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Sommaire
Couverture Biographie Carte et Photos 1 La reina, el caballero y la princesa2 La Malvada Hechicera3 Mi Abuelo Tato 4 La Abuela Ekaterina5 Estancia en la Habana 6 El Abuelo y la Malvada Hechicera7 La salida8 En el país de la Hechicera9 En la escuela de Allá10 Retorno al framboyán11 Epílogo
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Polices
Mi maleta estaba llena de vestidos, pantalones y una trusa. Mamá llevaba muchos papeles. Tantos, que siempre se las arreglaba para perder uno o dos, a veces incluso tres a la misma vez:
—Mi amor —peleaba casi a gritos, ella que nunca alzaba la voz—, ¿de casualidad, no habrás encontrado los papeles? O peor, ¿no habrás tocado Esos Papeles Tan Importantes, eh?
Papá refunfuñaba que no, que él no era culpable, que todos teníamos una maleta y que la suya estaba llena de camisas de mangas largas e incluso una corbata, regalo del Abuelo Tato, pero que ni siquiera había visto Esos Papeles Tan Importantes desde hacía años, siglos, milenios.
—No te preocupes —la tranquilizaba Papá con una caricia, pero Mamá se sacudía.—Los días en La Habana son poquísimos. Si se nos queda algo Aquí, luego Allá no sabremos qué hacer, y viajar desde tan lejos no es posible.—Pero, mi amor, en la embajada lo tienen todo.—Ah, sí, lo dice el Excelentísimo Señor Cónsul, ¿qué sabrás tú?—Es pensamiento lógico.—Con ese pensamiento lógico es que has perdido todos los papeles.
En boca de Mamá, las palabras más pequeñas se convertían en grandes. Papá volvía a refunfuñar:
—Tanto lío por unos documentos.
Las mayúsculas corrían aterradas por la habitación. Mamá podía transformarse en una tigresa de un momento a otro mientras abría y cerraba maletas, y buscaba aquellos Papeles Tan Importantes que no hacían falta Aquí pero que Allá serían indispensables, a menos que mi Papá fuera el Excelentísimo Señor Cónsul, cosa que nunca sucedería porque mi Papá era solo mi Excelentísimo Progenitor y Esposo de ella, mi Mamá desesperada, cazadora de papeles perdidos y la mejor hacedora de maletas de viaje.
—Aquí están los Papeles —los levantó en el aire, orgullosa de su descubrimiento.— Sabía que los habías sacado de la carpeta —y señaló con dedo acusador a la cabeza de mi Excelentísimo Progenitor, que no discutió ni dijo pío, pues con Mamá Cazadora no se negocia por el bien de la paz familiar. Ponle candado a esos Papeles —dijo Papá en un susurro—, parece que tienen pies y se mueven solos, o los duendes se los llevan.—Sí, claro, la culpa la tienen los pobres duendes.Entre el bullicio de papeles que se doblan y maletas que se cierran, ambos parecían nerviosos y felices.
—¿Y si todo sale mal?—preguntó Mamá.—Bueno, eso no sería tan terrible, María—respondió Papá, en sus ojos se leía un rastro de dudas:— Pero, ¿y si todo sale bien?—Ya le diremos entonces a Tatico—suspiró ella y se llevó una mano cargada de papeles a la cabeza.
Me atreví a preguntar:
—¿Qué tenemos que contarle al Abuelo?
Mamá tosió, Papá se atragantó, los Papeles Tan Importantes crujieron:
—Nada, hija, que nos vamos de vacaciones a La Habana, ¡la capital de todos los cubanos! —contestó uno de los dos, o ambos a coro, como si hubieran olvidado que unos instantes antes habían estado discutiendo por unos papeles desaparecidos y por ciertos duendes ladrones. —El pasaporte de Lisy, el pasaporte de mi amor, y mi pasaporte—contó Mamá, uno, dos y tres, cálculos fáciles que hasta un niño de preescolar podría hacer sin ayuda, pero que ella repitió un par de veces más mientras nos enseñaba unas libretas azules.—Mamá, déjame ver mi foto…—hacer las maletas era aburridísimo, resultaba mucho más interesante observar las páginas del pasaporte, todas llenas de dibujos de palmas reales  e imágenes de Cuba, y mi cara  seria y media asustada en una de las primeras hojas.—Anda, déjame ver las fotos de todos.—Ay, no, Lisy, los pasaportes son documentos muy serios y muy caros. ¿Qué pasaría si rompes una hoja?
Miré a mi Papá en busca de ayuda. Él puso los ojos en blanco y me hizo una mueca, pero tampoco dijo una sola palabra para convencer a Mamá de que, con nueve años que tenía entonces, sabía muy bien pasar las páginas de los libros y cuidar los documentos importantes. ¿Acaso todas mis libretas no tenían estrellas por lo limpias y arregladas que estaban? Sin embargo, no protesté y guardé un silencio obediente entre las maletas y los papeles.
Je regardai Papa pour qu'il m'aide. Il leva les yeux au ciel et fit une grimace, mais ne dit rien pour convaincre Maman qu'à neuf ans je savais parfaitement tourner les pages d'un livre et prendre soin des documents importants. Mes carnets n'avaient-ils pas des petites étoiles pour leur bonne tenue? Cependant je ne protestai pas et restai silencieuse et obéissante entre les valises et les papiers.
La casa estaba gobernada por aires distintos, aires de nerviosismo, casi de temblor.
En fin, que aquellas vacaciones a La Habana parecían raras, extrañas, vacaciones de mentiras, aunque mis papás prometían viajes al Acuario, al zoológico y al Malecón.
—¡Te encantarán las tortugas del Acuario!—decía Mamá.—¡Los fieros leones del zoológico te espantarán con sus rugidos!—reía Papá.—¡Pescaremos en el Malecón!—hablaron ambos a coro, como si aquella fuera una coreografía muy ensayada que se conocieran de memoria.
Mamá quería viajar en avión. Le parecía aventurero, pero Papá la convenció de hacer un recorrido más largo, por tierra, para disfrutar las vacaciones en familia. No quiso decir la verdad, pero prefería parar mil veces en el camino que montar una hora en avión. Mamá hizo una mueca pero estuvo de acuerdo, y ya totalmente convencida cuando Papá la abrazó por la espalda y le susurró:
Maman voulait voyager en avion. Pour elle c'était l'aventure, mais Papa réussit à la convaincre de faire un trajet terrestre bien plus long, pour profiter des vacances en famille. Il refusa de dire la vérité, mais il préférait s'arrêter mille fois en chemin que monter une heure dans un avion. Maman fit la grimace mais finit par être d'accord et totalement convaincue lorsque papa la prit dans ses bras et lui murmura:
—Ya vendrán otros aviones, tú verás. Te lo prometo.—Bueno, ¿quién sabe?, se puede ser feliz aquí. Hemos sido felices hasta ahora, y Tatico…—Papá levantó una ceja para recordarle a Mamá que, entre los papeles, yo, una niña preguntona lo escuchaba todo.
Ella se quedó callada por un segundo, pero luego dijo:
—¡Ya veremos!, tiempo al tiempo.
Y como dirían los libros: pasó un águila por el mar. Bueno, en realidad no era un águila sino nosotros tres, como los tres osos del cuento, cargados de maletas en una guagua; y tampoco fue el mar, sino la tierra, el paso de la isla caimán por la ventana de la guagua, caminos y caminos, casitas, bohíos2, pueblos cargados de golosinas y muchos baños, paradas, una merienda a las doce de la noche, y los ronquidos de Papá sobre el hombro de Mamá. En fin, la felicidad del viaje. Luego: la llegada a La Habana.
La ciudad era linda. Y también demasiado grande, tanto que, por un momento, tuve miedo de soltar las manos de mi Papá y perderme. “Guajirita desconfiada”, se rio él, que conoce La Habana como la palma de sus manos, “esta es una ciudad como otra cualquiera”. Pero no me dejé engañar. Demasiados carros y bulla. Mamá se arregló el pelo —ella siempre ha sido decidida—, alzó el pecho como Tato cuando va a decir la verdad más grande y afirmó:
La ville était jolie mais aussi trop grande. A tel point qu'à un moment j'eus peur de lâcher la main de mon Papa et de me perdre. "Petite paysanne méfiante", rit-il, lui qui connaisait La Havane comme la paume de sa main. "C'est une ville comme toutes les autres". Mais je ne me faisais pas avoir: trop de voitures et de boucan. Maman arrangea ses cheveux —elle a toujours été décidée— elle gonfla la poitrine comme Tato lorsqu'il va dire une grande vérité et affirma:
Familia unida jamás será vencida.Mamá siempre tiene un dicho  o un lema para cada cosa y, como es inteligente, resulta que siempre tiene la razón y que sus palabras encajan como anillo al dedo ante cualquier situación.
—A ver, ¿dónde se coge un carro para el Vedado3, Roberto de mi vida?—le preguntó a Papá Despistado, que estaba terminándose un cafecito con toda la calma del mundo.—Tranquila, muchacha, la entrevista es mañana, tenemos tiempo—le respondió Papá Parsimonia, pero Mamá Impulso no se dejó vencer:—Y ese tiempo se puede aprovechar bien en bañar a la niña, planchar la ropa, arreglar los papeles…—¿De nuevo, María? ¿Pero es que esos papeles se desarreglan solos todo el tiempo? — Papá Aburrimiento bostezó.— ¡Con tantas cosas que hay por hacer en La Habana! La niña tiene que verlo todo.—La niña tiene que lucir bonita mañana y estar descansada, qué nervios, ¿verdad, Lisandra?
Por primera vez, uno de los dos me preguntaba algo. Ya me estaba acostumbrando a dejarme arrastrar como una maleta más. Cuando Mamá dijo nervios, enseguida me acordé de la escuela y los exámenes, sobre todos los exámenes orales, cuando el profesor de Matemáticas saca su regla favorita y apunta al alumno de turno: “a ver, escolar, ¿cuánto es 24 entre 12 por 1?”
Pour la première fois, l'un d'eux me demandait quelque chose. Je m'étais presque habituée à me laisser traîner comme une valise supplémentaire. Quand Maman parla des nerfs, je me suis rappelée tout de suite de l'école et des examens, surtout des oraux, quand le professeur de mathématiques prend sa règle préférée et désigne l'élève : Alors, combien font 24 divisé par 12 multiplié par 1?

—¿Me van a hacer un examen mañana?—pregunté, pero Mamá y Papá solo intercambiaron miradas culpables.—¿Quién ha visto unas vacaciones con exámenes? Nadie.—Lisandra Ekaterina, tu Mamá está hasta el último pelo de cansada y necesita colaboración. Colaboración de tu Excelentísimo Señor Padre, a ver si se termina ese café de nunca jamás, que ya lleva siglos en el último buche. Y colaboración de mi queridísima hija, a ver si me ayudas a buscar un carro que vaya para el Vedado.
Y todos le hicimos caso, porque cuando Mamá al Mando dice presente, nadie la contradice.
Los zapatos de charol eran incómodos. Parecían botas de guerrera, a pesar del brillo color noche. Lisandra sentía los pies bien apretados, en cualquier momento comenzarían a salirle ampollas. Llevaban rato bajo el sol. Un sol habanero con cara de pocos amigos. Tanto cuidado de Mamá en lavarle el pelo y arreglarle la bata, y ahora todo se había reducido a un montoncito estropeado llamado Lisandra. Papá también sudaba debajo de la corbata y la camisa de mangas largas, aunque se veía bonito y Mamá orgullosa de tener al esposo más guapo de la larga fila. ¡Tan guapo era Papá y tan larga la fila que Mamá, pese al calor y a la espera, sonreía!
—Agua—se quejó Lisandra.—Sol—casi llora.—Y ahora me duelen los pies y me van a salir unas ampollas  del tamaño de La Habana—dijo por tercera vez.
Mamá no se dejó conmover, aunque contestó con voz dulce:
—Lisy, todo el mundo está esperando, ¿ves? Ya queda poco. Aguanta un ratico, mi amor.
Mamá no lo dijo, pero Lisandra sabía que, detrás de sus palabras, suplicaba por un poco de colaboración. ¡Qué vacaciones tan aburridas! ¡Vacaciones de no hacer nada y esperar bajo el sol, con papeles en las manos y unos zapatos de charol que ya se le habían quedado chiquitos! A ver, ¿dónde habían quedado el Acuario, el zoológico, el Malecón?
—El Malecón está justo ahí —respondió Papá y señaló hacia adelante, hacia una franja de muro gris que escondía al azul del mar.— Dime si no es lindo.
Lisy se entretuvo mientras la fila avanzaba. Era difícil, porque una ampolla tan grande como…
—Papi, ¿en qué lugar de La Habana nos encontramos?—¿Ahora mismo?: en el Vedado.
… una ampolla tan grande como el Vedado le estaba creciendo en el dedo gordo del pie, y aquello la ponía irritable. Pero Mamá tenía razón y, aunque la fila era larga, todo el mundo esperaba en orden. Familias y familias. Dos niñas como ellas, vestidas con batas, iban junto a sus padres. Lisandra se preguntó si podría jugar con ellas un rato justo ahí, en el parquecito de la esquina, que no tenía columpios, verdad, pero al menos iba a ser un remedio seguro contra el aburrimiento: no tuvo que mirar la cara de Mamá dos veces para darse cuenta de que recibiría un rotundo “no” por respuesta. Las niñas de bata también se quejaban. Que si calor, las ampollas y la sed. A un costado, una muchacha joven cargaba a un bebito vestido con un mono azul, rojo y blanco, lleno de estrellitas. Lisandra jugó a aquello de intentar adivinar el nombre del bebé por su cara. Mateo. Fabio. O Ricardo. Aunque también podría  llamarse Dunieski o Yaiseme, nunca se sabe. A su izquierda, dos viejitas con sombrillas  se daban la mano y un señor mayor, con gafas, leía un libro. ¡Cuánta gente interesante! Recién nacidos, niños, adolescentes, adultos, mamás y papás, e incluso ancianitos que tenían el pelo más blanco que Tato.

—¿Qué edad tienes, Abuelo?—le había preguntado Lisy un día, pero Tato solo contestó:—La misma que Matusalén. Si Abuelo era tan viejo como Matusalén, aquellos señores y señoras debían, entonces, ser más antiguos que las pirámides. Lisy jugó a imaginar que cada persona de la fila vestía como los egipcios, y aquello la hizo atorarse de la risa.
—Esta niña se ríe sola…—dijo Mamá.Debe ser el sol, que le quemó los pensamientosbromeó Papá mientras ponía la mano sobre la cabeza de Lisandra, como si con aquello pudiera detener el calor. Lisy no contestó. La ampolla en su dedo era del tamaño de la Isla de Cuba y, cuidado, dentro de poco se convertiría en una ampolla de proporciones épicas. Una ampolla heroica.
—¿Para qué vinimos a La Habana, Mamá?—le había preguntado Lisandra la noche anterior. Estaba cansada de tantos secretos, sí, de tantos susurros, tantas maletas y papeles.—Bueno, es que TODOS, es decir, nosotros tres, vamos a hacer un viaje.—¿Otro viaje más?—Lisy hizo una mueca. Las guaguas eran cómodas pero muy frías, y ya comenzaba a extrañar al Abuelo, a las gallinas y al framboyán donde dormía Nana. —Sí, pero este será distinto.—¿Más largo?—Un poco más largo y un poco más corto.—Ay, no, ¿una adivinanza?—Adivina, adivinador…—rio Mamá, y de repente se puso seria:— Es un viaje importante, Lisandra Ekaterina. Conocerás a la mamá de tu Papá. Es decir, a la Abuela. Es decir, Lisandra, no me confundas, a la otra abuela.—¿A Ekaterina?—¡Pero, niña!, la Abuela Ekaterina ya murió, eso lo sabes. Ojalá. —¿Por qué dices ojalá? ¿Es que esta nueva abuela no es igual a la abuela rusa?—Es distinta —Mamá se cruzó de brazos:— ¡Lisandra, muchacha, no me enredes!—Solo preguntaba. —¡Tanta preguntadera! Lo importante es que sepas que mañana será un gran día. —¿Mañana viajaremos de nuevo?—No, mañana tenemos que ir allí.—¿Dónde allí?—tanta jerigonza, trabalenguas y adivinanzas solo la enredaban más.—A ese lugar donde hacen las entrevistas.—¿Cómo en la televisión?—Más o menos. ¡Ojalá fuera famosa!
Y eso fue todo. Mamá no dijo nada más y parecía tan nerviosa que Lisandra sintió pena. ¡Nunca había visto a Mamá así, de esa manera, enmarañada con los Importantes Papeles y las También Importantes Entrevistas! La palabra abuela quedó grabada, pero solo como un eco, algo sin importancia que bien pronto se borraría de su memoria.
Et ce fut tout. Maman n'ajouta rien de plus et avait l'air tellement nerveuse que Lisandra fut peinée pour elle. Elle n'avait jamais vu Maman comme ça, empêtrée dans les Papiers et les Entretiens Importants! Le mot Grand-mère resta gravé, un peu comme un écho, quelque chose de peu important qu'elle effacerait rapidement de sa mémoire.
Las personas de la fila conversaban. Algunos, en voz muy baja. Otros, casi a gritos. Pero todos sentían que era necesario decir algo, hacer amigos, intercambiar anécdotas. Incluso Mamá y Papá, que tan calladitos eran en el pueblo, parecían contagiados con las palabras de los otros. Comenzaron haciéndose amigos de un viejito con periódico y una muchacha bonita, de tacones altos —pobres pies, sus ampollas deben ser ampollas históricas, más grandes que el continente americano, pensó Lisandra— que gesticulaba mucho. Luego, ya aburridos, intercambiaron anécdotas con una señorona que llevaba una pamela de sol y una blusa de muchos brillos:
—Yo vengo de Sagua de Tánamo, imagínate—decía la señorona a todo el que quisiera oírla.
Más adelante, Mamá y Papá —convertidos en los Reyes de la Sociabilidad— se hicieron compinches de una parejita rubia que cargaba a un niño de tres años, de la viuda de un actor famoso y de la mamá de los jimaguas Roberto y Alberto, que decía:
Un peu plus devant, Maman et Papa devenus les Rois de l'Amabilité, devinrent copains avec un couple de blonds qui portait un enfant de trois ans, avec la veuve d'un acteur célèbre et la maman des jumeaux Roberto et Alberto, qui disait:
—Los muchachos se fueron muy jóvenes y ahora me quieren Allá. Imagínate, Allá, empezar desde cero, una que lo tiene todo del lado de Acá y que se ha acostumbrado a su vida, a su barrio y a sus cosas. Allá que se necesita tener juventud y fuerzas si no se quiere ser una carga, pero los muchachos me quieren Allá y no Acá, ¿qué puedo hacer? Dejarlo todo Acá si me dicen que sí e irme para Allá, ¡imagínate! Y ustedes —preguntó de repente a mis papás que solo afirmaban:— ¿a quienes tienen del lado de Allá y del lado de Acá?—A su madre, del lado de Allá—respondió Mamá, muy circunspecta. Luego, su tono se hizo más suave:— Y a mi papá, que se queda Aquí.—¡Pobre viejo!, ¿Por qué no se lo llevan? Yo no sé, pero si me dicen que sí, mis hijos saben que conmigo se va la Mocha, esa perra malgeniosa que heredé de una vecina, pero que ha sido mi compañía en los últimos años aunque se haya comido tres butacones y un disco duro, ¡es una diabla esa Mocha!—Bueno, es que un ser humano no es como un perro, señora —se defendió mi Mamá, roja, no sé si por el calor o por algo más:— No se puede montar a un ser humano en un avión en contra de su voluntad, ¡piénselo usted! Él siempre ha dicho claro, clarito, que se queda Aquí.—Ay, hija, se entiende, un viejito Allá se muere de tristeza. Ustedes no. Están jóvenes todavía. Yo sí que me llevo a la Mocha, aunque los muchachos me maten. Si ella se queda Aquí, que no cuenten conmigo. Esa es mi única ley. ¡Mira que empezar desde cero!Aquí, allá y acullá: tantas palabras parecidas que Lisandra volvió a concentrarse en la ampolla, sí, la del dedo gordo, que ya tendría el tamaño del planeta Tierra. Mamá y Papá, los antiguos cofrades de la fila, volvieron a un silencio nervioso. La línea avanzó.
—Ya estamos llegando—anunció Mamá, y aquella fue la mejor noticia para Lisandra, luego de lo que parecían siglos bajo del sol. —¡Qué bueno!—dijo de corazón.Mira lo sudada que está la niñase quejó Mamá Perfecta, pero Papá se encogió de hombros:—Como todo el mundo, María, como todo el mundo.
Lisy le regaló una sonrisa a Papá. Él sí sabía, debajo de la corbata y la camisa de mangas largas, lo que era un sol en vacaciones. ¡Qué vacaciones tan aburridas!, sin amigos, sin niños, sin paseos.
Cuando entraron al edificio, Lisandra dejó de quejarse. Mamá y Papá, juntos, parecían más pequeños que nunca, aunque se apretaban las manos y sonreían. Una muchacha de rostro amable los recibió y miró a Lisandra justo a los ojos.
Pon la mano derecha acá, y ahora la mano izquierda—le dijo.
Luego fueron de ventanilla de cristal a ventanilla de cristal. Al menos, adentro no hacía calor. Mamá y Papá contestaban preguntas. Y Lisandra comenzó a sentir sueño. Se entretuvo contando sillas, y luego ventanillas de cristal, y más tarde los rostros de las personas. La mano de Papá aferró bien la suya:
—¿Nos vamos?—preguntó Lisy.—Sí, a conocer el Malecón, como te prometírespondió Papá.—Tengo una ampolla en el dedo gordo, Papi.—Bueno…—dijo él y la alzó en peso, sin preocuparse de que Lisy tuviera ya casi diez años y sin pensar en su camisa blanca y sudada.
Cuando salieron, vieron a otras personas que esperaban en aquella fila que parecía interminable. Encontraron, en la calle de enfrente, a la mamá de los gemelos Roberto y Alberto, a la dueña de Mocha, la señora de la fila:
—Entonces, ¿se van para Allá?—preguntó a gritos, como si los conociera desde siempre.Mamá afirmó con la cabeza, media triste y media alegre.
—Pues yo me quedo aquí con la Mocha. ¡Pobres los muchachos!, con la ilusión que tenían —gritó de nuevo la señora, mientras nos decía adiós con ambos brazos:— Mucha suerte, familia.Mamá, Papá y Lisandra contemplaron aquella tarde la puesta de sol en el Malecón, bien abrazados y en silencio.
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