Como era muy chiquita cuando la abuela Ekaterina murió y no recuerdo nada de ella —ni sus ojos que dicen todos eran iguales a los míos, ni su acento raro, ni sus historias sobre princesas rusas—, Abuelo siempre se encarga de reparar los huecos de memoria del tiempo. Nos sentamos juntos y él me cuenta. Su corazón se vuelve un tambor cuando me relata cómo se conocieron:
—Tu abuela llegó al pueblo muy jovencita. Vino con sus papás, unos rusos bien rusos, muy colorados, que no hablaban español. Pero Ekaterina era un as, rapidísima, aprendió a hablar el cubano con acento y a bailar chachachá. Pronto se convirtió en la mejor bailarina. Yo la miraba con ojos de guajiro bobo y ella pensaba: qué muchacho ese, no me quita la mirada de encima. Ekaterina Nikolaiévich Borodin. Hasta su nombre era distinto. ¡Qué nombre ni ocho cuartos!: ella, con sus ojos verdes aceituna, su pelo de tan rubio casi blanco, y sus pecas cómicas en la nariz. Era una muñeca. Yo la miraba con ojos de guajiro enamorado pero en silencio, sin acercarme a la muchacha más bonita del pueblo. —¿Y qué pasó después? —lo apuraba siempre porque, llegado a ese punto, el Abuelo daba vueltas y vueltas, retomaba la historia para volver a describir a la Abuela Ekaterina, como si con eso pudiera traerla de nuevo, por un segundo, a la vida. —¡Ah, sí!, ¿pues adivina qué? La rusita era valiente.—¿Muy valiente?—Un día se acercó a mí y me sonrió con cada una de sus pecas. Y de repente, ya no tuve miedo, y el corazón me estalló de felicidad.
Es verdad, porque incluso tantos años después de que conoció a la Abuela, sé que si me pego bien al pecho de Tato, podré escuchar cómo su amor sigue vivo. Luego de contar su historia, me mira de nuevo a los ojos:—Igualita a ella. Ojalá la recordaras.
C'est vrai, parce que malgré toutes ces années après la rencontre avec ma grand-mère, je sais que si je me colle bien contre la poitrine de Tato, je pourrais entendre que son amour est toujours là. Son histoire finie, il me regarde à nouveau dans les yeux:
—Tu lui ressembles tant. Si seulement tu pouvais te souvenir d'elle.
—Tu lui ressembles tant. Si seulement tu pouvais te souvenir d'elle.
Una y otra vez he escuchado los mismos cuentos, pero Abuelo siempre incorpora un detalle o gesto nuevos:
—La primera vez que Ekaterina te vio, eras una cosa chiquita así, toda arrugada, acababas de salir del vientre de tu Mamá —dice Tato con una sonrisa.— La Abuela se rio feliz y dijo: “Mira, tenemos una ranita rusa”.
—La primera vez que Ekaterina te vio, eras una cosa chiquita así, toda arrugada, acababas de salir del vientre de tu Mamá —dice Tato con una sonrisa.— La Abuela se rio feliz y dijo: “Mira, tenemos una ranita rusa”.
Por la Abuela Ekaterina es que tengo un segundo nombre y es precisamente el suyo. En los exámenes de la escuela y en la lista de asistencia, la profesora infla mucho el pecho para llamarme:
—Lisandra Ekaterina Navarro y Villavicencio…—luego toma aire, ¡pobrecita!—¡Presente!—contesto enseguida. También gracias a la Abuela Ekaterina es que poseo los libros más hermosos del pueblo. Tato los guarda todos y en ocasiones me presta uno.
—Pero, Abuelo, ¿las letras no están escritas al revés? —le pregunto. —Ese es el alfabeto cirílico —me responde él, de repente mago y sabihondo, se toca la barbita con una sonrisa y promete:— Ya es hora de que aprendas a leer ruso, muchacha. ¡Si Ekaterina te viera! Los mismos ojos color aceituna.
—Lisandra Ekaterina Navarro y Villavicencio…—luego toma aire, ¡pobrecita!—¡Presente!—contesto enseguida. También gracias a la Abuela Ekaterina es que poseo los libros más hermosos del pueblo. Tato los guarda todos y en ocasiones me presta uno.
—Pero, Abuelo, ¿las letras no están escritas al revés? —le pregunto. —Ese es el alfabeto cirílico —me responde él, de repente mago y sabihondo, se toca la barbita con una sonrisa y promete:— Ya es hora de que aprendas a leer ruso, muchacha. ¡Si Ekaterina te viera! Los mismos ojos color aceituna.
Tato no habla nunca de la muerte de la Abuela. Sin moverme, sin hacer un gesto, me quedo calladita hasta el final de las historias, que son siempre las mismas pero diferentes. Luego de contar la anécdota de la “ranita rusa”, Tato guarda silencio. Yo, que en el cuento acabo de nacer, me pego bien a su pecho para consolarlo. No hace falta que me diga nada. Sé que la extraña.
Tato ne parle jamais de la mort de Grand-mère. Je reste silencieuse, sans bouger jusqu'à la fin des histoires qui sont toujours les mêmes mais différentes. Après avoir raconté l'anecdote de la petite grenouille russe, Tato se tait. Moi qui viens tout juste de naître dans le conte, je me colle contre lui pour le consoler. Il n'a pas besoin de me parler, je sais qu'elle lui manque.
Pero hoy, que visito al Abuelo, no hay historias. Los dos estamos callados. Seguro que él sabe.
—A ver, ¿por dónde empiezo, Tato?—le pregunto, con cara de niña cansada.—Siempre por el principio—dice él, carraspea, como si cada palabra se trabara sobre las flores altas del framboyán, como si le costara abrir la boca. Pero Abuelo traga en seco y se seca los ojos:— Todas las historias tienen un comienzo.Y él, que siempre es tan sabio, tiene de nuevo razón y yo obedezco.
—Bueno, esta historia comienza con la llegada de Cary, a la que llaman mi abuela y que dicen es la mamá de mi Papá…
—A ver, ¿por dónde empiezo, Tato?—le pregunto, con cara de niña cansada.—Siempre por el principio—dice él, carraspea, como si cada palabra se trabara sobre las flores altas del framboyán, como si le costara abrir la boca. Pero Abuelo traga en seco y se seca los ojos:— Todas las historias tienen un comienzo.Y él, que siempre es tan sabio, tiene de nuevo razón y yo obedezco.
—Bueno, esta historia comienza con la llegada de Cary, a la que llaman mi abuela y que dicen es la mamá de mi Papá…
A veces, cuando hablo más que mucho, mi Mamá me manda a callar con la mirada, sonríe regañona y me llama Niña Cotorra.
Abuelo Tato no.
Solo me mira y, frente a sus ojos, mis palabras ganan alas, pico y patas de cotorra, pero él no parece darse cuenta del cambio (o lo disimula bien). En ocasiones, saca su pañuelo rayado del bolsillo y se seca el sudor de la frente y de los ojos. Cuando le pregunto por qué el sudor de sus ojos se parece tanto a las lágrimas, me contesta:
—Cosas de viejo.
—Cosas de viejo.
Pero yo sé. Conozco demasiado bien a mi Tato y con diez años, ¿quién no distingue entre una lágrima y una gota de sudor? Mientras más miro el pañuelo de mi Abuelo, que escapa de su bolsillo para asomarse a su rostro, menos ganas tengo de llegar al final; a ese final donde Mamá me dice, media brava, que nos iremos a vivir con la Hechicera Malvada, alias Cary, mamá de mi Papá.
Mais moi je sais. Je connais trop bien mon Tato du haut de mes dix ans. Qui ne fait pas la différence entre une larme et une goutte de sueur? Plus je regarde le mouchoir de mon Grand-père qui dépasse de sa poche, et moins j'ai envie de finir mon histoire, d'arriver à cette fin où maman, rebelle, me dit que nous irons vivre avec la Méchante Sorcière, alias Cary, la maman de mon papa.
… ¿qué pasará si Abuelo llora?, ¿qué sucederá si Tato no puede esconderme detrás del gallinero o en la copa más alta del framboyán para evitar mi rapto?, ¿y si también él se convierte de pronto en un adulto que solo dice: “hay que obedecer a los mayores, y si tus padres creen que estarás mejor en casa de Cary, entonces tú, que eres niña buena y guajira obediente, lo harás”? Así que prefiero que la Lisandra Cotorra vuele sobre el patio de tierra roja de mi Abuelo, cante, hable y haga que el tiempo se detenga justo encima de nosotros. A lo mejor, de esa manera, no tendré que llegar al final de la historia.
—Bueno, bueno, ¿y en qué termina todo?—mi plan queda destruido en un dos por tres, con solo una pregunta que Abuelo susurra entre refunfuños. Ya no va a ser posible que invente una mentira. La Lisandra Cotorra se posa sobre el framboyán y deja de batir las alas.—Mamá dice que es posible, muy posible, que pronto tengamos que irnos a vivir con la Nueva Abuela.—Ya sabía yo… —contesta y se pasa una mano por la frente. De repente, luce más viejito y cansado que nunca; tanto que me da un miedo terrible de perderlo bajo la tela rayada del pañuelo, así que salto sobre él y lo abrazo fuerte, un abrazo rompe-pulmones, de los que quitan el aire, cariño de oso.—¡No, Abuelo!, ¡no quiero! ¡Que se vayan ellos dos con la Malvada Hechicera! ¡Yo me quedo contigo!
—Bueno, bueno, ¿y en qué termina todo?—mi plan queda destruido en un dos por tres, con solo una pregunta que Abuelo susurra entre refunfuños. Ya no va a ser posible que invente una mentira. La Lisandra Cotorra se posa sobre el framboyán y deja de batir las alas.—Mamá dice que es posible, muy posible, que pronto tengamos que irnos a vivir con la Nueva Abuela.—Ya sabía yo… —contesta y se pasa una mano por la frente. De repente, luce más viejito y cansado que nunca; tanto que me da un miedo terrible de perderlo bajo la tela rayada del pañuelo, así que salto sobre él y lo abrazo fuerte, un abrazo rompe-pulmones, de los que quitan el aire, cariño de oso.—¡No, Abuelo!, ¡no quiero! ¡Que se vayan ellos dos con la Malvada Hechicera! ¡Yo me quedo contigo!
Lo grito con voz de heroína, inflo el pecho de guajirita y aprieto mi cabeza al pecho del Abuelo, que suspira bajito:
—Qué va, Lisandra. Los hijos con los padres, y los padres con los hijos, siempre juntos, adónde sople el viento de la sierra.
—Qué va, Lisandra. Los hijos con los padres, y los padres con los hijos, siempre juntos, adónde sople el viento de la sierra.
No sé por qué, pero sospecho que en el sitio donde vive aquella a la que nombran mi Nueva Abuela, no existen sierras y, a lo mejor, ¿quién sabe?, ni viento. Y si hay viento, soplará con olor a chicle y a tienda, no a árbol, ni a tierra roja, ni a escuelita en enero. Le explico a Abuelo, que siempre entiende todo, y esta vez no es diferente, porque afirma con la cabeza:
J'ignore pourquoi, mais je suis sûre que là où habite celle qu'on appelle la nouvelle Grand-Mère, il n'y a pas de montagne, ou peut-être même, allez savoir, pas de vent. Et si vent il y a, il aura l'odeur du chewing-gum et des magasins, pas l'odeur des arbres ni de la terre rouge et encore moins celle de ma petite école en janvier. J'explique tout ça à Tato qui comprend toujours tout, et une fois encore c'est pareil car il affirme en hochant la tête:
—¡Viento con olor a chicle de menta!—Haz algo, Tato —le pido, no, le suplico, si alguien puede ayudarme a romper el encantamiento de la Malvada Hechicera es él, tan sabio y tan viejito que ya habrá visto cosas más difíciles en el mundo. Pero Abuelo no me mira, sino que se desprende de mi abrazo, se levanta y da vueltas y vueltas por el patio de tierra roja. Arrastra tanto los pies que una nube colorada se levanta detrás de sus zapatos. Las gallinas se alegran en sus corrales y el gallo canta su mejor tonada mientras Tato camina.—Hace rato que lo vengo sospechando, pero la niña —yo sé que esa niña que él menciona es mi Mamá, que ya ha crecido mucho pero que siempre será pequeña para él— nunca quiso decirme nada. Para no preocuparme, seguro. Como si uno fuera un viejo chocho, un viejo bobo que no hubiera visto que tienen el mar metido dentro de los ojos. Hace mucho tiempo que esa idea se les ha colado en la cabeza.—¿Hace tanto? —pregunto, casi con miedo. —¡Siglos! —Abuelo exagera y gesticula mucho debido al disgusto.— ¡Milenios!—¿Pero tanto?—Y más. Llegaban las cartas de Cary y las fotos. Fotos bonitas, en colores, de ciudades y playas. Ciudades más grandes que La Habana.
Tan bien conozco la estrategia de la Malvada Hechicera que enseguida descubro el engaño:
—¡Magia negra!—No, muchacha, qué va —me desmiente Abuelo.— No seas belicosa. La palabra belicosa es tan cómica que enseguida me arranca risas. Abuelo me hace coro y, por un segundo, ambos olvidamos nuestras preocupaciones.
—Tan belicosa como mi rusita Ekaterina —se ríe él.—Una ranita belicosa —me ahogo.
—¡Magia negra!—No, muchacha, qué va —me desmiente Abuelo.— No seas belicosa. La palabra belicosa es tan cómica que enseguida me arranca risas. Abuelo me hace coro y, por un segundo, ambos olvidamos nuestras preocupaciones.
—Tan belicosa como mi rusita Ekaterina —se ríe él.—Una ranita belicosa —me ahogo.
Es entonces que me sorprende su abrazo. Un abrazo rompe-pulmones, que no deja aire sobreviviente dentro de mí:
—Cómo voy a extrañar mi ranita rusa —dice, y sus palabras caen lentas sobre mí. Lentas como un encantamiento que también hubiera alcanzado a Tato, mi Abuelo luchador y héroe, que nunca antes se había dado por vencido, pero que ahora ni siquiera planta el pecho para dar lucha. Lo miro a los ojos. Intento protestar, pero su voz me calla:— Los hijos tienen que ir junto a los padres. Es la ley de la vida.
—Cómo voy a extrañar mi ranita rusa —dice, y sus palabras caen lentas sobre mí. Lentas como un encantamiento que también hubiera alcanzado a Tato, mi Abuelo luchador y héroe, que nunca antes se había dado por vencido, pero que ahora ni siquiera planta el pecho para dar lucha. Lo miro a los ojos. Intento protestar, pero su voz me calla:— Los hijos tienen que ir junto a los padres. Es la ley de la vida.
Cada vez que Abuelo menciona la ley de la vida, yo sé que habla de temas muy grandes y difíciles, temas que no son para niños ni para ranitas rusas, temas que entenderé, sí, algún día, cuando sea del tamaño de Mamá, pero que ahora suenan raros como el sonido desafinado de una guitarra o una décima con mala rima.
La ley de la vida da miedo en ocasiones. Por ella, la Abuela Rusa nunca pudo contarme uno de sus cuentos de princesas y boyardos. Por su culpa, la perrita Nana duerme bajo los pies del framboyán. Y ahora, también, trajo a Cary, que siempre será para mí la Malvada Hechicera. Si eso fuera poco, por ley de vida estoy prácticamente obligada a seguir a mis padres.
—Es muy injusto —me quejo—, ¿y si no quiero?
—Es muy injusto —me quejo—, ¿y si no quiero?
Abuelo me mira con ojos desesperados, como si pidiera un segundo de tregua:
—Si todo fuera tan simple como no querer, Lisy, ¡ay, cuántas cosas no pasarían!
—Si todo fuera tan simple como no querer, Lisy, ¡ay, cuántas cosas no pasarían!
A veces, Tato habla en trabalenguas y adivinanzas, pero nunca más que hoy.
—Tengo dolor de cabeza —me quejo otra vez, y no es mentira.—Vamos a tomarnos una limonada, mi niña.—¿Cuándo tendremos que irnos, Abuelo? —pregunto, casi con miedo, mientras el vaso frío se me cuela entre las manos. —Quizás sea pronto.—¿Pero cuándo?—No sé, pero tendrás que montar avión al y cruzar el mar. —Me dará mareo. ¿En serio cruzaremos el mar?—Bueno, es que Cuba es una isla. Un caimán verde en el medio del agua —en ocasiones, Abuelo utiliza las mismas palabras de los libros de historia:— Para viajar a otro país hay que cruzar el mar. —¿A otro país?—un buche de limonada se me traba en la garganta. Casi escupo sobre las gallinas blancas y orondas. —No hables con la boca llena, muchacha, o te crecerá una matica de limón en la barriga —por toda respuesta, Abuelo saca su pañuelo y vuelve a pasárselo sobre los ojos.Ni Tato ni yo volvemos a hablar. Juntos y cabizbajos, ambos parecemos viejitos. Solo las gallinas y el gallo lucen felices, como si supieran un secreto que nosotros ni nos atrevemos a susurrar.
—¿Y quién se quedará con la Nana?—entro en pánico. Recuerdo a la Nana y su cola de sata, la Nana y sus trucos cariñosos, y su lengua colorada y alegre, la Nana que no soportaba quedarse sola en la casa porque le temía a los extraños, a los truenos, los rayos y la lluvia, y todos saben que en el campo, una tormenta puede formarse de un minuto a otro cuando las nubes de la sierra huyen hacia el pueblito, en busca de nuevos aires. —¿Quién va a cuidar la casa? ¿Quién regará el framboyán? Pero, Abuelo, dime, ¿quién pondrá gladiolos sobre la tumba de la Abuela Rusa? ¡No la podemos dejar sola en el cementerio! ¡Sola y sin visitas, Tato!
—Tengo dolor de cabeza —me quejo otra vez, y no es mentira.—Vamos a tomarnos una limonada, mi niña.—¿Cuándo tendremos que irnos, Abuelo? —pregunto, casi con miedo, mientras el vaso frío se me cuela entre las manos. —Quizás sea pronto.—¿Pero cuándo?—No sé, pero tendrás que montar avión al y cruzar el mar. —Me dará mareo. ¿En serio cruzaremos el mar?—Bueno, es que Cuba es una isla. Un caimán verde en el medio del agua —en ocasiones, Abuelo utiliza las mismas palabras de los libros de historia:— Para viajar a otro país hay que cruzar el mar. —¿A otro país?—un buche de limonada se me traba en la garganta. Casi escupo sobre las gallinas blancas y orondas. —No hables con la boca llena, muchacha, o te crecerá una matica de limón en la barriga —por toda respuesta, Abuelo saca su pañuelo y vuelve a pasárselo sobre los ojos.Ni Tato ni yo volvemos a hablar. Juntos y cabizbajos, ambos parecemos viejitos. Solo las gallinas y el gallo lucen felices, como si supieran un secreto que nosotros ni nos atrevemos a susurrar.
—¿Y quién se quedará con la Nana?—entro en pánico. Recuerdo a la Nana y su cola de sata, la Nana y sus trucos cariñosos, y su lengua colorada y alegre, la Nana que no soportaba quedarse sola en la casa porque le temía a los extraños, a los truenos, los rayos y la lluvia, y todos saben que en el campo, una tormenta puede formarse de un minuto a otro cuando las nubes de la sierra huyen hacia el pueblito, en busca de nuevos aires. —¿Quién va a cuidar la casa? ¿Quién regará el framboyán? Pero, Abuelo, dime, ¿quién pondrá gladiolos sobre la tumba de la Abuela Rusa? ¡No la podemos dejar sola en el cementerio! ¡Sola y sin visitas, Tato!
Me escandalizo tanto que algo parecido al rencor se me traba en medio del pecho, bajo la forma de una nube bien prieta y cargada de rayos secretos. Sin dudarlo, mi nube se dirige directo a la cabeza de la Nueva Abuela, llamada Cary, mamá de mi Papá, que digan lo que digan siempre tendrá olor a chicle y a perfume de demasiadas flores reunidas en un mismo lugar. Pero la nube en mi corazón es grande y se hincha tanto con la rabia que tengo acumulada dentro que continúa flotando sobre la ciudad. ¿Cómo es posible que mis padres quieran abandonar a la Nana y a la Abuela Rusa, al framboyán y a nuestra casa?
—Solas no —responde Abuelo el Héroe.— Yo me quedaré con ellas. Cuidaré de mi rusita y de la perra.
—Solas no —responde Abuelo el Héroe.— Yo me quedaré con ellas. Cuidaré de mi rusita y de la perra.
Su mano grande y arrugada se posa sobre mi cabeza, como si así pudiera consolarme. Pero, en realidad, no sirve de nada. Ojalá Abuelo no me tocara ni me mirara con sus ojos aguados. ¡Qué va! Prefiero que la nube de mi corazón se mantenga prieta y rabiosa, a que se convierta en… en…
… en esto: lágrimas.
Una vez que comienzo a llorar, no paro. Y hoy no será una excepción.
Quand je commence à pleurer je ne m'arrête plus. Et aujourd'hui ne sera pas une exception.
Abuelo no dice nada. Ni siquiera me consuela. Hasta las gallinas y el gallo guardan un silencio inquieto, como si no entendieran por qué el patio se ha llenado con nubes y por qué el framboyán donde Nana duerme luce tan triste.
Grand-père ne dit rien et ne me console même pas. Même les poules et le coq gardent le silence, un silence inquiet, comme s'ils ne comprenaient pas pourquoi le patio s'est rempli de nuages, et pourquoi le flamboyant où repose Nana paraît si triste.
La verdad es que me doy pena. Mucha pena. Siento tanta lástima por mí y por el Abuelo, por la Nana y la Abuela Rusa, que las lágrimas se me agolpan en los cachetes.
La vérité c'est que j'ai du chagrin. Beaucoup de chagrin. Je ressens tellement de peine pour mon Grand-père et pour moi, pour Nana et la Grand-mère russe que mes larmes inondent mes joues.
La mano de Tato se posa sobre mi cabeza:
—Pareces un globo de cumpleaños, de lo colorada e hinchada que estás —me pasa el pañuelo para que me limpie la cara y la nariz. A él no le importa que se lo ensucie, no se queja ni me recuerda mis modales de guajirita buena cuando doy una patada contra la tierra seca, que se levanta en una nube. Las gallinas toman esto como un signo de que todo ha vuelto a la normalidad, y así vuelven a cacarear con tanta alegría que también a ellas, a esas gallinas gordas y blancas, las odio. La nube de rencor en mi corazón amenaza en convertirse en tormenta tropical. —Los calcañales se te van a poner rojos —me recuerda el Abuelo con una sonrisa, como si fuera incapaz de ver que no son solo los calcañales los que están encendidos en mí.— Rusita Belicosa.—Yo soy cubana como la palma.Él se ríe, pero esta vez su alegría no es contagiosa, sino que me da más rabia, ¿cómo puede sonreír así cuando todos hemos viajado al Mundo del Revés?, ¿acaso no se da cuenta de que la casa, el framboyán, las gallinas gordas y hasta nuestro pueblito se encuentran de cabeza, y todo por culpa de la Malvada Hechicera?
—Abuelo, ya —protesto y pataleo, levanto un círculo de tierra colorada en el aire cada vez que doy un golpe contra la tierra. —Gallinas gordas y torpes, no sirven ni para la sopa de tan feas y plumíferas —golpe y círculo de tierra.—Framboyán de tres cuartos, que no creciste tanto y te quedaste enano, con esas flores que se marchitan enseguida y que no huelen a nada —le grito al pobre árbol que no tiene culpa.—Tierra colorada, ni como acuarela tienes uso…
—Pareces un globo de cumpleaños, de lo colorada e hinchada que estás —me pasa el pañuelo para que me limpie la cara y la nariz. A él no le importa que se lo ensucie, no se queja ni me recuerda mis modales de guajirita buena cuando doy una patada contra la tierra seca, que se levanta en una nube. Las gallinas toman esto como un signo de que todo ha vuelto a la normalidad, y así vuelven a cacarear con tanta alegría que también a ellas, a esas gallinas gordas y blancas, las odio. La nube de rencor en mi corazón amenaza en convertirse en tormenta tropical. —Los calcañales se te van a poner rojos —me recuerda el Abuelo con una sonrisa, como si fuera incapaz de ver que no son solo los calcañales los que están encendidos en mí.— Rusita Belicosa.—Yo soy cubana como la palma.Él se ríe, pero esta vez su alegría no es contagiosa, sino que me da más rabia, ¿cómo puede sonreír así cuando todos hemos viajado al Mundo del Revés?, ¿acaso no se da cuenta de que la casa, el framboyán, las gallinas gordas y hasta nuestro pueblito se encuentran de cabeza, y todo por culpa de la Malvada Hechicera?
—Abuelo, ya —protesto y pataleo, levanto un círculo de tierra colorada en el aire cada vez que doy un golpe contra la tierra. —Gallinas gordas y torpes, no sirven ni para la sopa de tan feas y plumíferas —golpe y círculo de tierra.—Framboyán de tres cuartos, que no creciste tanto y te quedaste enano, con esas flores que se marchitan enseguida y que no huelen a nada —le grito al pobre árbol que no tiene culpa.—Tierra colorada, ni como acuarela tienes uso…
Abuelo se ahoga en su propia risa:
—Qué rana más belicosa, cará. Me canso pronto. Las gallinas no se han creído ni una sola palabra y cacarean cerca de mí. Seguro sueñan con que les dé maíz. Me siguen.
—¿Te sientes mejor?—pregunta Tato con una sonrisa. Es entonces que me doy cuenta de que la nube de rabia, si bien no ha desaparecido del todo, al menos se ha convertido en un nubarrón sin importancia que flota lejos de mi cabeza y mi corazón.
—Tengo sed —digo y me termino la limonada de un solo buche. La limonada me despeja la memoria.
—Abuelo, ¿recuerdas aquella vez que fuimos, mis papás y yo, de vacaciones a La Habana?
—Qué rana más belicosa, cará. Me canso pronto. Las gallinas no se han creído ni una sola palabra y cacarean cerca de mí. Seguro sueñan con que les dé maíz. Me siguen.
—¿Te sientes mejor?—pregunta Tato con una sonrisa. Es entonces que me doy cuenta de que la nube de rabia, si bien no ha desaparecido del todo, al menos se ha convertido en un nubarrón sin importancia que flota lejos de mi cabeza y mi corazón.
—Tengo sed —digo y me termino la limonada de un solo buche. La limonada me despeja la memoria.
—Abuelo, ¿recuerdas aquella vez que fuimos, mis papás y yo, de vacaciones a La Habana?