Cuando el Abuelo se pone triste parece que el framboyán envejeciera una década junto a él. Lisandra jura que puede contarle las arrugas a aquel framboyán de tronco duro, que tiene más años que ella y seguro es tan anciano como Matusalén, las pirámides y hasta el pueblito de tierra roja que la niña tanto quiere. El framboyán no puede usar pañuelo para secarse las lágrimas, aunque Lisandra sabe que tal vez quisiera —de ser posible— levantar una mano de hojas y llorar. El framboyán se parece al Abuelo, que cuando siente las lágrimas en el borde de los ojos, se esconde como los niños:
—Cosas de viejo sentimental—dice y entra a la casa. Lisandra lo escucha trastear en la cocina, bien quedo, una hormiga afanosa que busca entretenerse en otros miles de asuntos.Ahora que se irán todos, ahora que el Abuelo se quedará solo —con la única compañía de la Nana y la Abuela Ekaterina—, ¿qué hará con tanto tiempo libre? Lisandra le pregunta, casi con miedo.
—Cualquier cosa menos morirme —es la respuesta del Abuelo, que asoma la mirada por un resquicio de la puerta—. Tranquila, mijita, que este viejo es duro, tan duro como el árbol del jardín.
—Cualquier cosa menos morirme —es la respuesta del Abuelo, que asoma la mirada por un resquicio de la puerta—. Tranquila, mijita, que este viejo es duro, tan duro como el árbol del jardín.
La niña lo sabe, sí, siempre lo ha dicho: “Tato y el framboyán se parecen, son iguales”. Pero también conoce que los árboles enferman y que los seres humanos no nacen para semilla. Un día, también, el Abuelo viajará al reino de la muerte, y puede que allí encuentre a su amada Ekaterina y a la cariñosa Nana, que moverá la cola solo por él. Lisandra no sufre por eso. Es decir, no sufre demasiado, porque ya le han contado en la escuela que todos, antes o después, mueren. Algún día lo harán Mamá y Papá, y hasta ella, solo que no ahora, no sucederá de un momento a otro, sino cuando sean tan viejos como Matusalén o el framboyán, o como las pirámides egipcias.—Abuelo, ¿no te irás con nosotros?—inquiere Lisandra otra vez, con miedo de escuchar una respuesta que ya conoce.
La petite le sait, oui elle l'a toujours dit: "Tato et le flamboyant se ressemblent, ils sont pareils" Mais elle sait aussi que les arbres tombent malades et que les êtres êtres humains ne sont pas éternels. Grand-père voyagera lui aussi, un jour au royaume des morts, et peut-être que là-bas il retrouvera sa chère Ekaterina et l'affectueuse Nana qui remuera la queue en le voyant. Lisandra n'est pas pas triste pour ça, c'est à dire qu'elle n'en souffre pas trop, parce qu'on lui a déjà dit à l'école que tout le monde meurt tôt ou tard. Un jour ce sera Papa et Maman, et même elle plus tard, ça n'arrivera pas comme ça, seulement lorsqu'ils seront vieux comme Mathusalem, le flamboyant ou les pyramides d'Egypte:
—Grand-père, tu ne viendras pas avec nous?—demande Lisandra une fois de plus, craignant d'entendre une réponse qu'elle connaît déjà.
—Grand-père, tu ne viendras pas avec nous?—demande Lisandra une fois de plus, craignant d'entendre une réponse qu'elle connaît déjà.
El Abuelo vuelve a asomar la cabeza con una sonrisa triste:
—Yo no me puedo ir de aquí, mijita.—¿Por qué?—Porque no…—Abuelo, que siempre tiene una explicación para todo, esta vez no dice nada más. Tampoco hace falta, no. Lisandra sabe que eso significa que forma parte de la ley de la vida.
—Yo no me puedo ir de aquí, mijita.—¿Por qué?—Porque no…—Abuelo, que siempre tiene una explicación para todo, esta vez no dice nada más. Tampoco hace falta, no. Lisandra sabe que eso significa que forma parte de la ley de la vida.
Tato me lleva de vuelta a casa. Hace mucho que no me aprieta los dedos así, como si tuviera miedo de perderme. Antes lo hacía, pero eso era cuando yo era chiquita y él me acompañaba al Círculo. Han pasado muchos años desde entonces, aunque Tato hoy parece un viejito sin memoria. Arrastra los pies y dice:
—¡Qué calor! ¡Qué sequía! Y la lluvia empecinada en no caer.
—¡Qué calor! ¡Qué sequía! Y la lluvia empecinada en no caer.
En la mesa de la cocina se encuentran Mamá, Papá y Cary. Según todos, ella es mi Nueva Abuela. Lo dudo. Hasta donde sé, las abuelas no son nuevas ni viejas, no se ganan en rifas ni el cartero del pueblo pasa con ellas en una caja, gritando:
—¡Paquete para Lisandra Ekaterina!: una nueva abuela para usted, señorita, cuídela mucho porque es una abuela de Afuera.
—¡Paquete para Lisandra Ekaterina!: una nueva abuela para usted, señorita, cuídela mucho porque es una abuela de Afuera.
… como si las abuelas de Afuera duraran más o tuvieran poderes especiales.
Aunque ahora, pensándolo bien, puede que esta sí.
Mamá, Papá y Cary hablan, pero en voz muy baja, como si quisieran guardar un secreto o estuvieran conspirando para organizar un ejército de bibijaguas. Tanta razón tengo, que cuando mi Abuelo y yo llegamos, todos saltan de la sorpresa. Mamá baja la cabeza, parece una niña chiquita y Abuelo la mira con los mismos ojos con que mi Papá suele contemplarme a mí cuando quiere ponerme de castigo.
—Buenas tardes tengan todos…—saluda Tato.— ¿En esta casa no se invita a un buchito de café recién colado?—Ay, Tatico, claro que sí—mi Mamá despierta del embeleso, Papá se levanta de la silla y hasta la Nueva Abuela sonríe.—Oiga —dice ella—, usted es más fuerte que los árboles. ¡Qué bien se conserva el viejo, María!Y yo, que no paro de ponerme roja como los semáforos, casi me rio cuando la oigo llamar viejo a mi Tato, ¡como si ella no tuviera tantos años como Matusalén!
—Me parezco a los árboles con comején, pero ando todavía entero —responde mi Abuelo.— Y usted luce muy… elegante —carraspea el pobre, intentando encontrar una mejor palabra, pero solo se le ocurre esa.—Elegante y joven —Cary se piropea a sí misma.— Me he quitado unos cuantos años de encima. Bueno, por afuera, la verdad, porque los años del corazón no se disimulan. —¡Y dígalo! —cuando el Abuelo responde, Mamá alza los ojos de la cafetera y, por un segundo, casi que me atrevería a asegurar que está a punto de soltar una lágrima culpable. Pero Mamá se parece a Tato. Si él esconde las lágrimas detrás de los pañuelos, ella lo hace detrás del café. —Cuántos años, Tato…—se ríe la Nueva Abuela y me señala:—Ya la ha tenido por un buen tiempo. La niña está preciosa. Un poquito… bueno, un poquito malcriada, pero preciosa.Mamá y Papá están a punto de decir algo, pero los dos cierran la boca a la vez, como si un hechizo antiguo los obligara a hacerlo. ¿Nadie me defenderá?
—La niña tiene carácter —mi Abuelo se para en firmes y toma la tacita de café que Mamá le brinda con mano temblorosa—, pero no es malcriada. Se parece a mi Ekaterina. ¿Usted se acuerda de ella? Carácter tiene, eso sí. Se lo digo yo que la he criado como un padre más.
—Buenas tardes tengan todos…—saluda Tato.— ¿En esta casa no se invita a un buchito de café recién colado?—Ay, Tatico, claro que sí—mi Mamá despierta del embeleso, Papá se levanta de la silla y hasta la Nueva Abuela sonríe.—Oiga —dice ella—, usted es más fuerte que los árboles. ¡Qué bien se conserva el viejo, María!Y yo, que no paro de ponerme roja como los semáforos, casi me rio cuando la oigo llamar viejo a mi Tato, ¡como si ella no tuviera tantos años como Matusalén!
—Me parezco a los árboles con comején, pero ando todavía entero —responde mi Abuelo.— Y usted luce muy… elegante —carraspea el pobre, intentando encontrar una mejor palabra, pero solo se le ocurre esa.—Elegante y joven —Cary se piropea a sí misma.— Me he quitado unos cuantos años de encima. Bueno, por afuera, la verdad, porque los años del corazón no se disimulan. —¡Y dígalo! —cuando el Abuelo responde, Mamá alza los ojos de la cafetera y, por un segundo, casi que me atrevería a asegurar que está a punto de soltar una lágrima culpable. Pero Mamá se parece a Tato. Si él esconde las lágrimas detrás de los pañuelos, ella lo hace detrás del café. —Cuántos años, Tato…—se ríe la Nueva Abuela y me señala:—Ya la ha tenido por un buen tiempo. La niña está preciosa. Un poquito… bueno, un poquito malcriada, pero preciosa.Mamá y Papá están a punto de decir algo, pero los dos cierran la boca a la vez, como si un hechizo antiguo los obligara a hacerlo. ¿Nadie me defenderá?
—La niña tiene carácter —mi Abuelo se para en firmes y toma la tacita de café que Mamá le brinda con mano temblorosa—, pero no es malcriada. Se parece a mi Ekaterina. ¿Usted se acuerda de ella? Carácter tiene, eso sí. Se lo digo yo que la he criado como un padre más.
Nunca antes, en toda mi vida, había estado más feliz de parecerme a la verdadera abuela, la llamada Ekaterina de ojos verdes. Pero el orgullo me dura poco tiempo. Solo unos segundos, porque enseguida Cary vuelve al combate:
—No, la verdad es que usted es un abuelo ejemplar, de los que merecen medallas. Pero ya ha disfrutado bastante a la niña. Como que va siendo hora que me toque a mí, ¿o no?
—No, la verdad es que usted es un abuelo ejemplar, de los que merecen medallas. Pero ya ha disfrutado bastante a la niña. Como que va siendo hora que me toque a mí, ¿o no?
Hace la pregunta con inquina, tuerce la boca y pone cara de celosa. Solo le falta tirarme un beso… cosa que hace un segundo después. Que ni espere un beso de vuelta. El mío se queda en la boca, bien apretado, bien rojo. Será solo para mi Abuelo.
—Eso lo deciden los padres de la niña, Cary —responde Tato sin perder la compostura—, ni usted ni yo podemos.—Bueno, en ese caso, tengo que comunicarle que los padres están DE-CI-DI-DÍ-SI-MOS.
—Eso lo deciden los padres de la niña, Cary —responde Tato sin perder la compostura—, ni usted ni yo podemos.—Bueno, en ese caso, tengo que comunicarle que los padres están DE-CI-DI-DÍ-SI-MOS.
Divide en sílabas y todo, como si Abuelo fuera bobo. Mamá vuelve a colar café por segunda vez, como si no alcanzara con el que ya está preparado y Papá, de repente, encuentra algo muy urgente por hacer en el patio.
—¿Ah, sí? —inquiere el Abuelo y mira a Mamá con ojos de pregunta. Ella se encoge. Abuelo la ha puesto de castigo.
—Ay, Cary —Mamá suplica—, ay, papá, eso lo hablaremos luego, ¿verdad?—Bueno, pero que se hable, que después el viejo bobo se entera cuando las maletas están listas y el avión el aire. Lo que sí no quiero es que se me avise por carta o por postal, María. —Ay, papá, no, si es algo que le íbamos a consultar.—Lo dudo—dice el Abuelo, toma otro buche de café y se ríe, como si perdonara todo, aunque su risa es hueca, vacía, triste.
—¿Ah, sí? —inquiere el Abuelo y mira a Mamá con ojos de pregunta. Ella se encoge. Abuelo la ha puesto de castigo.
—Ay, Cary —Mamá suplica—, ay, papá, eso lo hablaremos luego, ¿verdad?—Bueno, pero que se hable, que después el viejo bobo se entera cuando las maletas están listas y el avión el aire. Lo que sí no quiero es que se me avise por carta o por postal, María. —Ay, papá, no, si es algo que le íbamos a consultar.—Lo dudo—dice el Abuelo, toma otro buche de café y se ríe, como si perdonara todo, aunque su risa es hueca, vacía, triste.
Me siento en la silla más cercana a la de Tato y le lanzo los brazos por encima del cuello. Entonces sí que sonríe de verdad. Cary hace una mueca de celos:
—Mira cuánto cariño para Tato… y nada para la Abuela Cary, ni buenas tardes.—Buenas tardes —digo, porque sigo siendo princesa educada, pero que ni imagine que recibirá algo más. Cary parece entender la indirecta, porque suspira y pide, con un gesto de la mano, un poquito más de café. Mamá, que no sale de la cocina —de tan roja y tan llorona— se lo alcanza.
—Ya me ve, Tato, de visita en el Caimán. Unos cuantos años han pasado, ¿verdad? —y yo, supuesto objeto de su admiración, vuelvo a ser nombrada:— Qué grande está la niña. Dentro de poco ya no le podré decir niña, sino muchacha.
—Mira cuánto cariño para Tato… y nada para la Abuela Cary, ni buenas tardes.—Buenas tardes —digo, porque sigo siendo princesa educada, pero que ni imagine que recibirá algo más. Cary parece entender la indirecta, porque suspira y pide, con un gesto de la mano, un poquito más de café. Mamá, que no sale de la cocina —de tan roja y tan llorona— se lo alcanza.
—Ya me ve, Tato, de visita en el Caimán. Unos cuantos años han pasado, ¿verdad? —y yo, supuesto objeto de su admiración, vuelvo a ser nombrada:— Qué grande está la niña. Dentro de poco ya no le podré decir niña, sino muchacha.
Pero Tato, que no le pasa una y se conoce el Manual del Buen Abuelo al pie de la letra, solo contesta:—Los nietos siempre serán niños para nosotros, aunque tengan mil años.
Otra vez, la punzada del orgullo en mi corazón me arranca una sonrisa pícara. Cary se termina el café:
—Ay, qué caliente está—se queja y va hasta la cocina. Mamá se quita de su camino. Los tacones de la Nueva Abuela resuenan por toda la casa: son altos, muy negros, como de charol, probablemente le saquen unas ampollas espectaculares. Me da un poco de pena, aunque el fondo se lo merezca.— ¡Ay!, los tacones me están dejando coja. —¿A quién se le ocurre venir en tacones al campo, Cary?—Abuelo finge que la regaña, con una risita pícara que he aprendido a copiar con el paso del tiempo.—Parece que usted se ha olvidado.—Es que yo no nací aquí, Tato —se ofende ella, que no ha entendido nada, ni la broma ni la jarana.—Ah, cará, mira que los guajiros reniegan de la tierra colorá.
—Ay, qué caliente está—se queja y va hasta la cocina. Mamá se quita de su camino. Los tacones de la Nueva Abuela resuenan por toda la casa: son altos, muy negros, como de charol, probablemente le saquen unas ampollas espectaculares. Me da un poco de pena, aunque el fondo se lo merezca.— ¡Ay!, los tacones me están dejando coja. —¿A quién se le ocurre venir en tacones al campo, Cary?—Abuelo finge que la regaña, con una risita pícara que he aprendido a copiar con el paso del tiempo.—Parece que usted se ha olvidado.—Es que yo no nací aquí, Tato —se ofende ella, que no ha entendido nada, ni la broma ni la jarana.—Ah, cará, mira que los guajiros reniegan de la tierra colorá.
Mamá, en la cocina, no puede aguantar más la risa y la suelta: una carcajada que inunda todo con su eco libre y feliz. Un eco que, por supuesto, a Cary no le gusta ni comprende, pero que a mí me encanta. Por un momento parece que estuviéramos todos juntos en una fiesta. Solo Cary no se suma. Mira a Mamá con una mueca de disgusto, pero ella no recoge la risa, sino que se atraganta con ella, Abuelo le hace coro y también yo. Mamá se acerca a Tato y le da un beso en la pelusa de la cabeza.
Maman, dans la cuisine n'en peut plus et lâche un rire, un rire qui devient un grand éclat de rire dont l'écho inonde tout de bonheur et de liberté. Un écho qui évidemment ne plaît pas à Cary car elle ne comprend pas, mais moi je l'adore. Pendant quelques instants c'est comme si nous étions tous dans une grande fête. Mais Cary n'y participe pas. Elle regarde Maman avec une moue de mépris, mais Maman ne retient pas son rire, ou alors elle s'étranglerait, Grand-père rit comme elle et moi aussi. Maman s'approche de Tato et fait un bisou sur le duvet de sa tête.
Cary no dice nada. Se mete en la cocina y busca más café. Ya va por la tercera taza.
Por un minuto no parece tan Malvada Hechicera ni tan bruja. Sus poderes se difuminan gracias al café. Casi parece una abuela. Casi, pero no. Sus tacones la hacen lucir más alta y más triste. Con una sonrisa fingida, nos deja solos y se va a buscar a mi Papá.
El resto del día fue previsible para Lisandra. La mandaron a dormir temprano de nuevo, no porque estuviera castigada, sino porque Mamá necesitaba conversar con Tato. Un beso de despedida en el cachete del Abuelo. Luego, en el colchón caluroso, Lisandra intentó cerrar los ojos y dormir, pero fue imposible. Escuchaba las voces lejanas. Voces de Mamá, Papá y Tato. Reducidas a susurros, fragmentos de conversación que el aire se llevaba hasta la copa del framboyán.
Sin embargo, no hacía falta escuchar demasiado bien para saber lo que pasaba.
Las palabras le llegaron: adiós, casa, nosotros, avión, viaje, la niña. Y después, de la nada, el llanto de Mamá. Lisandra se levantó de la cama con el corazón en una mano. Tan fuerte latía que en algún momento pensó que iba a escapar del pecho al puño, y del puño al suelo. Mamá lloraba poco. A veces, cuando recordaba a la Abuela Rusa, Mamá se enjugaba los ojos y ponía flores debajo de la foto bonita, que Lisandra tanto miraba, en la que Mamá niña abrazaba a la Abuela Ekaterina, una rusita pecosa de cara redonda que montaba columpio. Por eso, escuchar el sonido de las lágrimas de Mamá asustaba tanto.
Les mots qu'elle entendit: adieux, maison, nous, avion, voyage, la petite. Et ensuite, rien, les pleurs de Maman. Lisandra se leva du lit, le coeur battant. Il battait si fort qu'à un moment elle pensa qu'il allait s'échapper de sa poitrine pour arriver dans son poing, puis tomber par terre. Maman pleurait peu. Parfois lorsqu'elle se rappelait la Grand-mère Russe elle essuyait ses larmes et mettait des fleurs sous la jolie photo que Lisandra regardait souvent: Maman enfant prenait dans ses bras la Grand-mère Ekaterina, une petite russe aux tâches de rousseur qui était sur une balançoire. C'est pour ça qu'elle avait si peur d'entendre les larmes de Maman.
También sintió la voz de Abuelo. Una voz pausada y llena de calma, que se escuchó tan clara como el sonido de las hojas en los árboles:
—Si eso te hace feliz, María, ¿qué puedo decir yo?
—Si eso te hace feliz, María, ¿qué puedo decir yo?
Lisandra durmió poco y tan mal que la noche se escapó como un duende. En algún momento, soñó con aviones. Luego, con el Malecón de La Habana. Y más tarde con Nana, la perrita sata, que en el sueño ya no estaba muerta, sino tan viva como Lisandra, y que jugaba con ella en un parque de columpios.
—Nana, ¿ya estamos en otro país?—preguntó la niña.
—Nana, ¿ya estamos en otro país?—preguntó la niña.
Pero Nana no respondió. En el sueño, Nana estaba viva pero seguía siendo una perrita sata y solo le importaba correr detrás de los columpios que subían y bajaban sin que nadie los empujase.
Despertó asustada… o, al menos, creyó despertar. No era una pesadilla, no, pero en el borde de su cama se encontraba Cary.
Pero era una Cary distinta: sin maquillaje ni perfume, sin tacones altos ni aretes de brillos. Vestía una bata de casa que tenía el olor del campo. Se parecía un poco a la Abuela Ekaterina, pensó Lisandra y enseguida cerró los ojos, convencida de que estaba soñando.
Mais c'était une Cary différente: sans maquillage, sans parfum, sans talons hauts ou pendants brillants. Elle portait un tablier qui sentait la campagne. Elle ressemblait à Grand-mère Ekaterina pensa Lisandra, et elle ferma vite les yeux, certaine qu'elle était en train de rêver.
—Princesa, si vieras el cuarto que he preparado para ti, y los juguetes… mi casa va a ser tu castillo—dijo Cary en un susurro.
Lisandra hizo una mueca. ¿Por qué ese sueño tan extraño parecía real? ¿Por qué la mano de Cary, sobre su frente, estaba húmeda de sudor? Si en aquel momento, Cary le hubiera pedido un beso, a lo mejor —solo tal vez— Lisandra se lo hubiera dado.
Pero la Nueva Abuela no lo hizo.
La niña volvió a dormir y estuvo segura, absolutamente segura, de que aquella Cary al pie de su cama era tan sueño como Nana de vuelta a la vida.
Sentada entre Mamá y Papá, Lisandra no luce de diez años, sino menor, una niña pulgarcita que hace todo lo posible por entender palabras tan importantes como futuro y partida. Lo peor de todo —lo que más enoja a Lisandra— es que nadie ha contado con ella para tomar una decisión tan importante. ¿Dónde quedó aquel lema de Mamá: familia unida jamás será vencida? En todo caso: familia callada jamás será escuchada… y solo así podrá viajar muy lejos y dejar, además, solo a Tato.
Assise entre Papa et Maman, Lisandra ne paraît pas dix ans mais beaucoup moins, une Petite Poucette qui fait tout pour comprendre des mots importants comme futur et départ. Le pire dans tout ça, ce qui l'agace le plus, c'est que personne ne pense à lui demander son avis pour cette décision si importante. Où était donc passé le proverbe de Maman: "famille unie, jamais vaincue?". En tous cas, une famille qui se tait ne sera jamais entendue, et elle pourra seulement aller très loin, en laissant en plus Tato tout seul.
Con palabras dulces —en realidad, ecos de niebla que Lisandra no logra comprender— Mamá explica:
—No es tu culpa, Lisandra. No es culpa de nadie. Lo hacemos porque…—… porque la Malvada Hechicera los obliga, sí, yo sé.
—No es tu culpa, Lisandra. No es culpa de nadie. Lo hacemos porque…—… porque la Malvada Hechicera los obliga, sí, yo sé.
Papá no sabe si reír o regañar, opta por lo último:
—Que no se te olvide que la Abuela Cary te quiere mucho, es mi madre y además, se ha sacrificado por todos nosotros. Lleva años y años preparando la casa y guardando cada dólar para lograr llevarnos con ella.—¿Y quién le dijo que nosotros queríamos, eh?—protesta la niña.—¡Lisandra, no me faltes el respeto!—casi grita Papá del disgusto y Lisandra, aunque no entiende por qué decir lo que piensa se convierte en una falta de respeto, baja la cabeza. —Todos tenemos que hacer sacrificios—continúa Mamá, su caricia tenue sobre la cabeza de la hija parece una mariposa—. Allá también se puede ser feliz.—¿Y el Abuelo?—la pregunta queda en el aire, como un globo que flotara por encima de la casa y que nadie se atreviese a tocar por miedo a pincharlo.
—Que no se te olvide que la Abuela Cary te quiere mucho, es mi madre y además, se ha sacrificado por todos nosotros. Lleva años y años preparando la casa y guardando cada dólar para lograr llevarnos con ella.—¿Y quién le dijo que nosotros queríamos, eh?—protesta la niña.—¡Lisandra, no me faltes el respeto!—casi grita Papá del disgusto y Lisandra, aunque no entiende por qué decir lo que piensa se convierte en una falta de respeto, baja la cabeza. —Todos tenemos que hacer sacrificios—continúa Mamá, su caricia tenue sobre la cabeza de la hija parece una mariposa—. Allá también se puede ser feliz.—¿Y el Abuelo?—la pregunta queda en el aire, como un globo que flotara por encima de la casa y que nadie se atreviese a tocar por miedo a pincharlo.
Como Mamá no puede contestar debido a la emoción, Papá lo hace por ella:
—Tato se queda. Él no quiere ir —pero de inmediato añade, cuando ve que los ojos mojados de Mamá y Lisandra lo acompañan—: Eso no significa que nos olvidaremos de él. Le mandaremos dinero, cartas, postales, fotos.—El Abuelo no necesita dinero, sino a nosotros… —Lisandra, a pesar de su promesa de colaborar y no ser una niña molesta, no puede evitar decir lo que late en su corazón.—Abuelo no toma prestado.—No sería un préstamo, Lisandra, sino un regalo de su familia—hasta Papá luce cansado, con su pulóver de dormir y la barba rala y dura.
—Tato se queda. Él no quiere ir —pero de inmediato añade, cuando ve que los ojos mojados de Mamá y Lisandra lo acompañan—: Eso no significa que nos olvidaremos de él. Le mandaremos dinero, cartas, postales, fotos.—El Abuelo no necesita dinero, sino a nosotros… —Lisandra, a pesar de su promesa de colaborar y no ser una niña molesta, no puede evitar decir lo que late en su corazón.—Abuelo no toma prestado.—No sería un préstamo, Lisandra, sino un regalo de su familia—hasta Papá luce cansado, con su pulóver de dormir y la barba rala y dura.
Lisandra querría recordarles a ambos la palabra familia. Sí, esa misma que Papá acaba de pronunciar, como si fuera una sílaba más perdida entre sílabas, y que tan importante resulta ahora. Pero no quiere. En realidad, no puede hablar más. Incluso ella, la Princesa Lisandra, ha quedado atrapada dentro de un hechizo demasiado poderoso y el silencio atrapa su boca y condensa las palabras, las convierte en nudo, en madeja sin forma.
Lisandra voudrait leur rappeler à tous les deux le sens du mot famille. Oui, celui que Papa vient de prononcer comme s'il s'agissait de syllabes perdues parmi d'autres, alors qu'elles sont si importantes maintenant. Mais elle ne veut pas. Même elle, la Princesse Lisandra est prisonnière d'un envoûtement trop puissant et le silence s'empare de sa bouche et condense les mots, les transforme en un noeud, en une pelote informe.
—Además, visitaremos al Abuelo en las vacaciones, para que se sienta menos solo…—agrega alguien, Mamá o Papá, qué importa.
La niña no llora. Recuerda cómo el Abuelo se seca el sudor de los ojos con orgullo y ella lo imita. No dice que todo es ilógico para ella. ¿Por qué abandonar la casa, al Abuelo, a la tumba de Nana y al retrato de la Abuela Ekaterina?
—Allá seremos felices, Lisy —suspira Mamá Conciliación.— Buscamos un mejor futuro para todos… un mejor futuro para ti.
—Allá seremos felices, Lisy —suspira Mamá Conciliación.— Buscamos un mejor futuro para todos… un mejor futuro para ti.
Princesa Lisandra muerde las sílabas. Odia las palabras de Mamá y las aprieta bien fuerte entre los dientes, se obliga a no contestarle porque sabe que ni Mamá ni Papá tienen paciencia para entender. No ahora. Las reglas han cambiado. Quizás por el hechizo. Quizás por culpa de Cary, la llamada Nueva Abuela. O tal vez porque, como dice Tato, todo se vuelve distinto con el paso del tiempo. Pero no le gusta, no, que Papá y Mamá justifiquen la partida con aquello de que buscan un mejor futuro para ella. Que no se dibujen como los abnegados padres, capaces de hacer cualquier sacrificio por el bienestar de la niña, porque la realidad es otra: a ella, a Lisandra, nadie le preguntó algo tan simple cómo: ¿te quieres quedar o te quieres ir?
La Princesse Lisandra mord les syllabes. Elle hait les mots de Maman et les serre bien fort entre ses dents, elle s'efforce de ne pas répondre car elle sait que Papa et Maman n'ont pas la patience de comprendre. Pas maintenant. Les règles ont changé. Peut-être à cause de l'envoûtement. Peut-être à cause de Cary, la soit-disant nouvelle Grand-mère. Ou peut-être comme le dit Tato, tout est différent avec le temps qui passe. Mais elle n'aime pas que Papa et Maman justifient le départ avec l'argument d'un futur meilleur pour elle. Qu'ils ne se présentent pas comme les parents qui font preuve d'abnégation, capables de faire n'importe quel sacrifice pour le bien-être de leur fille, car la réalité est toute autre: personne n'a posé à Lisandra la question toute simple: veux-tu rester ou partir?
—La Abuela Cary te ha comprado juguetes y ha decorado tu cuarto…—Ya tengo un cuarto, y es este…—protesta la niña.—Pues ahora tendrás otro —responde Papá, y bajo la aparente capa de disgusto, Lisandra lee el cansancio en los ojos y la boca, lugares donde enseguida la tristeza se asoma con sus muecas. —Y si quieres —concilia Mamá con la sonrisa más fingida del planeta—, podrás regresar a Cuba en las vacaciones y pasarte los dos meses con el Abuelo. Bueno, eso será luego de que pase un tiempo…
Ni fuerzas tiene la Princesa Lisandra para preguntar cuánto. Sabe que, con facilidad, los meses se transforman en años, ¡y alerta!; hasta los años, de un momento a otro, se convierten en siglos, porque el tiempo es así, muy cabeciduro, y todo lo trastoca.
—Bueno, ¿tenemos un trato? —pregunta Papá como si algo hubieran conciliado con ella: ¡es tan injusto!, ¡tan injusto que casi olvida limpiarse el sudor de los ojos con el borde de la funda!—. ¿Te portarás bien con la Abuela Cary? ¿La obedecerás? ¿Si te pide un beso, vas a dárselo, verdad, como hacen las buenas nietas? ¿Aprenderás a quererla?
—Bueno, ¿tenemos un trato? —pregunta Papá como si algo hubieran conciliado con ella: ¡es tan injusto!, ¡tan injusto que casi olvida limpiarse el sudor de los ojos con el borde de la funda!—. ¿Te portarás bien con la Abuela Cary? ¿La obedecerás? ¿Si te pide un beso, vas a dárselo, verdad, como hacen las buenas nietas? ¿Aprenderás a quererla?
Papá parece haber olvidado las reglas del cariño. ¿Dónde ha quedado aquello de “el amor no se impone ni se obliga, sino que crece”? Ahora no solo la quieren llevar lejos, sino que además le piden que haga y diga cosas en las que no cree. No sabe, no entiende. Peor: no quiere saber ni entender. Si estos son los nuevos papás que han nacido desde la llegada de Cary, entonces Lisandra no quiere conocerlos.
Es por eso que mira a Papá bien fijo, a los ojos, un poco desafiante y sin miedo. Que sepan bien alto la verdad: la Princesa Lisandra no vende ni finge su cariño, ni regala sus besos a quienes no lo merecen. Y que conste, su criterio de selección es bien estricto. Papá entiende porque se da por vencido y baja la mirada, avergonzado de su propia osadía:
—Con el tiempo vendrá el cariño —conviene, pero extiende la mano como si él y Lisandra fueran dos negociantes que necesitaran cerrar un trato con un apretón fuerte, de caballero y dama, palabra de por medio.— ¿Te portarás bien?Y Lisandra cede, porque aunque Papá luzca diferente, ella no puede olvidar que lo quiere. Ni el disgusto borra el amor de un pincelazo, así que alza la mano, se la ofrece a Papá, y él la estrecha.
—Trato —dice Papá por ambos. La mañana tenía olor a mundo recién nacido. Un gallo, escondido en el vecindario, cantó su mejor tonada.
—Tendrás otra escuela —Mamá hizo su mejor esfuerzo por lucir contenta, aunque bajo la capa de cansancio podía notarse su desánimo:— Y también nuevos amigos. Y una nueva casa. Y una nueva…La palabra se repetía aquí y allá, como si el diccionario hubiera botado al resto de las palabras y solo esa hubiera quedado escondida entre sus páginas.
—Ya tengo una escuela, amigos y casa—contestó Lisandra y se cruzó de brazos como la ranita belicosa que era.—Pero siempre es bueno conocer nuevos lugares y personas.
—Con el tiempo vendrá el cariño —conviene, pero extiende la mano como si él y Lisandra fueran dos negociantes que necesitaran cerrar un trato con un apretón fuerte, de caballero y dama, palabra de por medio.— ¿Te portarás bien?Y Lisandra cede, porque aunque Papá luzca diferente, ella no puede olvidar que lo quiere. Ni el disgusto borra el amor de un pincelazo, así que alza la mano, se la ofrece a Papá, y él la estrecha.
—Trato —dice Papá por ambos. La mañana tenía olor a mundo recién nacido. Un gallo, escondido en el vecindario, cantó su mejor tonada.
—Tendrás otra escuela —Mamá hizo su mejor esfuerzo por lucir contenta, aunque bajo la capa de cansancio podía notarse su desánimo:— Y también nuevos amigos. Y una nueva casa. Y una nueva…La palabra se repetía aquí y allá, como si el diccionario hubiera botado al resto de las palabras y solo esa hubiera quedado escondida entre sus páginas.
—Ya tengo una escuela, amigos y casa—contestó Lisandra y se cruzó de brazos como la ranita belicosa que era.—Pero siempre es bueno conocer nuevos lugares y personas.
¡Dichosa palabrita! A ver, ¿por qué no desaparecía de repente?
Se tapó la cabeza con la sábana. Quería ser un fantasma sordo. Un fantasma para desaparecer de la vista de Mamá y Papá. Sordo para no tener que escuchar sus ideas, sus planes y sus novísimas intenciones de acabar con la vida feliz de Lisandra. ¡Una pesadilla! ¡Eso era! Pero, ¿cómo despertar de una pesadilla que no tiene comienzo ni final, y que en ocasiones luce como la propia vida?
—Me quiero morir —dramatizó la niña que, en algunos de sus mejores sueños, deseaba ser una actriz de teatro bien famosa.— Entiérrenme bajo el framboyán cuando esté tiesa, justo donde se encuentra Nana.—¡Niña, qué barbaridad! —se escandalizó Mamá.—Al final, la Abuela Cary tendrá razón al llamarte malcriada —sentenció Papá.
—Me quiero morir —dramatizó la niña que, en algunos de sus mejores sueños, deseaba ser una actriz de teatro bien famosa.— Entiérrenme bajo el framboyán cuando esté tiesa, justo donde se encuentra Nana.—¡Niña, qué barbaridad! —se escandalizó Mamá.—Al final, la Abuela Cary tendrá razón al llamarte malcriada —sentenció Papá.
Ambos siguieron protestando, pero sus palabras se convirtieron en espectros que flotaban sobre la cabeza de Lisandra. Ella no hizo ni el menor intento de agarrarlas.
Ils continuèrent tous deux à protester, mais leurs mots devinrent des spectres qui flottaient sur la tête de Lisandra. Elle ne fit aucun geste pour les saisir.
Aunque ninguno de los dos le dijo a Lisandra cuándo llegaría la fecha de la partida, la niña estaba segura: no faltaba mucho, apenas unos meses, quién sabe si menos, lo suficiente tal vez para que terminara el curso escolar, lo suficiente para que las gallinas del Abuelo pusieran trescientos huevos, muy poco tiempo.
Même si aucun d'eux ne donna la date de départ à Lisandra, la petite était sûre qu'il restait à peine quelques mois, peut-être même moins que ça, juste assez pour que s'achève l'année scolaire, pour que les poules de Grand-père pondent trois-cents oeufs, très peu de temps.
Lisandra sabía que podía escapar de las palabras fantasmas de Mamá y Papá, pero que la cuenta regresiva había comenzado.
Lisandra savait qu'elle pouvait s'échapper des mots de Maman et Papa, mais que le compte à rebours avait commencé.
Dos nuevos viajes a La Habana. Más papeles. En apenas unos días, Cary se apoderó de la casa, puso lo que ella llamaba “orden” en los rincones más hermosos, allí donde se escondía la tela de la araña más vieja y delicada, rompió el equilibrio del búcaro de flores naturales e, incluso, tuvo la intención de entrar al cuarto de Lisandra para acomodarlo todo a su manera. Pero Mamá, que hasta entonces bajaba la cabeza y decía que sí a lo que Cary pedía sin detenerse a pensar en las consecuencias, entonces fue categórica:
—Suegra, el cuarto de la niña no… Lisandra tiene su orden ahí.—Si al reguero lo llaman en Cuba orden, bien complicados estamos. ¡Por eso es que este país es tan complejo!El cuarto de Lisandra pasó a nombrarse, en los discursos de la Nueva Abuela, Cuba, isla caimán.
—María, hay polvo debajo de la cama de la niña —se quejaba Cary que, como una detective, buscaba y rebuscaba cualquier mota de suciedad:— ¡Qué horror! ¡Enfermedades infecciosas! Por eso es que me fui del país. —Hijo mío querido —hacía de Papá su cómplice, lo abrazaba—, en el cuarto de la niña se encuentran esos osos de peluche viejos, que es mejor botar, ¿no crees?, para que aquello luzca un poco mejor. ¡Por eso es que a Cuba solo la quiero ver de visita! Para atrás ni para coger impulso. Mortificados, Papá y Mamá apretaban los dientes pero no decían ni pío.
—Deja que se entretenga mientras arregla la casa —la disculpaban a coro—, es que no tiene nada más que hacer.
—Suegra, el cuarto de la niña no… Lisandra tiene su orden ahí.—Si al reguero lo llaman en Cuba orden, bien complicados estamos. ¡Por eso es que este país es tan complejo!El cuarto de Lisandra pasó a nombrarse, en los discursos de la Nueva Abuela, Cuba, isla caimán.
—María, hay polvo debajo de la cama de la niña —se quejaba Cary que, como una detective, buscaba y rebuscaba cualquier mota de suciedad:— ¡Qué horror! ¡Enfermedades infecciosas! Por eso es que me fui del país. —Hijo mío querido —hacía de Papá su cómplice, lo abrazaba—, en el cuarto de la niña se encuentran esos osos de peluche viejos, que es mejor botar, ¿no crees?, para que aquello luzca un poco mejor. ¡Por eso es que a Cuba solo la quiero ver de visita! Para atrás ni para coger impulso. Mortificados, Papá y Mamá apretaban los dientes pero no decían ni pío.
—Deja que se entretenga mientras arregla la casa —la disculpaban a coro—, es que no tiene nada más que hacer.
Entre los viajes a La Habana, el fin del curso escolar, los dolores de cabeza y la visita de la Nueva Abuela, Lisandra no tuvo un minuto de descanso. Los días pasaban entre adivinanzas que siempre comenzaban con la misma pregunta: ¿y cuándo nos vamos, y cuándo me llevan para no volver? No olvidaba, no, la cuenta regresiva, los números que taladraban su cabeza con un repiqueteo constante. Nunca antes, el tiempo había corrido tan rápido. Dos meses se fueron así, con un silbido del aire, un cacarear de gallina que puso demasiados huevos, el sonido de las flores de framboyán al caer.
Entre les voyages à La Havane, la fin de l'année scolaire, les maux de tête et la visite de la nouvelle Grand-mère, Lisandra n'eut pas une minute de répit. Les jours passaient entre des devinettes qui commençaient toujours par la même question: quand est-ce qu'on part? quand est-ce que vous m'emmenez pour le plus revenir? Elle n'oubliait pas le compte à rebours, les chiffres qui martelaient sa tête avec un bruit constant. Le temps n'était jamais passé aussi vite, comme un souffle d'air, comme le caquètement d'une poule qui a pondu trop d'oeufs, comme le son des fleurs du flamboyant lorsqu'elles tombent.
Si al menos le hubieran dicho: “nos vamos en un mes, en dos meses, en una semana”, Lisandra habría tenido tiempo para despedirse de todo a la vez. Decir adiós, como quien no quiere, a los árboles, al patio, a la tumba de Nana, a los besos del Abuelo, a la tierra roja del pueblito, a los amigos de la escuela. Pero como nadie parecía saber nada —y como nada parecía seguro— a Lisandra solo le quedaba esperar.
Esperar como Penélope, solo que en su caso, Lisandra debería viajar como Odiseo hacia otras tierras del mundo.
Aquello la atormentaba: ¿cuánto había tardado Odiseo en volver a Ítaca?
Su Mamá —que le encantaba contar historias y narrar los libros a su manera, y que una vez le había contado sobre Penélope, Odiseo y Telémaco, y los héroes griegos— de seguro sabía. Lisandra le preguntó, con miedo de escuchar una respuesta.
—Ay, hija, se demoró como veinte años. Ese Odiseo, el pobre, no tenía brújula—le contestó ella.
—Ay, hija, se demoró como veinte años. Ese Odiseo, el pobre, no tenía brújula—le contestó ella.
¿Veinte años?, aquella era una vida. ¿Veinte años para regresar? ¿Y qué pasaría con el Abuelo entonces? ¿Se quedaría como Penélope, a la orilla del mar (o del río, ya que el mar no se encontraba cerca), tejiendo y tejiendo como una araña afanosa? Pero, ¿y el Abuelo viviría veinte años más? ¿Seguro? ¿Y si no? Tato era viejo, requeteviejo, un árbol.—Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar… yo te quisiera lo mismo… que veinte años atrás—cantaba la Nueva Abuela su melodía favorita. Coincidencia o no, en la mente de Lisandra se había colado la idea de que Cary, quién lo podía dudar, lo hacía a propósito.
Aunque cada día, Cary se levantaba con su mejor sonrisa y al cabo de dos semanas dejó de usar tacones, de oler a chicle y a tienda, e incluso se acostumbró a que Cuba —es decir, el cuarto de Lisandra— no iba a amoldarse a sus deseos, la niña le negó todos los besos posibles. Cary se los pedía a veces, pero lo hacía con gestos de orgullo y hasta ponía ojos celosos cada vez que Tato llegaba en su bicicleta china, porque entonces Lisandra se lo comía a besos y cariños. La niña lo hacía a propósito, claro que sí.
Cuando pasó un mes, Cary lucía como una guajira cualquiera del pueblo, quizás una guajira un poco mañosa, que hacía muecas cuando la tierra roja se levantaba o recordaba que chícharo sin carne de res era un desperdicio, pero mujer de pueblo, al fin. Incluso lucía más como una abuela. O tal vez una tía.
Pero el corazón de Lisandra no le abrió un huequito, ni jugó con la Barbie nueva que Cary le trajo de regalo, y usó las sandalias rojas una sola vez, y eso por obligación, porque Mamá insistía en que las llevara al cumpleaños de una niña de la escuela.
Mais Lisandra ne lui ouvrit même pas un peu son coeur, elle ne joua pas avec la nouvelle Barbie que Cary lui avait offert, ne porta qu'une seule fois les sandales rouges, par obligation, parce que Maman insistait pour qu'elle les portât pour l'anniversaire d'une fille de l'école.
—¿No te gustan?—protestó Cary.—Roberto me dijo que los zapatos rojos te encantaban. La culpa, por supuesto, no la tenían las sandalias, sino Cary, que se hacía la disimulada, como si fuera incapaz de darse cuenta.
—Prefiero el amarillo—respondió Lisandra. —Pues cuando llegues a mi casa, te compraré doscientas sandalias amarillas, dos paticos de goma, dieciséis muñecas rubias y un paquete de chupa-chupa sabor platanito.