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Sommaire
Couverture Biographie Carte et Photos 1 La reina, el caballero y la princesa2 La Malvada Hechicera3 Mi Abuelo Tato 4 La Abuela Ekaterina5 Estancia en la Habana 6 El Abuelo y la Malvada Hechicera7 La salida8 En el país de la Hechicera9 En la escuela de Allá10 Retorno al framboyán11 Epílogo
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Polices
No es preciso indicar que yo, Lisandra Ekaterina, soy la princesa de esta historia y que este es mi cuento.
Por eso, porque es mío, lo escribo en español. Bien clarito  y sin faltas de ortografía, aunque Cary —alias la aún Malvada Hechicera— insista:
—En inglés, en inglish, hijita, para que seas la nomber uan de la escuela.
—Al fin estamos todos juntos —casi gritó Cary cuando nos vio llegar, perdidos entre maletas, bultos y carteras.— Bienvenidos y güelcom.
Aunque el viaje no había sido tan largo, Mamá, Papá y yo estábamos cansados, como si hubiéramos cruzado el desierto más grande del mundo sin camellos ni agua. Mamá se quejaba:
—Este malestar general no es común, te lo digo. El frío del avión me ha enfermado.Y era verdad que tenía las manos calientes, como hirviendo debajo de la blusa de mangas largas, y el pelo húmedo en la frente, y la frente cubierta de perlitas de sudor.
—Son los nerviosrespondió Papá. Ella hizo una mueca de disgusto, una mueca que significaba “tú nunca me tomas en serio”.— ¡Imagínate!, como todo es tan distinto acá…
Mamá no protestó aunque yo, a su lado, me daba cuenta de que se mordía la boca por dentro, para no responderle mientras Cary los escuchara. La Nueva Abuela estaba detrás del timón y era un manojo de sonrisas en el medio del rostro:
—Ay, qué felicidad, este ha sido el sueño de mi vida desde que llegué a este país: tener a mi hijo y a mi nieta conmigo acá… Papá tosió y, de inmediato, la Nueva Abuela recordó un nuevo nombre:
—Claro, María, también a ti, a la familia completa.Mamá correspondió con su sonrisa más bonita y Cary se la creyó, aunque bien sabía yo que esa sonrisa de mi mamá no era verdadera.
Trajeron demasiadas maletas, y seguro que un montón de cosas viejas e inútiles que no les van a servir de nada…—se quejó Cary.
Papá se sentó en el asiento delantero del carro, justo al lado de la Nueva Abuela, y nos dejó solas, a Mamá y a mí, en la parte trasera. Cosa que —debo advertir— a Mamá no le gustó ni pizca. Me tomó bien fuerte la mano y yo le apreté los dedos. Pobrecita, ahora tenía la piel fría, carne de gallina.
Papa s'assit sur le siège avant de la voiture, juste à côté de la nouvelle Grand-mère et nous laissa seules, Maman et moi à l'arrière. Chose que —je dois préciser— ne plut absolument pas à Maman. Elle prit bien fort ma main et serra mes doigts. La pauvre, elle était toute froide et avait la chaire de poule.
La noche había llegado con lluvia:
—Con lo lindo que estaba el clima —volvió a quejarse Cary.— Ahora los voy a llevar a comerse una McDonald´s. —¿Una qué?—preguntó Mamá Cansancio.—Una hamburguesa, María, con mucho cachú y coca cola.—Mamá querida —por un segundo, Papá miró a la Nueva Abuela y no lució tan entusiasmado como unos instantes antes—, creo que María está un poco cansada. Comeremos cualquier bobería. ¿No será mejor ir directo para la casa?—Qué va, si una hamburguesa se hace en un dos por tres, es fasfud. Además, la niña seguro se muere por unas papitas fritas respondió ella y, de inmediato, prendió la radio del carro. —Es que no queremos que la niña coma chatarra —Mamá, pese al malestar, alzó un poco la voz para ser escuchada.—¡Chatarra comía en Cuba! ¿¡Qué daño le va a hacer una hamburguesa, María!? ¡La niña tiene que disfrutar sin restricciones! —y a partir de ahí, la Nueva Abuela comenzó su discurso cuyo asunto central, a qué no adivinan, era yo, Lisandra Ekaterina, quien, según Cary, había vivido bloqueada por mis padres, impedida de comer McDonald´s y papitas fritas con cachú.— ¡Con lo ricas que son!—Y poco saludables… —Mamá hizo un intento de lucir como Mamá, pero Cary la interrumpió, categóricamente:—Solo se vive una vez.
Mamá lanzó una mirada desesperada sobre Papá, que se hizo el disimulado e incluso fingió seguir el estribillo de la canción en la radio. La vi de nuevo morderse la boca. Esa noche, Papá no iba a tener abrazos ni cariños. Que se preparara y le diera un beso a esa hamburguesa tan querida.
Maman lança un regard désespéré à Papa qui fit comme si de rien, et feignit même d'écouter le refrain de la chanson à la radio. Je la vis se mordre les lèvres une fois de plus. Ce soir Papa n'aurait pas de bisous ni de câlins. Qu'il se prépare à embrasser son cher hamburger.
—¡Lisy, mira cuántas luces! —señaló Mamá hacia la ciudad que comenzaba a mostrarse.
Y era verdad. La ciudad estaba tan llena de colores que parecía sacada de una película de ciencia ficción de las más modernas. Me encogí en el asiento:
Et c'était vrai. La ville était tellement pleine de couleurs qu'elle paraissait sortie d'un film de science fiction très moderne. Je me redressai sur le siège:

Pónganle el cinturón de seguridad a la niña —se quejó, nuevamente, la Nueva Abuela.—¿Te gusta la vista, Lisandra?Ni gotamentí. La verdad era otra: de noche, la ciudad se veía bonita, un lugar lleno de estrellas húmedas, pero no quería que la Malvada Hechicera —alias Cary— se sintiera orgullosa de su victoria. Además, extrañaba a Tato, tenía ganas de comer aguacate y la pintura de su pueblito de tierra roja no se le desprendía de los ojos.—Ya te acostumbrarás, Lisandra —dijo bajito Papá, también él fascinado por las luces. —Esta es una ciudad distinta a la que yo conocí cuando llegué a este país —dijo la Nueva Abuela.— Acá las cosas cambian de un día para otro. Es normal. Un edificio se construye en solo unos meses y cambia todo el paisaje.
Fue entonces que comenzó a llover. La lluvia resbalaba ventanilla abajo y no me permitía contar las luces ni las casas. Pronto, la ciudad se convirtió en un dibujo de agua y colores.
—Eso es signo de buena suertese santiguó la Nueva Abuela.— ¡Qué felices vamos a ser!
Feliz, a lo mejor, ella.
Yo no. Qué va. Jamás.

Cary pidió McDonald´s coca cola y papitas fritas para los cuatro, incluso para Mamá Fiebre, que ardía de cansancio y malestar. Aunque estaba molesta con Papá, se sentó a su lado e incluso le puso una mano sobre la pierna. A lo mejor, Papá tenía suerte y no le tocaba dormir con la hamburguesa. Mamá lucía muy cansada y sus ojeras parecían parte del maquillaje. Papá estaba contento, como si estuviera acostumbrado a todo, como si hubiera nacido en aquella ciudad extraña. Cary se sentó a mi lado y me dio un beso mojado en el cachete:
Cary commanda à Mc Donald's du Coca Cola et des frites pour nous quatre, même pour Maman Fièvre, qui brûlait de fatigue et de mal-être. Bien que fâchée avec Papa, elle s'assit à côté de lui et posa sa main sur sa jambe. Peut-être que Papa aurait de la chance et n'irait pas dormir avec le hamburger. Maman paraissait épuisée et ses cernes semblaient faire partie de son maquillage. Papa était content comme s'il était habitué à tout, comme s'il était né dans cette ville étrangère. Cary s'assit à côté de moi, me fit un bisou humide sur la joue:

—¿Extrañaste a la abuela? —fue su pregunta, pero no contesté. Metí los ojos en la hamburguesa y me atraganté con tres papitas fritas. Mamá apenas probó su comida. Picoteaba como los pájaros, para no lucir malagradecida, pero la Nueva Abuela la miraba a los ojos:
—María, ¿no te gusta? —y añadió, con voz más dulce:— Si quieres, pedimos otra cosa para ti.—No es eso, suegra, es que estoy cansada. Se me quita el hambre.—¿Quieres hacerle una llamada rápida a Tato? —se ofreció Cary.— Seguro querrá saber si llegaron bien. —Es que él no tiene teléfono en la casa…—¡Qué subdesarrollo! —volvió a decir.— ¿En ese pueblo no hay un teléfono que sirva? —Puedo dejarle el recado en casa de los vecinos —se apresuró Mamá. En los ojos le vi que habría dado cualquier cosa por escuchar la voz de Abuelo por un segundo o dos.—Bueno, pero tendrá que ser una llamada relámpago
Ya no pude comerme las papitas. Me concentré en la coca cola, que quemaba la garganta al bajar con sus burbujas. Cary marcó el número que Mamá le dictaba. Y entonces comenzó la carrera contra el tiempo. Mamá hablaba más rápido que nunca:
Je ne pus plus avaler mes frites. Je me concentrai sur le coca-cola qui me brûlait la gorge avec ses bulles. Cary fit le numéro de que Maman lui disait, et alors la course contre la montre commença. Maman parlait le plus vite possible:
—Vecina, es María. María, la hija de Tato. Sí, esa misma. Sí, es larga distancia, vecina. Llegamos bien. Oiga, vecina, ¿usted podría llamarme al viejo, pero corriendo, que las llamadas son caras? Sí, corriendo y volando. Gracias. Luego, el silencio.
—¿El Abuelo ya llegó?—pregunté con voz flaquita, pero Mamá negó con la cabeza.
En sus marcas, listos… ¡y fuera!, comenzó nuevamente la carrera:
—¿Papi? ¿Papá, eres tú? Sí, soy yo, quién va a ser: tu única hija, tu hija María… —hice un gesto con la mano, que no se olvidara de mí:— Y tu nieta. Sí, llegamos bien. La niña está contenta. ¿Dónde estamos? Comiendo hamburguesa, papá. Hamburguesa con papitas fritas y coca cola. No, el viaje fue bastante corto, pero el avión es una pesadilla, pipo. Recé como veintiséis padrenuestros. Tú sabes que tienes una hija cobarde —Mamá miró con ojos de culpa a Cary, necesitaba unos segundos más. La Nueva Abuela hizo un gesto que podía significar cualquier cosa pero no le dijo que colgara:— ¡Qué lejos te oigo, viejo! Sí, ya sé que estamos lejos pero no TANTO. Bueno, sí, es otro país, a lo mejor tienes razón. ¿Estás tranquilo? Qué bueno. No te preocupes, que nosotras te vamos a llamar cada vez que tengamos un chance. No podrá ser todos los días. Ojalá. —Quiero hablar con el Abuelo… —comencé a decir, pero Mamá me mandó a callar con la mano.—Dice Lisy que te manda un beso. —¡Quiero hablar con el Abuelo! —protesté, me puse roja, egoísta Mamá que se quedaba con el teléfono solo para ella.—… un segundo —afirmó Mamá y me pasó el celular.La voz de Tato era un eco, muy bajita y como rota a través de la distancia. Era una voz que no podía abrazar, ni aunque estirara mucho las manos y me pusiera en puntas de pie como las bailarinas de la televisión.
—Abuelo, ¡no regales mis libros!—¿Tus qué…? —la voz del Abuelo venía desde otro mundo.—¡Mis libros! ¡Y tampoco mis diplomas!—No, muchacha, qué voy a regalar tus cosas…—Y cuida a la gallina gorda, la ponedora, mi favorita.—Sí, sí…—Y escríbeme cartas.—Todos los días. Entonces fue que desaparecieron la voz y el sonido de la llamada. El celular se quedó mudo. Y aquello me dio roña. Y tristeza. La nube rabiosa se asomó a mi cabeza.
Se acabó el créditodijo Cary, como si aquellas palabras no fueran la cosa más obvia del planeta.— Ahora vamos a disfrutar en familia.
Pero ya no pude, no. La hamburguesa estaba fría, Mamá lucía triste y las papitas tenían sabor a cartón en la boca. Me terminé la coca cola de un trago largo:
—Esta niña es una vikinga —dijo Cary, con una sonrisa de orgullo.— ¡Va a ser la nomber uan en la escuela!

La casa de la Nueva Abuela era bonita. No demasiado  grande, con muchas alfombras y cortinas y llena de adornos: parecía como si no cupiera una sola persona más. Cuando llegaron Mamá, Papá y Lisandra, la casa quedó sin respiración, ¡tanta gente en un mismo sitio!, ¡y además cargados de maletas!
Mamá Fiebre estaba a punto de convertirse en Mamá Sueño:
—¡Qué dolor de cabeza! —solo decía eso, pero Cary no entendía las indirectas y quería, aquella misma noche, enseñarlo todo: los cuartos, los baños, el pequeño jardín, la sala y la cocina comedor, cada adorno, cada recuerdo y cada cuadro.Las sembré yo…—hinchó el pecho al enseñar las macetas con puchas de flores. —Miren qué linda foto de Lisandra a los cinco años —mostró un cuadro de una Lisandra en miniatura que saltaba la suiza con una carcajada a la que le faltaban dientes. —Esta alfombra es carísima, pero la heredé de una prima que tiene de todo, y que enseguida se libra de las cosas viejas. No es que la alfombra esté vieja, ustedes entenderán… —dijo con orgullo. —Y estas maletas que ven aquí —señaló—, están llenas, repletas de regalos para ustedes. ¡Llegaron los Reyes Magos! ¡Vamos a ver qué trajeron!
Cary era una niña feliz. En sus ojos no se leía ni gota de cansancio, a pesar de que Mamá ya bostezaba sobre los regalos, Papá fingía estar muy entretenido y Lisandra sentía dolor en los pies, luego de un día entero sin quitarse los zapatos. Pero Cary no se dio cuenta de nada y comenzó a abrir las maletas:
Cary était une enfant heureuse. On ne voyait dans ses yeux aucune fatigue, alors que Maman baillait d'épuisement, Papa faisait semblant d'être amusé et Lisandra avait mal aux pieds, après un jour entier sans avoir ôté ses chaussures. Mais Cary ne se rendit compte de rien et commença à ouvrir les valises:
—Estos dos bultos para María, este para mi hijo… y para la Princesa de la casa: ¡sorpresa! —dijo, y la arrastró hasta el final de la casa.— ¡Este es tu cuarto, Lisy! ¡Surprais! Y abrió la puerta. Había tanto rosado por todos lados que la habitación parecía un gran cake de quinceañera3. Juguetes fucsia, carteras y jueguitos de ropa, unos zapatos con lazos, una Barbie con perrito. —¡El color favorito de las niñas! —dijo la Nueva Abuela, muy orgullosa de su proeza.
Lisandra comenzó a sentirse mal. ¿Es que nadie le había dicho a Cary que todas las niñas son diferentes y que Lisandra odiaba el rosado? A ver, ¿por qué la torturaban así? Miró a la Nueva Abuela con el refilón de los ojos y, por un segundo, tuvo ganas de quejarse bien alto, pero las fuerzas no le alcanzaban. Se acercó a la cama rosada y se quitó los zapatos:
Lisandra commença à se sentir mal. Personne n'avait jamais dit à Cary que les filles ne sont pas toutes pareilles et que Lisandra n'aimait pas le rose? Mais enfin, pourquoi la torturaient-ils ainsi? Elle regarda la Nouvelle Grand-mère en biais pendant une seconde, eut envie de se plaindre à voix haute, mais n'eut pas assez de force pour le faire. Elle s'approcha du lit rose et enleva ses chaussures:
—¿No te gusta? —preguntó Cary con una mueca de desilusión. —¡Le encanta! —contestó Mamá Mentira por ella, que se había acercado al cuarto muy sigilosa y justo a tiempo.— ¿Viste, nenita? Tu color favorito…—No es…—¡Qué MA-RA-VI-LLA, Lisy!, ¿verdad? —Mamá la interrumpió.— ¡Yupi!
Sus ojos cansados lucían vidriosos. Tanta pena le dio a Lisandra que se tragó las palabras una a una. El disgusto por tanto rosado se le pasó enseguida:
—Tengo sueño… —fue lo único que dijo. —¿Ya le diste las gracias a la abuela por todos sus regalos? —inquirió Mamá Protocolo.—Gracias —repitió Lisandra como una autómata.—¿Y le dijiste que eres muy feliz? —insistió, pero esta vez no obtuvo otra respuesta que no fuera:—¿Ya me puedo dormir? —y aquellas fueron las palabras mágicas que impidieron nuevas preguntas. Mamá le dio un beso en la frente:—Buenas noches.
Nadie le recordó que no se había bañado ni que tenía, aún, las medias puestas.
Cary y Mamá, de puntillas, dejaron a Lisandra sola en aquel cuarto que tenía el mismo color que el algodón de azúcar de los parques de diversiones: rosado-niñita.
Pero Lisy tenía tanto cansancio que el disgusto se le pasó con el primer bostezo.
Aquella noche, eso sí, soñaría con un avión fucsia que volaba por encima de una ciudad rosada: la lluvia caía en la ventanilla, pero incluso aquellas gotas estaban teñidas —adivina, adivinador— del color favorito de todas las niñitas buenas.
—Hay que empezar desde cero y cortar de raíz para que duela menos —eran los consejos de la Nueva Abuela.— Recordar lo hace todo peor. ¡Ni les digo lo que sufrí cuando me vi aquí sola!
La casa tenía sus propias reglas. Cary no decía:
—Hay que hacer lo que yo digo…
No, sino:
—Esta casa tiene leyes que hay que cumplir para mantener el orden.
Por ejemplo:
—No se puede caminar con zapatos sobre las alfombras, porque se ensucian de nada. —Hay que ver televisión en inglés para aprender el idioma. —Se habla en voz baja para que los vecinos no se quejen.
La lista era larga: reglas dentro de reglas que Lisandra se esforzaba por incumplir una tras otra. A ver, ¿por qué la obligaban a usar zapatos cuando estaba en el jardín, si a veces tenía ganas de sentir un poquito de tierra en los dedos?, ¿y por qué, entonces, le decían que se descalzara cuando entrara a la casa? Allá iba a Lisandra: lo hacía todo al revés. Sin zapatos en el jardín, con zapatos encima de las alfombras carísimas:
La liste était longue: des règles dans les règles que Lisandra s'efforçait de suivre les unes après les autres. Mais pourquoi l'obliger à mettre des chaussures dans le jardin si parfois elle avait envie de sentir la terre sous ses pieds? Et pourquoi devait-elle se déchausser pour entrer dans la maison? Là-bas Lisandra devait tout faire à l'envers, pas de chaussures dans le jardin et des chaussures sur les tapis très chers:
—¡Qué niña!, eso es un salvajismo —Cary ponía el grito en el cielo:— María, mira lo que acaba de hacer tu hija. —Lisandra —regañaba Mamá con voz de desesperación, desde la cocina, donde se afanaba por ayudar de alguna manera.
Era difícil entretenerse. Cary vivía en una cuadra sin niños. Es decir, si los niños existían, de seguro estaban atrapados frente a los televisores mientras veían los “muñequitos” en inglés. Lisandra intentaba entender qué decían las películas, pero terminaba aburriéndose. Entonces se asomaba a la ventana, con la esperanza de que quizás alguno de esos niños del vecindario se hubiera escapado a jugar en el jardín. Ni siquiera le iba a importar si ellos hablaban español o inglés:
—Los niños jugando se entienden… —afirmaba Lisy, con algo parecido a la esperanza que, al cabo de una semana, se comenzó a difuminar.
Una vez vio a una niña. Bajaba de un carro negro junto a su mamá (o una tía). Tenía el pelo muy rubio y también parecía aburridísima. Pero a Lisandra no le dio tiempo de decir hola ni adiós, porque aquella amiga potencial despareció detrás de una puerta.
—Juega con tus muñecas, Lisandra —le decía siempre Mamá.— Son nuevas, ¡no puedes aburrirte así!Juguetes no faltaban, no. A lo mejor sobraban. En aquel cuarto odioso y de color rosado, se escondían cajas y cajas llenas de muñecas de porcelana, juegos de casita, barbies con ajuares de novia, de patinadora, deportista olímpica o diseñadora de modas. Además, tenía una laptop.
—Regalo de tu abuela que tanto te quiere —le recordó Cary mientras inauguraba una sonrisa.
A veces se entretenía con sus nuevos libros (todos en inglés) e intentaba descifrar qué querían decir aquellas palabras tan raras:
La culpa no es de la niña —Cary le pasaba una mano por la cabeza con un gesto de pena—, sino de ustedes, los padres. —Y luego, señalaba con dedo acusador a Mamá y a Papá:— No fueron previsores. Miren, ahora está atrasada en el idioma. Por suerte, tenemos un verano por delante, ¡la niña irá a estudiar inglés ahora mismo! —decidió la Nueva Abuela, sin contar con la opinión de Mamá ni Papá. ¡Total!, aquella eran su casa y sus reglas. Por eso, Lisandra se esforzaba por romperlas cada vez que podía.
Cantaba “Guantanamera” en el español más puro y se propuso alfabetizar a sus nuevas Barbies: la deportista, la diseñadora de modas, la patinadora y hasta a la novia. Aquellas muñecas tenían caras de extranjeras y se veía que no eran capaces de bailar salsa ni danzón, y mucho menos conversar en el mismo idioma que Lisandra:—A ver, repite, Barbie número uno: guantanamera, guajira guantanamera…
Elle chantait "Guantanamera", dans l'espagnol le plus pur et se proposa d'apprendre l'alphabet à ses nouvelles Barbies: à la sportive, la styliste de mode, la patineuse et même la mariée. Ces poupées avaient des visages d'étrangères et on voyait qu'elles étaient incapables de danser la salsa ou le danzón, et encore moins parler la même langue que Lisandra:
       -Allez, répète Barbie numéro un: guantanamera, guajira guantanamera...
Cary ponía el grito en el cielo:
—¡En inglés, en inglish! Esta niña me va a matar del disgusto —tan alto lo decía que incluso ella misma olvidaba la regla de oro de la casa: hablar en susurros, en voz muy baja, por aquello de los vecinos.

La profesora de inglés era también cubana y amiga de Cary: una gordita cariñosa que siempre vestía con una blusa roja, de mangas tan amplias que parecía una mariposa, una mariposona, de lo alta y bonita que se veía. El primer día del encuentro, Lisandra solo le hizo una mueca por todo saludo. ¿Es que acaso no se daba cuenta la Malvada Hechicera —alias la Nueva Abuela— que nunca, jamás, aprendería ese idioma raro, con sus yus, plis y otros tantos sonidos difíciles? La verdad es que Lisandra no quería que aquella nueva profesora le cayera bien. Iba a ser mucho más simple si era una mariposa bruja, sin brillo en las alas, una teacher de cara amargada, que la obligara a repetir veinte líneas con el mismo texto:

My name is Lisandra Ekaterina and I can´t speak English.

Ya Lisandra estaba preparándose para aquella nueva tarea cuando conoció a Fátima:
—Buenos días —dijo la profesora en perfecto español, la primera vez que visitó la casa. Y luego le dio un abrazo a Cary mientras se quejaba:— ¿Ya no brindan café?—Café recién colado —afirmó la Nueva Abuela de inmediato.
Mientras Cary se afanaba en la cocina, Fátima se sentó al lado de Lisandra:
—Hasta hoy, solo te había conocido por fotos. Vamos a jugar.
Lisandra se esforzó en no quererla, ¡de qué manera!, pero Fátima era una mariposona cariñosa, que hablaba el español con igual soltura que el inglés. Sentada en el piso, Fátima no parecía una teacher y casi nunca una adulta, sino una amiga más, tan niña como Lisandra.

En aquella nueva casa, nadie tenía tiempo.
La Nueva Abuela se levantaba bien temprano, antes de salir el sol:
—Ay, qué cansancio, qué dolor de cabeza, de muelas y de pies —se quejaba siempre en la cocina, donde Mamá colaba el café mañanero.— Pero no se puede parar.
Al principio, Lisandra pensó que Cary iba a perseguirla por toda la casa, que no la dejaría ni un segundo tranquila con aquello del inglés, de ser la nomber uan en la escuela, con sus gritos de cuidado con las alfombras, no camines descalza en la tierra, qué niña esta. Pero Cary —alias la Malvada Hechicera— era una sombra apenas perceptible que se levantaba temprano y llegaba muy tarde, cuando ya Mamá Cansancio lo tenía todo listo: la casa limpia, los platos fregados y la comida servida.
Au début, Lisandra pensait que Cary allait la suivre dans toute la maison, qu'elle ne lui laisserait pas une seconde tranquille avec son anglais, qu'elle devait être la number one à l'école, avec ses cris pour faire attention aux tapis, et les "ne marche pas pieds-nus dans la terre", quelle enfant dis-donc. Mais Cary —alias la Méchante Sorcière— était une ombre à peine perceptible qui se levait tôt et rentrait très tard, quand Maman Fatigue avait déjà tout préparé: la maison était propre, la vaisselle faite et le repas servi.
En aquella nueva vida, nadie tenía tiempo.
—Lisandra, quédate quieta y déjame trabajar —se quejaba Mamá, a quien nunca antes le habían molestado la bulla de los juegos ni la inquietud de la niña:— Me tienes atormentada, Lisandra Ekaterina.
Y Lisandra Ekaterina hacía silencio y se iba a alfabetizar a sus Barbies al rincón más perdido de su cuarto fucsia, todo con tal de no escuchar a Mamá Reproche:
—Entras y sales, y lo ensucias todo…No cuidas la ropa…—Los pies llenos de tierra…—Los zapatos perdidos…
O a Mamá Desesperación:
Fregar, lavar, secar, cocinar, el día entero en lo mismo…
O a Mamá Resignación, que bajaba la cabeza:
—Pero hay que hacer sacrificios y empezar desde cero.
Empezar desde cero significaba, para Mamá, no protestar cuando Cary se quejaba por el polvo o cuando Cary traía hamburguesas del trabajo, una comida que Mamá no podía ver y mucho menos imaginar que iba a ser el alimento de Lisandra:
—Pero es solo temporal y todos tenemos que colaborar… y tener paciencia —contestaba Mamá Esperanza.
Papá era apenas un fantasma que aparecía y desaparecía de la casa. Tampoco tenía tiempo para Lisandra:
—Ahora que ya tengo el permiso de trabajo, solo falta que encuentre algo… algo que se parezca a mi carrera —suspiraba Papá por las noches, cuando toda la familia se reunía frente a la mesa. La Nueva Abuela siempre contestaba:—Hijo mío, no es por desilusionarte, pero eso es muy, muy, muy difícil.
Pero Papá no se rendía, ¿cómo podía hacerlo? Él, que había estudiado en la universidad, no por gusto guardaba, como uno de sus tesoros más preciados, aquel diploma que lo llamaba el Mejor Graduado Integral. Él, que tanto conocimiento guardaba en su cabeza, que tantas maquinarias había reparado, que tantos sueños tenía:
—Mamá, es que yo no puedo comenzar tan desde cero —era siempre su respuesta.—Bueno, hijo, te lo cuenta la voz de la experiencia.Aquel día Lisandra lo recordaba bien. Papá se sentó frente a la mesa con una sonrisa triste. Lisandra había querido abrazarlo, pero Papá lucía como si no se acordara de ella, ni de Mamá, ni siquiera de Cary.
—En nada comienzo a trabajar —fueron sus únicas palabras.—¿Cómo ingeniero? —preguntó Mamá Esperanza, sus ojos eran dos rayitos  de luz. —La sopa está fría —se quejó Papá por toda respuesta y de inmediato Mamá supo que la respuesta era no, no como ingeniero, sino como cualquier otra cosa para la que no importaban los diplomas ni las universidades.—Mi amor, ahora mismo caliento de nuevo la comida —dijo Mamá mientras abrazaba a Papá por la espalda.— No te preocupes. Cuando esté caliente, la sopa sabrá mejor. No importa. Ya verás.Lisandra no sabía si aquellas palabras de Mamá se referían a la sopa o al nuevo trabajo de Papá. Todo era confuso. Se llevó una cucharada a la boca y la sintió tibia, espesa, extraña.
—Hay que empezar desde cero —sentenció la Nueva Abuela, pero esta vez Papá no dijo nada, ni comió la sopa que ya estaba caliente de nuevo, ni besó a Mamá.

Tan sola me sentía, sin Mamá, sin Papá, sin Tato, sin mis viejos juguetes, en aquel cuarto rosa que llenaba mi cabeza con tanto color de niña buena, que pensé en la necesidad de hacer un cambio. Cuando vivíamos en Cuba, Mamá no soportaba que nadie le dijera qué hacer en su propia casa y, muchos menos, con mis ideas. Pero aquí estamos prestados, Lisandra, me recuerda Mamá cuando la paciencia no me alcanza, y tenemos que amoldarnos a las nuevas reglas. Yo sé que ella no lo soporta, como tampoco Papá cuando debe despertar tan temprano, y no para arreglar máquinas ni hacer nuevos inventos mecánicos sino para ir a un nuevo trabajo que nada tiene que ver con él. Pero todos obedecemos las reglas. Nadie se rebela, nadie protesta.
Pero hoy va a ser diferente. Ya van a ver. Mamá está en su cocina, tan llena de problemas que ni se acuerda de mi presencia. Cary y Papá, lejos. Y yo sola en mi cuarto fucsia y horrible. Y con mucha acuarela que me han regalado, sí, las amigas de Cary, quizás porque la Nueva Abuela ha pregonado a voz en cuello:
Mais aujourd'hui ce sera différent. Ils vont voir. Maman est dans sa cuisine avec tellement de problèmes qu'elle ne se rappelle même pas ma présence. Cary et Papa, loin. Et moi toute seule dans ma chambre fuschia et horrible. Et avec toute l'aquarelle qu'on m'a offert, oui les amies de Cary, peut-être parce que la Nouvelle Grand-mère a annoncé à tue-tête:
—Mi nieta cubana ha venido a vivir conmigo.
Pues que sepan ella y sus amigas que la nieta cubana, sí, odia el color rosado y aprovecha las acuarelas.
Ni Picasso dibuja mejor que yo sobre las paredes. Verde, rojo, negro y morado sobre el fucsia, que no desaparece del todo, pero al menos se atenúa entre las figuras de gigantes, muñecas, palmas, enanos y tucanes que pinto. Una luna en cuarto menguante, la tabla del ocho y a la Barbie alfabetizadora sobre las paredes. Algo que parece una jirafa, y un león, y una criatura de ocho patas que no es araña  ni cocodrilo, sino una mezcla extraña de ambos bichos.
—¡Solavaya!—grita Mamá y se persigna cuando entra al cuarto.—¡Lisandra Ekaterina!
Y Cary, que acaba de llegar, escucha y viene corriendo:
—¿Pero qué…? —se espanta. —Es que no soporto el rosado —respondo, toda Picasso, entre los pinceles y las acuarelas.—¡Pero si es tu color favorito! —pelea la Nueva Abuela.Mentira —grito, lo que tengo dentro del corazón explota:— No me gusta el rosado, ni esta casa, ni las alfombras, ni el inglés, y mucho menos vivir contigo, aquí, en este lugar que no tiene niños.
Cary retrocede y pone cara del mal genio:
—¡Y así le agradecen a uno!—¡Lisandra Ekaterina! —me regaña Mamá, que hasta levanta la mano como si fuera a pegarme. Se arrepiente de inmediato y se vuelve roja, como las flores en las macetas del patio:— ¡Esto no puede ser! ¿Qué te he dicho?—Esta niña ha sido muy mal educada, María.—Usted me perdonará, Cary, la niña tendrá sus malcriadeces, pero educada sí que ha sido—Mamá fulmina a la Nueva Abuela con la mirada.—Eso dices tú, pero mírala: alza la voz, le falta el respeto a su abuela, a su única abuela…—¿Y Abuela Ekaterina?—interrumpo, pregunto, me afano.—… su única abuela viva —rectifica Cary—, destroza el cuarto, raya la pintura, dibuja sobre el rosado y, además, no sabe hablar inglés.
Es como si hubiéramos vuelto al principio, al día en que vi a Cary por primera vez, en mi casita de tierra roja, allá donde era tan feliz. No puedo con ella. Qué va: no la soporto. Suspiro. Tomo aire para que no me explote la cabeza como un globo color rojo. No le recuerdo a la Malvada Hechicera que ya hablo algo de inglés, todo gracias a Fátima, que se toma el tiempo para jugar conmigo a las muñecas y que, al parecer, es la única persona a la que le importo a estas alturas. Porque Papá nunca está y Mamá…
C'est comme si nous étions revenus au début, au jour où j'ai vu Cary pour la première fois, dans ma petite maison en terre rouge, là où j'étais si heureuse. Je n'en peux plus d'elle. En fait je ne la supporte plus. Je soupire, je prends une bouffée d'air pour que ma tête n'explose pas comme un ballon rouge. Je ne dis pas à la Méchante Sorcière que je parle déjà un peu anglais, grâce à Fatima, qui prend le temps de jouer aux poupées avec moi, et qui est apparemment la seule personne pour laquelle je compte. Parce que Papa n'est plus jamais là et Maman...

—¡Lisandra Ekaterina!, estás castigada. Y usted, suegra —dice Mamá con la misma voz de regaño—, por favor, no evalúe más la educación que le he dado a mi hija.—¡Qué horror!, qué falta de respeto —dos lagrimones se asoman a los cachetes de Cary—, con lo que he sacrificado por esta familia y así me pagan.—Suegra, vamos a ser sinceras, ha sacrificado por su hijo, en cualquier caso.—¡Dios mío!; por ti y por la niña también, quitándome de todo durante años.Nadie le pidió—Ya sé que no me lo pidieron, pero lo menos…
Las voces peleonas de ambas se alejan. Tiran las puertas. Alguien llora y alguien grita. No sé quién. Hace un calor horrible. Como si de repente, todo el verano que ya acaba se hubiera colado dentro de la casa, hasta el punto de que parece imposible respirar, tomar aire, hablar. Mis dibujos de Picasso están tristes en la pared.
Si Tato los hubiera visto, ¿me habría regañado también?

Cada vez que hablo con el Abuelo, la llamada es tan corta y se escucha tan mal que no me da tiempo ni de sentir calor dentro del pecho. ¡Qué tristeza! Tato se enreda con las palabras. Eso sucede porque quiere decirme tantas cosas que no sabe por dónde empezar.
Que si el framboyán con sus flores. Que si los huevos de la gallina. Que si los amiguitos de la escuela preguntan por mí.
Cuando me doy cuenta, se escucha el pitido y, unos segundos después, se cae la llamada.
No da tiempo ni para sentir tristeza.
Lo escucho y me voy quedando sorda y vacía.
—Tato, te extraño —le digo siempre tarde, cuando ya no me escucha.
No le cuento de mis nuevas muñecas, ni del inglés que se resiste a entrar en mi boca y mi cabeza, ni de los dibujos de la pared, ni del rosado del cuarto.
En realidad, no le cuento nada.
Solo me esfuerzo por escuchar su voz, por quedarme con ella y no olvidar.

Aunque era la única niña de la escuela a la que nadie conocía, Lisandra iba feliz, al encuentro de aquel mundo. Mamá y Papá lucían un poco preocupados, sobre todo porque Lisy, a pesar de los esfuerzos de Fátima, aún no se sentía cómoda con el inglés, ese idioma donde las vocales sonaban diferentes al español. Pero Cary, muy optimista, solo afirmaba:
—En la escuela aprenderá el idioma perfectamente, sí o sí.
Cada vez que la escuchaba, Lisy hacía una mueca de ranita belicosa. La verdad es que el inglés no era tan bonito como el español de siempre, pero al menos ya no se le enredaba en la lengua como antes. La niña imaginaba aquel idioma como un río de poco cauce que se esforzaba por desplazarse, silencioso, en su cabeza, buscando espacio entre las neuronas, las ideas y los recuerdos.
—Además, esta niña necesita amigos de su edad —hasta Cary parecía darse cuenta de aquella realidad.
Cuando uno tiene casi once años, se supone, dicen por ahí, que se pierde todo el miedo a entrar a un aula, pero esa es la mentira más grande de la historia. Lisandra marchó aquella mañana media asustada y media feliz. ¿Qué pasaría si todos sus nuevos profesores la señalaban con un dedo y decían: Atención, aula, vamos a darle la bienvenida a Lisandra Ekaterina, con un welcome bien alto y bien pronunciado, recuerden que la nueva escolar no habla casi inglés? Y peor aún, ¿qué sucedería si los niños no querían conocerla, jugar con ella, ser sus amigos?
Lisandra recordaba su primer día de escuela, allá en Cuba, con Papá que la llevaba de la mano —porque Papá siempre había sido el mejor para animar en momentos de tristeza, ¡lástima que ahora no tuviera tiempo para nada!— y le decía palabras como:
—En la escuela conocerás a tus mejores amigos y aprenderás lo lindo del mundo. Soy tu papá y siempre te voy a querer.
Solo que Papá ahora apenas tenía unas horas de sueño y siempre llegaba tan cansado a la casa que Lisandra no encontraba un huequito para abrazarlo con sus preguntas:
—Mañana empiezo en la nueva escuela, ¿no puedes llevarme? —le habría encantado decirle, sí, pero ya conocía la respuesta:—Hijita mía, ojalá pudiera, pero estoy tomando horas extras para comprar el carro y para… —la lista de deseos y necesidades era larga: Lisandra comenzaba a olvidarla luego de la segunda enumeración. —Bueno, no importa —lo disculpaba en su cabeza. Al fin y al cabo, Mamá había dicho que era hora de que todos hicieran sacrificios y Lisandra quería aportar también su granito de arena.
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