tenía corazón empecinado. Abuelo Tato lo sabía. 
—Eso de ser la nomber uan en la escuela, ¿es realmente importante? —fue la pregunta que se le ocurrió hacer.—Depende, ¿por qué no? —Cary hizo una mueca que podía significar cualquier cosa.— Por eso no te tienes que preocupar, Lisy, ya eres la nomber…—Soy la nomber nada… —dijo, no pudo aguantar más.— Soy Lisandra Ekaterina, una rana boba y aburrida.—Boba no eres, ni aburrida tampoco.—Ni la nomber uan… —se apresuró a corregir Lisandra.— Ni el trébol de la suerte, ni princesa de los cuentos con final feliz.—Bueno, es que no ha llegado el final de este cuento. Estamos justo en el comienzo…—contestó la Nueva Abuela.

La tristeza se acumulaba en los rincones  de la escuela. Lisandra podía sentirla. Quizás era la única persona que se daba cuenta. En su taquillero, la tristeza había encontrado su casa. Y estaba comodísima ahí, como una princesa en su castillo. Se escondía debajo de los libros en la biblioteca, en la pizarra, en el bus y en la mochila de Lisandra. Una vez, incluso, observó cómo la tristeza se acurrucaba en sus zapatos, le desabrochaba los cordones y jugaba con ellos a la suiza. Lisandra sintió lástima por esa tristeza chiquita y tan solitaria, que no tenía amigos ni sabía hablar inglés correctamente, una tristeza sin hermano ni hermana, una tristeza que no tenía gallinas, ni framboyanes, ni un Abuelo Tato, ni país.
Así que se hizo amiga de Tristeza. Al menos estarían las dos acompañadas.
—Mamá no quiere tener más niños por ahora —le confesó a Tristeza y ella afirmó como si entendiera  todo, y se camufló detrás de las páginas de uno de los libros de la biblioteca.
Se acostumbró tanto a Tristeza que, un día, Lisandra descubrió que ambas tenían el mismo rostro, las mismas pecas, los mismos ojos verdes.
Lisandra s'habitua tellement à Tristesse, qu'un jour elle découvrit qu'elles avaient toutes les deux le même visage, les mêmes tâches de rousseur, les mêmes yeux verts.
Ella y Tristeza parecían hermanas. Gemelas idénticas.
Elles étaient comme deux soeurs. De vraies jumelles.
Al acabar las clases, Lisandra se escondía junto a Tristeza. En un baño. En el rincón más oscuro de la biblioteca. Allá donde no diera luz ni nadie conociera de su presencia. Allá donde no la escucharan hablar español. Tristeza, su única amiga, la abrazaba y luego desabrochaba los cordones de los zapatos de Lisandra y se ponía a jugar la suiza.
Á la fin des cours, Lisandra se cachait auprès de Tristesse. Dans les toilettes. Dans le coin le plus sombre de la bibliothèque. Là où il n'y avait pas de lumière et où tout le monde ignorait sa présence. Là où on ne l'entendait pas parler espagnol. Tristesse était sa meilleure amie, elle la prenait dans ses bras et ensuite défaisait les lacets des chaussures de Lisandra et elle sautait à la corde.

—¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco! —Lisandra contaba los saltos, pero Tristeza nunca estaba feliz, ni aunque saltara más alto que nadie.

Mamá regresó de la clínica con los ojos rojos y una rodilla pelada.
Me caí al bajarme del carro diría luego.
Papá tenía ojos de fantasma, como si no pudiera ver a través de ellos.
Abuelo Tato, a través del teléfono, con voz triste, solo agregó:
—Hace dos días llegó lluvia al pueblo, no escucho nada… —y luego colgó la llamada.
Lisandra, que conocía al Abuelo mejor que nadie, fue la única que descubrió la mentira: no había llegado la lluvia al pueblo, era solo que Tato no soportaba la idea de no conocer jamás a aquel nuevo nieto o nieta que Mamá ya no tenía dentro de la barriga. Lisy sabía que no tendría que imaginar nuevos nombres para el hermano en camino. Mamá había vuelto a casa con una rodilla pelada, pero no lloraba por eso:
Lisandra qui connaissait son Grand-père mieux que personne fut la seule à découvrir le mensonge: il n'avait pas plu, c'était juste que Tato ne supportait pas l'idée de ne jamais connaître ce nouveau petit-enfant que Maman n'avait déjà plus dans son ventre. Lisy savait qu'elle n'aurait pas à imaginer de nouveaux prénoms pour le petit frère en chemin. Maman était revenue à la maison avec un genou écorché, mais elle ne pleurait pas pour ça:

Cómo duele —protestaba Mamá y se acariciaba la rodilla pelada, pero en realidad, la herida peor estaba en su corazón y en el huequito, del tamaño de un frijol, que se había quedado vacío en su panza.

La Nueva Abuela no se atrevió a opinar, pero aquella misma tarde, Lisandra la vio.
La puerta del cuarto de Cary había quedado abierta.
Ella estaba ahí, en el suelo. Empacaba de nuevo las pequeñas ropas, los juguetes, la cuna del oso dormilón. Todo volvía al clóset, entre el polvo acumulado y los recuerdos. Aquellas pertenencias volvían a formar parte del pasado. Nadie las usaría.
—Lisandra, ¿por qué no me ayudas? —preguntó la Nueva Abuela, sin mirarla a los ojos. —Hay demasiadas cosas que guardar.
Las dos, sin decir palabras, recogieron todo aquel universo de juguetes y lo devolvieron al silencio de las jabas  de colores.
Load...
00:00:00