Un día, sin previo aviso, Cary hizo las maletas:
—Ahora que ya casi tengo la fecha de la llegada de ustedes, me voy a prepararlo todo —le dijo a Mamá y a Papá.— Antes no podía volver, qué va, con el nerviosismo de no saber si se decidían o no. Pero ahora, que ya está TODO definido, vuelvo a mi país, que pronto será el país de ustedes.
Papá, que siempre se pone la mano en el corazón cuando el himno de Cuba se escucha en las Olimpiadas, esta vez sonrió con dudas:
—Bueno, mamá, tranquila —abrazó a Cary y le hizo una caricia tosca en un cachete—, ya pronto nos veremos del lado de Allá.
—Bueno, mamá, tranquila —abrazó a Cary y le hizo una caricia tosca en un cachete—, ya pronto nos veremos del lado de Allá.
Cary repartió abrazos. Eran abrazos secos, de persona que no está habituada a darlos. Y luego, ya en la puerta de la casa, se le ocurrió dar consejos:
—Véndanlo todo, los muebles, el televisor, así guardan algo de dinerito —le dijo a Papá.—No te lleves ninguno de esos vestidos cheos de flores, María, por lo que más quieras, que Allá tienes como dos maletas de ropa que yo te compré. Verdad que no es ropa de marca, pero la de Acá tampoco. Bueno, marca Guajira Tropical en todo caso, y la verdad es que te pone diez años más. Hay que ser moderna, María, moderna, recuerda que ahora vas a aterrizar en el primer mundo, de fers guold—le dijo a Mamá Colorada, ahora sí no por el disgusto, sino por la pena. —La niña tiene de TODO, familia, de TODO en mi casa: muñecas, libretas, zapatos, vestidos, comida, abriguitos. Que se vaya con lo mínimo indispensable, señores, que eso de viajar con tantas maletas solo sucede cuando uno viene de visita a Cuba, Destino Familia, y ustedes, ya les dije, van a aterrizar sin escalas en el corazón del fers guold. Prepárense, queriditos, porque es un aterrizaje forzoso. La cosa Allá no es de color de rosa. Por suerte —les recordó a Mamá y a Papá, ya con una maleta en la mano, mientras un taxi amarillo pollito parqueaba fuera de la casa—, por suerte me tienen a mí, eso no lo olviden. Papá tomó la maleta que Cary llevaba y la colocó en el maletero del taxi.
—Ay, qué emoción —cotorreaba ella, con lágrimas en los ojos—, cuando nos volvamos a ver, que será BIEN PRONTO, estaremos todos en el fers guold.La Cary que montó en el taxi era la misma de antes: tacones altos, perfume de muchas flores y un vestido escotado.
—Véndanlo todo, los muebles, el televisor, así guardan algo de dinerito —le dijo a Papá.—No te lleves ninguno de esos vestidos cheos de flores, María, por lo que más quieras, que Allá tienes como dos maletas de ropa que yo te compré. Verdad que no es ropa de marca, pero la de Acá tampoco. Bueno, marca Guajira Tropical en todo caso, y la verdad es que te pone diez años más. Hay que ser moderna, María, moderna, recuerda que ahora vas a aterrizar en el primer mundo, de fers guold—le dijo a Mamá Colorada, ahora sí no por el disgusto, sino por la pena. —La niña tiene de TODO, familia, de TODO en mi casa: muñecas, libretas, zapatos, vestidos, comida, abriguitos. Que se vaya con lo mínimo indispensable, señores, que eso de viajar con tantas maletas solo sucede cuando uno viene de visita a Cuba, Destino Familia, y ustedes, ya les dije, van a aterrizar sin escalas en el corazón del fers guold. Prepárense, queriditos, porque es un aterrizaje forzoso. La cosa Allá no es de color de rosa. Por suerte —les recordó a Mamá y a Papá, ya con una maleta en la mano, mientras un taxi amarillo pollito parqueaba fuera de la casa—, por suerte me tienen a mí, eso no lo olviden. Papá tomó la maleta que Cary llevaba y la colocó en el maletero del taxi.
—Ay, qué emoción —cotorreaba ella, con lágrimas en los ojos—, cuando nos volvamos a ver, que será BIEN PRONTO, estaremos todos en el fers guold.La Cary que montó en el taxi era la misma de antes: tacones altos, perfume de muchas flores y un vestido escotado.
—Lisandra, despídete de tu abuela—le recordó Papá, que persistía en llamarla así aunque, para la niña, aquella señora siempre sería, en el mejor de los días, Cary la visitante, Cary masticachicle, Cary metidaentodo. En los días peores, era Cary la Hechicera Malvadísima.
—Lisandra, dis au revoir à ta grand-mère— lui rappela Papa qui persistait à l'appeler comme ça, même si pour la petite fille, cette dame serait toujours dans le meilleur des cas, Cary la visiteuse, Cary la mangeuse de chewing-gum, Cary je me mêle de tout. Les plus mauvais jours, elle était Cary la très Méchante Sorcière.
Pero en aquel momento no valieron protestas. Lisandra se acercó al taxi amarillo pollito, juntó la boca, se acercó al cachete de Cary la del Fers Guold, y le dio un beso. Bien mojado, para que recordara a qué sabían las despedidas en Cuba. Por un segundo, pensó que la Hechicera Malvada lanzaría un grito de enojo, pero Cary solo sonrió y no se limpió lo mojado del cachete:
—Vaya, el primer beso de la historia. ¡Creo que me lo merezco!—casi gritó de la alegría.A Lisandra no le dio tiempo a rectificar, porque la puerta del taxi amarillo pollito se cerró de un golpe.
—Baybay—dijo Cary con lágrimas en los ojos mientras el carro arrancaba entre una nube de polvo rojo.
—Vaya, el primer beso de la historia. ¡Creo que me lo merezco!—casi gritó de la alegría.A Lisandra no le dio tiempo a rectificar, porque la puerta del taxi amarillo pollito se cerró de un golpe.
—Baybay—dijo Cary con lágrimas en los ojos mientras el carro arrancaba entre una nube de polvo rojo.
Las dos semanas que sucedieron a la partida de la Nueva Abuela fueron las más rápidas de la historia del mundo.
Es decir, fueron semanas de decisión.
Decisiones importantes, porque todos debían elegir qué llevar y qué dejar.
Por ejemplo:
—A ver, a ver, ¿cargamos con los álbumes de fotos o sacamos las fotos de los álbumes y las envolvemos en papelitos, para que así pese menos?—A ver, a ver, ¿dejamos aquí el búcaro favorito de la Abuela Ekaterina o abandonamos a la deriva las matrioskas que pertenecieron a los rusos de la familia?—A ver, a ver, ¿la silla antigua podrá caber en el equipaje o en su lugar nos decidimos por las tazas finas del café?—A ver, a ver, ¿y qué hacemos con las cajas y cajas y cajas de diplomas de eventos, congresos, universidades, cursos, licenciaturas, posgrados y máster? Era indispensable elegir. Pero, ¿cómo se empaca una vida entera, tres vidas completas en unas pocas maletas?
—Tendremos que hacer sacrificios —dijo Papá con voz de barítono, voz de persona seria. Abrazó a Lisandra:— Bueno, hijita, ahora también tienes que decidir tú. Puedes llevar, no sé, tres o cuatro juguetes. Los demás se los puedes regalar a tus amiguitos de la escuela. Allá tendrás todos los juguetes que quieras. La abuela Cary lleva años comprándolos para ti. —Pero yo quiero mis juguetes, estos, los míos, no otros —intentó razonar Lisandra. —Mi niña, escoge algunos, es que tienes muchos y no te los puedes llevar —terció Mamá que, como siempre, ya estaba enfrascada en la lucha contra las maletas. —Qué va, si mis juguetes se quedan, no voy…—Señorita, ¿y quién le ha pedido a usted una opinión? —preguntó Mamá con su cara de tigresa. Por lo menos, ahora, decía una verdad en mayúsculas. Luego, los ojos se le llenaron de nubes:— A ver, yo te ayudo. ¿El oso de peluche o la muñeca que canta? ¿El rompecabezas o la suiza? —¿Y qué pasará con mis libros? ¡Yo no quiero regalar ninguno! —protestó Lisandra, mientras su séquito de juguetes iba reduciéndose visiblemente. —Con los libros se quedará Abuelo Tato —respondió Mamá y Lisandra sintió enseguida alivio. —Bueno, así sí.
—A ver, a ver, ¿cargamos con los álbumes de fotos o sacamos las fotos de los álbumes y las envolvemos en papelitos, para que así pese menos?—A ver, a ver, ¿dejamos aquí el búcaro favorito de la Abuela Ekaterina o abandonamos a la deriva las matrioskas que pertenecieron a los rusos de la familia?—A ver, a ver, ¿la silla antigua podrá caber en el equipaje o en su lugar nos decidimos por las tazas finas del café?—A ver, a ver, ¿y qué hacemos con las cajas y cajas y cajas de diplomas de eventos, congresos, universidades, cursos, licenciaturas, posgrados y máster? Era indispensable elegir. Pero, ¿cómo se empaca una vida entera, tres vidas completas en unas pocas maletas?
—Tendremos que hacer sacrificios —dijo Papá con voz de barítono, voz de persona seria. Abrazó a Lisandra:— Bueno, hijita, ahora también tienes que decidir tú. Puedes llevar, no sé, tres o cuatro juguetes. Los demás se los puedes regalar a tus amiguitos de la escuela. Allá tendrás todos los juguetes que quieras. La abuela Cary lleva años comprándolos para ti. —Pero yo quiero mis juguetes, estos, los míos, no otros —intentó razonar Lisandra. —Mi niña, escoge algunos, es que tienes muchos y no te los puedes llevar —terció Mamá que, como siempre, ya estaba enfrascada en la lucha contra las maletas. —Qué va, si mis juguetes se quedan, no voy…—Señorita, ¿y quién le ha pedido a usted una opinión? —preguntó Mamá con su cara de tigresa. Por lo menos, ahora, decía una verdad en mayúsculas. Luego, los ojos se le llenaron de nubes:— A ver, yo te ayudo. ¿El oso de peluche o la muñeca que canta? ¿El rompecabezas o la suiza? —¿Y qué pasará con mis libros? ¡Yo no quiero regalar ninguno! —protestó Lisandra, mientras su séquito de juguetes iba reduciéndose visiblemente. —Con los libros se quedará Abuelo Tato —respondió Mamá y Lisandra sintió enseguida alivio. —Bueno, así sí.
Al menos no tendría que elegir qué libros llevar.
Al final, se decidió por el oso de peluche y sus dos muñecas favoritas: la rubia que llevaba un abrigo ruso y la negra de trapo que Abuelo le había regalado una vez, en un cumpleaños:
—… porque toda niña cubana debe tener una muñeca negra.
—… porque toda niña cubana debe tener una muñeca negra.
¡Tantos juguetes por regalar! Los fue colocando en fila:
—La Barbie deportista para Ania…—La suiza y el juego de cocinitas para Débora.—Para Yumisleidis y Yanarismi, las jimaguas, el parchís y las damas chinas. —A Pablo siempre le gustaron las pistolas y las flechas, y el poney de plástico.
—La Barbie deportista para Ania…—La suiza y el juego de cocinitas para Débora.—Para Yumisleidis y Yanarismi, las jimaguas, el parchís y las damas chinas. —A Pablo siempre le gustaron las pistolas y las flechas, y el poney de plástico.
Al principio lo decía calmada, pero cuando tuvo que despedirse de su colección de sellos, casi tiene una pataleta:
—Los sellos para Yasmany, que los colecciona. —La casita de muñecas, ¡mi casita de muñecas!, para cualquiera… qué sé yo.
—Los sellos para Yasmany, que los colecciona. —La casita de muñecas, ¡mi casita de muñecas!, para cualquiera… qué sé yo.
Mamá le enjugó las lágrimas:
—Cuando estemos allá, te prometo, hijita, que con mi primer dinero, te voy a comprar una casita de muñecas nueva.
—Cuando estemos allá, te prometo, hijita, que con mi primer dinero, te voy a comprar una casita de muñecas nueva.
Aquello no resolvería nada. Mamá no entendía. Era de aquella casita —la suya— de la que no quería despedirse.
Le dijeron que partirían el jueves de la semana próxima, en menos de ocho días. Abuelo escuchó la noticia con calma, como si aquello no significara nada, mientras su mano corría por encima del pelo largo de Lisandra.
—Bueno, bueno…—fue lo único que dijo.—La niña volverá en las próximas vacaciones, papá, te lo prometo…—Bueno, María, bueno…—susurró el Abuelo, caricias van y vienen sobre el pelo de Lisandra, tanto que se lo halaba. —Será solo un año, papá, no es tanto. Nosotros tardaremos un poquito más. Por aquello del trabajo, de acomodarnos al idioma, a la vida allá, pero te juro, papá, te juro que cuando tenga oportunidad, me montaré en el primer avión para darle un beso a mi viejo.
—Bueno, bueno…—fue lo único que dijo.—La niña volverá en las próximas vacaciones, papá, te lo prometo…—Bueno, María, bueno…—susurró el Abuelo, caricias van y vienen sobre el pelo de Lisandra, tanto que se lo halaba. —Será solo un año, papá, no es tanto. Nosotros tardaremos un poquito más. Por aquello del trabajo, de acomodarnos al idioma, a la vida allá, pero te juro, papá, te juro que cuando tenga oportunidad, me montaré en el primer avión para darle un beso a mi viejo.
—Bueno, les tengo un regalo —dijo el Abuelo, con una sonrisa triste y sacó, de una de las gavetas de su escaparate, una bandera.Una bandera cubana. Como las que ondean en las astas. Como aquella que Lisandra izaba todos los días en la escuela.
—… para que no olviden…—repitió el Abuelo y se le cuajó la voz.
Mamá abrazó al Abuelo. Papá abrazó a Mamá. Lisandra abrazó a Papá. Abuelo apretó la bandera contra su pecho y escondió la cara detrás de la tela, para ocultar el sudor que caía de los ojos y empañaba el azul y blanco de las franjas, el rojo del triángulo y la estrella solitaria.
Dos días antes de partir, la familia organizó una pequeña fiesta de despedida. Vinieron los primos, que vivían en un pueblo lejano, con mucha bulla y serpentinas. Los primos no se cansaban de decir felicidades y abrazarlos a todos. Aunque llevaban meses sin visitarse, en aquel momento parecían arrepentidos de perder el tiempo. Prometieron cuidar al Abuelo:
—El viejo no se va a quedar sin nadie… —fueron sus palabras.
—El viejo no se va a quedar sin nadie… —fueron sus palabras.
Vinieron también los amigos de Lisy. Casi toda su aula estuvo reunida allí, en el patio grande de Tato, bajo la sombra del framboyán. Querían saber:
—¿Y vas a montar en avión?—¿Es verdad que vivirás en otro país y no en La Habana?—¿Te llevarás todos tus juguetes?… y otras preguntas. Lisandra entregó, a cada uno de sus mejores amigos, un pequeño paquete con una carta y un recuerdo.
—Pero volverás, ¿verdad?, ¿volverás cuando empiece la secundaria?
—¿Y vas a montar en avión?—¿Es verdad que vivirás en otro país y no en La Habana?—¿Te llevarás todos tus juguetes?… y otras preguntas. Lisandra entregó, a cada uno de sus mejores amigos, un pequeño paquete con una carta y un recuerdo.
—Pero volverás, ¿verdad?, ¿volverás cuando empiece la secundaria?
Ella dijo que no, pero los amigos no entendieron, entretenidos ya con las gallinas, con los juguetes de regalo, con el cake de la fiesta de despedida. Lisandra se sintió sola. Por un segundo, deseó esconderse en el framboyán y llorar hasta que las lágrimas —todas las lágrimas del mundo— bajaran por su cara, mejilla abajo.
Fue entonces que Tato la encontró, pero como él tampoco tenía palabras de consuelo, solo se sentó a su lado, a la sombra, y ambos vieron pasar la tarde sobre el borde de las hojas del árbol.
C'est comme ça que Tato la trouva, mais lui non plus n'avait pas les mots pour la consoler. Il s'assit juste près d'elle, à l'ombre, et tous deux virent décliner l'après-midi sur les pointes des feuilles des arbres.
El aeropuerto parecía un pequeño hormiguero donde varias hormigas se esforzaban en mover sus maletas, recoger sus paquetes y contar sus pertenencias. Mamá —que estaba muy pálida, como anémica— llevaba a Lisandra bien agarrada por la muñeca.
—Ay, me duele —se quejó la niña, pero Mamá se hizo la sorda y no disminuyó la presión sobre la mano.—Aquí cualquiera se pierde…
—Ay, me duele —se quejó la niña, pero Mamá se hizo la sorda y no disminuyó la presión sobre la mano.—Aquí cualquiera se pierde…
Papá era más hábil y conocía los caminos del aeropuerto, qué preguntar, dónde dejar las maletas y enseñar los pasaportes, cómo responder a las preguntas. Si Papá no existiera, Mamá y Lisandra se habrían visto atrapadas entre viaje y viaje de gente extraña que siempre llegaba tarde y cuyos vuelos estaban ya en el borde de la pista. Pero Papá era un experto. Él sabía.
Cuando montaron finalmente en el avión, Lisandra sintió una mezcla extraña de sentimientos —mitad emoción por la aventura, mitad tristeza— cuando aquel pájaro enorme de metal comenzó a correr como un guineo y luego alzó vuelo. Mamá, a su lado, hundió las uñas en el brazo de Lisandra:
—Padre Nuestro, que estás en los Cielos, santificado sea tu nombre… —y siguió con aquella letanía, en voz muy baja, mientras el avión se hundía más allá de las nubes. Lisandra casi olvidó la tristeza cuando se vio en el aire. Todo era tan pequeño y tan bonito desde arriba que valía la pena.
—Mira, esa es la costa de Cuba…—señaló Papá con un dedo y con el corazón.
—Padre Nuestro, que estás en los Cielos, santificado sea tu nombre… —y siguió con aquella letanía, en voz muy baja, mientras el avión se hundía más allá de las nubes. Lisandra casi olvidó la tristeza cuando se vio en el aire. Todo era tan pequeño y tan bonito desde arriba que valía la pena.
—Mira, esa es la costa de Cuba…—señaló Papá con un dedo y con el corazón.
Cuba se alejaba, quedaba atrás como el dibujo de un hábil pintor sobre la ventanilla. Lisandra hubiera dado cualquier cosa por quedarse un rato más sobre la Isla. Quizás entonces habría podido buscar, desde lo alto, el exacto punto donde se escondía su pueblo, y dentro del pueblo, la casa del Abuelo, y dentro de la casa del Abuelo, el jardín donde Tato, a esta hora de la tarde, alimentaba a las gallinas… o tal vez no. Tal vez, por un día, Abuelo se hubiera entretenido en buscar, entre las nubes, el avión de Lisandra:
Cuba s'éloignait et restait derrière comme le dessin d'un bon peintre à travers le hublot. Lisandra aurait tout donné pour rester un peu plus sur l'Île. Elle aurait pu chercher depuis là-haut le point exact où se cachait son village, la maison de Grand-père dans le village, puis le jardin de Tato qui à cette heure donnait à manger aux poules... ou peut-être pas. Peut-être que pour une fois Tato s'amusait à chercher l'avion de Lisandra dans les nuages:
—Adivina, adivinador, ¿dónde estará el avión?—se preguntaría. Cuando Cuba desapareció de la ventanilla de Lisy y solo quedó el mar por delante, el tiempo se hizo lento, muy lento. La niña se dedicó a contar nubes, pero eran tantas que los números se le acumularon en la cabeza.