La princesa de este cuento cumplía años. Es decir, me compraron un cake, colgaron luces de colores, me regalaron una muñeca nueva y varios libros. Mamá se levantó de la cama, por primera vez en una semana, para cantar felicidades. Papá hizo su mayor esfuerzo para no lucir cansado y escondió sus ojos bostezadores. Incluso me cargó y me apretó bien fuerte contra su pecho:
—¡Qué grande está mi niña! —exclamó.
Nadie parecía acordarse de la semana que había pasado.
La semana en que Mamá dejó de querer a mi hermanito o hermanita, nunca sabré si niña o niño, porque la panza de Mamá ha vuelto a la normalidad, si bien la tristeza no se le escapa de la mirada.
La semana en que Cary lloró sobre los juguetes abandonados, que una vez soñó serían míos, pero que parecían condenados a no pertenecerle a nadie.
La semana en que Abuelo Tato se negó a continuar hablando con nosotros por teléfono, aunque se muriera de ganas de preguntarme qué tal la escuela, los amigos, las calles… todo con tal de no escuchar malas noticias.
La semana de los exámenes.
La semana en que yo, Lisandra Ekaterina, me hice amiga de Tristeza.
La semana de la soledad.
Es decir, la peor semana del universo.
Estaba segura de que había suspendido los exámenes. Me lo decía el corazón.
Lo peor no era eso, sino que Cary continuaba proclamando, a cualquiera que quisiera escucharlo:
—Esa nieta mía es un genio, brillante, brillantísima, tiene tremendo coeficiente intelectual. Va a ser científica, cirujana o cosmonauta.
—Esa nieta mía es un genio, brillante, brillantísima, tiene tremendo coeficiente intelectual. Va a ser científica, cirujana o cosmonauta.
Cary tenía planes para mi futuro. Planes donde Lisandra Ekaterina, alias su nieta, siempre fuera la nomber uan.
Me daba lástima romper sus sueños, pero en el fondo creía que era lo mejor: un suspenso bien grande, un cero del tamaño de la bolita del mundo.
—¿Cómo saliste, mi niña? —me preguntó Cary aquel día cuando llegué de la escuela. Sabía que se refería a los exámenes, pero me hice la boba:—Por la puerta —contesté. Cary no me dijo maleducada, ni protestó, ni llamó a las cien mil vírgenes y santos, sino que afirmó con la cabeza, también ella contagiada por la tristeza.—Bueno, ¿al menos aprobaste?
—¿Cómo saliste, mi niña? —me preguntó Cary aquel día cuando llegué de la escuela. Sabía que se refería a los exámenes, pero me hice la boba:—Por la puerta —contesté. Cary no me dijo maleducada, ni protestó, ni llamó a las cien mil vírgenes y santos, sino que afirmó con la cabeza, también ella contagiada por la tristeza.—Bueno, ¿al menos aprobaste?
No contesté. ¿Qué se puede decir cuando no se sabe nada?
Lisandra Ekaterina, la rana suspendida, no quiere ir a la escuela, es una rana en salmuera.
Lisandra Ekaterina, cara de cortina, no es una princesa sino una suspensa.
Me sabía aquella canción de memoria porque la recitaba en mi cabeza una y otra vez, como si fuera uno de los Versos Sencillos de José Martí8 que tuviera que recitar en el matutino, allá, en la escuelita antigua de mi pueblo.
Je connaissais cette chanson par coeur parce que la récitais dans ma tête souvent, comme si c'était un des Simples Vers que José Martí récitait le matin, là-bas dans la vieille petite école de mon village.
Cary se respondió a sí misma:
—A lo mejor lo que necesitas es un abuelo y un amigo.
—A lo mejor lo que necesitas es un abuelo y un amigo.
—Abuelo, ¡tienes voz de enamorado!, ¡tienes voz de muchachito! —lo piropeé.—Pizpireta —se rio.— Cuéntame de la escuela. Dime algo nuevo. ¡Ya pronto vienen las vacaciones!—Abuelo, ¿uno se puede volver bobo de un día para otro?—¿Quién dice? —preguntó.— ¿Boba mi nieta?—Tonta y sin amigos.—¡Qué va!, no te creo.—Sin hermano ni hermana.Abuelo hizo silencio. Pensé que la llamada se había cortado:
—¿Tato? ¿Tatico?—Dime, mija.—… todo ha cambiado. Incluso yo, Abuelo.—Eso es normal. Así es la vida. Aunque hay cosas que nunca serán distintas.—No te creo.—Mamá y Papá siempre te querrán. Y yo. Y Cary. ¿Ya le dices abuela, Lisandra?—No, pero al menos no es la Malvada Hechicera.—Ese es un paso grande.—Abuelo, dime la verdad, si me vuelvo boba, ¿me seguirás queriendo?—Una ranita belicosa siempre será inteligente.—¡Pero el inglés…! —protesté. Abuelo me interrumpió:—Seguro lo hablas mejor de lo que piensas.—Ya no soy la número uno en la escuela.—Pero sí la número uno en mi corazón. Siempre serás mi princesa, ranita belicosa.Escuché la voz del Abuelo. Cortada por la distancia y la emoción:
—Boberías de viejo —exclamamos juntos.Luego, reímos.
—¿Tienes nuevos amigos? —fue su pregunta.
Pensé en Tristeza.
—No.—¿Pero ninguno?—Me llevo bien con una profesora. —Eso es bueno, seguro te quiere, ¿pero niños…? —Prefiero estar sola.—¡Qué va!, no te engañes.—Nadie quiere ser mi amigo.—¿Y cómo sabes?—Porque soy nueva y no hablo inglés.—Probablemente eso no les importe.—¿Y cómo sabes?—Cosas de viejo. —Entonces ya quiero ser vieja.—¡Qué va!, ¿y perderte todas las aventuras que te esperan en el camino? No se puede empezar por el final. —Abuelo, ¿qué hago?—Ser feliz. Eso no es tan difícil. Bueno, mentira, sí lo es.
Tato no dijo nada más. Se escuchó el pitido del teléfono.
Las sorpresas —dicen por ahí— vienen siempre juntas. A dúo y bien cogidas de las manos.
—¡Aprobé! —casi gritó al ver la nota en el borde de la página. El profesor sonrió como si hubiera podido leer dentro de los pensamientos de Lisandra. —¡Aprobé y en inglés! —fue la noticia más feliz que pude dar en toda la semana.—¿Fuiste la número uno? —preguntó Cary que, envuelta en la emoción, había olvidado aquello de nomber uan. —¡Qué va! —confesó Lisandra. —Para el nex yiar lo serás —dijo la Nueva Abuela que, en el fondo de su corazón, nunca se daba por vencida.
—¡Aprobé! —casi gritó al ver la nota en el borde de la página. El profesor sonrió como si hubiera podido leer dentro de los pensamientos de Lisandra. —¡Aprobé y en inglés! —fue la noticia más feliz que pude dar en toda la semana.—¿Fuiste la número uno? —preguntó Cary que, envuelta en la emoción, había olvidado aquello de nomber uan. —¡Qué va! —confesó Lisandra. —Para el nex yiar lo serás —dijo la Nueva Abuela que, en el fondo de su corazón, nunca se daba por vencida.
No obstante, aquella tarde en el bingo, le dijo a todo aquel que quisiera escuchar (y al que no, se lo gritó):
—¿Se acuerdan de mi nieta, la cubanita genio? Sí, esa, la que va a ser cirujana plástica o cosmonauta. La brillantísima. Acaba de salir de sus primeros exámenes en inglés, ¿Oyeron? ¡Y adivinen! Sí, eso mismo: fue la nomber uan, la primera, la primerísima. Esa nieta mía es una diva, una artista, tremenda niña. ¡La nomber uan del mundo!
—¿Se acuerdan de mi nieta, la cubanita genio? Sí, esa, la que va a ser cirujana plástica o cosmonauta. La brillantísima. Acaba de salir de sus primeros exámenes en inglés, ¿Oyeron? ¡Y adivinen! Sí, eso mismo: fue la nomber uan, la primera, la primerísima. Esa nieta mía es una diva, una artista, tremenda niña. ¡La nomber uan del mundo!
Escuchó el sonido de los tacones de Miss Sierra al chocar contra el piso de la biblioteca. Se acercaba sigilosa pero sus zapatos la traicionaban. Lisandra le sonrió. Aquella profesora era la única amiga que conocía en toda la escuela:
—¡Lisy! —saludó Miss Sierra.— ¿Por qué tú sola aquí?
Hubiera querido contarle la verdad.
—Estoy leyendo, profe… —aún no se acostumbraba a llamar a sus maestros de otra manera. —Lectura very nice, pero, ¿amigos?
—Estoy leyendo, profe… —aún no se acostumbraba a llamar a sus maestros de otra manera. —Lectura very nice, pero, ¿amigos?
Miss Sierra se sentó junto a Lisandra y cruzó las piernas:
—¿No te gusta la escuela, Lisy? —preguntó, pero la niña no quiso contestar.—En Cuba, tenía más de cien amigos. Ahora solo conozco a Tristeza.
—¿No te gusta la escuela, Lisy? —preguntó, pero la niña no quiso contestar.—En Cuba, tenía más de cien amigos. Ahora solo conozco a Tristeza.
Tuvo miedo de contarle más. Para Lisandra, Tristeza tenía el tamaño de una niña de once años. Una niña que saltaba la suiza y le hacía compañía. Era la amiga que nunca se burlaba de su acento ni cantaba aquello de Lisandra Ekaterina, la rana deprimida…
—Fuera la tristeza —contestó, en español perfecto, Miss Sierra. Tomó a Lisandra de la mano y afirmó:
— Ven conmigo.—¿Dónde?—Necesitas amigos.—Pero, Miss Sierra…—Niños que jueguen contigo. —Los libros son mejores.—A veces —dijo Miss Sierra categórica.— But not always.
—Fuera la tristeza —contestó, en español perfecto, Miss Sierra. Tomó a Lisandra de la mano y afirmó:
— Ven conmigo.—¿Dónde?—Necesitas amigos.—Pero, Miss Sierra…—Niños que jueguen contigo. —Los libros son mejores.—A veces —dijo Miss Sierra categórica.— But not always.
Lisandra tuvo ganas de llorar, de pedirle a Tristeza que la siguiera, que no la dejara sola. Pero Miss Sierra era rápida. Tristeza quedó detrás, una niña cabizbaja y escondida en el rincón más oscuro de una biblioteca o un taquillero. Lisandra habría querido agradecerle por la compañía, pero Tristeza era tan seria que no alzó la mirada ni un segundo.
Lisandra eut envie de pleurer, de demander à Tristesse de la suivre, de ne pas la laisser seule. Mais Miss Sierra s'avançait rapidement. Tristesse resta derrière, une petite fille tête basse, cachée dans le coin le plus sombre d'une bibliothèque ou d'un placard. Lisandra aurait voulu la remercier pour sa compagnie, mais Tristesse était tellement sérieuse qu'elle ne leva pas les yeux une seule fois.
Un instante después, aquella niña fantasmagórica que tanto se parecía a Lisy desapareció en un charco de luz.
Un instant après, cette fille fantasmagorique qui ressemblait tellement à Lisy disparut dans un flot de lumière.
El sol en el jardín:
—¿Y si no pronuncio bien el inglés? ¿Y si se ríen? ¿Y si me equivoco? —las dudas comenzaron a chillar, asustadas, en la mente de Lisandra, pero el sonido de los tacones de Miss Sierra apartó el miedo. —Ania, Pepe Antonio, Roxana —llamó la profesora y tres niños corrieron hacia ella enseguida.— I want to introduce…
—¿Y si no pronuncio bien el inglés? ¿Y si se ríen? ¿Y si me equivoco? —las dudas comenzaron a chillar, asustadas, en la mente de Lisandra, pero el sonido de los tacones de Miss Sierra apartó el miedo. —Ania, Pepe Antonio, Roxana —llamó la profesora y tres niños corrieron hacia ella enseguida.— I want to introduce…
Lisandra se perdió en las palabras. Aquello no importaba mucho, no. La mano de Miss Sierra sudaba. Ania, Pepe Antonio y Roxana parecían sonreír, y Lisandra descubrió que tal vez no tendría mil amigos, y que quizás no necesitara tantos, sino tres. Tres que fueran verdaderos y suyos.
Lisandra se perdit dans les mots. Ce n'était pas très grave. La main de Miss Sierra transpirait. Ania, Pepe Antonio y Roxana semblaient sourire, et Lisandra découvrit qu'elle n'aurait pas mille amis, qu'elle n'avait pas besoin de tant que ça, mais de seulement trois. Trois vrais amis pour elle.
—Welcome y bienvenida to our school, Lisy —Pepe Antonio fue el primero en romper el silencio.—Hola, Lisandra —Roxana tenía el pelo más negro del mundo y un lunar en la mejilla derecha. Hablaba español con mucho cuidado, como si temiera enredarse en algunas palabras que no conocía del todo.—¡Ojalá hubiéramos hablado antes! —Ania era la más alegre del grupo.— Yo también soy de Cuba. Mi mamá es de Maisinicú. No recuerdo casi nada de allá porque llegué muy chiquita.La mano de Miss Sierra fue zafándose, poco a poco, de la de Lisandra. La niña hizo resistencia al principio. Apretó aquellos dedos conocidos como si de ellos dependiera la vida. Luego ya no tuvo tanto miedo.
Por un segundo, escuchó en su mente aquella cancioncita burlona que ella misma había inventado, una que hablaba de una tal Lisandra Ekaterina aburrida, triste, solitaria y boba. Pero aquella Lisandra nada tenía que ver con la niña de verdad, la de carne y hueso, la que siempre había sido. Acalló el sonido de esa canción que nunca había existido, ¿quién la necesitaba?: nadie.
Pendant une seconde elle entendit dans sa tête cette petite chanson moqueuse qu'elle même avait inventée, celle qui parlait d'un certaine Lisandra Ekaterina ennuyeuse, triste et solitaire. Mais cette Lisandra n'avait rien à voir avec la vraie, celle en chair et en os, celle qui avait toujours existé. Elle coupa le son de cette chanson qui n'avait jamais existé. Qui en avait besoin?: personne.
Miss Sierra la dejó ir. Lisandra ya no necesitaba su mano.
Aquella noche, Lisandra buscó una hoja bonita, la decoró, la llenó de colores, la convirtió en una hoja mágica, en un manuscrito secreto que guardara sus deseos silenciosos.
En ella escribió:
—Quiero tener un hermanito o una hermanita. Le pondré Carlos si es varón, Cristina si es niña. Le enseñaré a hablar español y le contaré sobre Cuba, para que nunca olvide al Abuelo Tato, a las gallinas ponedoras, ni al framboyán del patio.—Quiero que Ania, Pepe Antonio y Roxana sean mis amigos siempre y que, cuando comience de nuevo la escuela, quieran conocerme más.
—Quiero tener un hermanito o una hermanita. Le pondré Carlos si es varón, Cristina si es niña. Le enseñaré a hablar español y le contaré sobre Cuba, para que nunca olvide al Abuelo Tato, a las gallinas ponedoras, ni al framboyán del patio.—Quiero que Ania, Pepe Antonio y Roxana sean mis amigos siempre y que, cuando comience de nuevo la escuela, quieran conocerme más.
Luego tachó, rectificó:
—Quiero que Ania, Pepe Antonio y Roxana sean mis mejores amigos y que nos llamen Los Inseparables, como si fuéramos una liga de superhéroes.—Quiero que Papá no tenga tanto dolor de espalda y que encuentre tiempo para darme besos, como hacíamos en Cuba.—Quiero que Mamá deje de llorar.—Quiero visitar Cuba y ver a Tato estas vacaciones. —Quiero que Cary se convierta, poco a poco, en mi abuela.
—Quiero que Ania, Pepe Antonio y Roxana sean mis mejores amigos y que nos llamen Los Inseparables, como si fuéramos una liga de superhéroes.—Quiero que Papá no tenga tanto dolor de espalda y que encuentre tiempo para darme besos, como hacíamos en Cuba.—Quiero que Mamá deje de llorar.—Quiero visitar Cuba y ver a Tato estas vacaciones. —Quiero que Cary se convierta, poco a poco, en mi abuela.
Era la mejor lista de los deseos. Dobló la hoja y la colocó, con cuidado, debajo del colchón de su cama, como hacen las verdaderas princesas de los cuentos cuando ocultan sus más preciados tesoros de las miradas chismosas.
El verano llegó con mucho calor, un poco de lluvia y nuevos aires. Las playas de la ciudad se llenaron de personas. Las calles lucían sus mejores colores. Lisandra descubrió que la ciudad comenzaba a gustarle cada vez más. Solo Mamá no lucía animada.
L'été arriva avec beaucoup de chaleur, un peu de pluie et un air nouveau. Les plages de la ville se remplirent de gens. Les rues montraient leurs plus belles couleurs. Lisandra découvrit que la ville lui plaisait de plus en plus. Seule Maman n'avait pas l'air en pleine forme.
—La vida no es fácil —decía siempre. Intentaba mantener los ojos secos pero siempre que se sentaba frente al televisor o se afanaba en limpiar los platos sucios, algo de humedad se le colaba dentro del pecho.
Lisandra no preguntaba nunca. No hacía falta. Mamá soñaba despierta y eran sueños tristes. En ellos, Mamá se veía con una barriga cada vez más grande, luego como Mamá Parto, y después con los brazos ocupados por el cuerpo de un bebé. Lisandra sabía que Mamá pensaba en aquel niño o niña del tamaño de un frijol, que nunca llegaría a ser más nada que eso, un recuerdo del pasado, algo que jamás llegó a existir del todo.
Fue entonces que descubrió, un día, que Tristeza había regresado. Es decir, había conseguido una permuta: de los rincones de la biblioteca de la escuela a la casa de Lisandra. Tal vez extrañaba la compañía, pobre Tristeza siempre tan solitaria. Pero la niña ya no era su objetivo, sino Mamá. Tan camaleónica era Tristeza, tan bien se escondía y camuflaba, que Lisy no había descubierto su presencia…
C'est ainsi qu'elle découvrit un jour le retour de Tristesse. Elle avait réussi une permutation des coins des la bibliothèque de l'école à la maison de Lisandra. La pauvre Tristesse solitaire se sentait peut-être seule. Mais elle avait pour objectif la mère et pas la fille. Tristesse était tellement changeante, elle se cachait, se camouflait, et Lisy n'avait pas découvert sa présence...
…hasta aquel día
...jusqu'à ce jour.
Mamá, frente al televisor, no se parecía a Mamá. Tenía los ojos apagados y repetía:
—¡Ay, la vida! —como si aquella frase fuera parte de un bolero muy famoso que todo el mundo cantara.
—¡Ay, la vida! —como si aquella frase fuera parte de un bolero muy famoso que todo el mundo cantara.
Lisandra quería correr, abrazar a Mamá y consolarla. No lo hizo porque descubrió, a su lado, la sombra de Tristeza. Es decir, la Tristeza tenía la misma cara, el mismo color de pelo, los mismos gestos de Mamá. Tristeza se había duplicado como en las películas de ciencia ficción: ya no era niña como Lisy sino un clon de Mamá. Y parecía muy cómoda en su nueva casa, sentada en el sofá de Cary mientras miraba novelas en la televisión.
—¡Ay, la vida! —Mamá cantaba aquel bolero insoportable que nadie quería escuchar… al menos, no Lisandra.
—¡Ay, la vida! —Mamá cantaba aquel bolero insoportable que nadie quería escuchar… al menos, no Lisandra.
Mientras Tristeza se iba poniendo bonita, cada vez más gorda y grande, mientras Tristeza ocupaba espacio en el cuerpo de Mamá, ella, en cambio, se convertía en una Mamá de miniatura, delgada, ojerosa, que solo repetía:
—¡Ay, la vida, la vida, ay! —hacia atrás y hacia adelante. —Mami, dame un beso —le pidió Lisandra y luego: —Hazme tortilla de cinco huevos sin sal.—Vamos a jugar al patio.
—¡Ay, la vida, la vida, ay! —hacia atrás y hacia adelante. —Mami, dame un beso —le pidió Lisandra y luego: —Hazme tortilla de cinco huevos sin sal.—Vamos a jugar al patio.
Las ideas se le ocurrían, pero ninguna parecía surtir efecto en Mamá.
Tristeza seguía ahí, y Lisandra solo tenía una manera de demostrarle que no era bienvenida (ni en la casa ni en el corazón de Mamá): le sacaba la lengua, pero Tristeza siempre tenía la mirada escondida, nunca se daba cuenta de nada.
Cary también lo notó:
—Lo dije clarito: no se cambia un hijo por un carro… ¡en fin!, ahora llegaron las lágrimas y el arrepentimiento.
—Lo dije clarito: no se cambia un hijo por un carro… ¡en fin!, ahora llegaron las lágrimas y el arrepentimiento.
Cuando Cary hablaba así, Lisandra sentía deseos de volverla a llamar Malvada Hechicera, ¿acaso no se daba cuenta de que Mamá necesitaba ayuda?
—Con pastillas, televisión y platos no se cura la tristeza, María —le dijo a Mamá.— La mente se ocupa en otras cosas. —A lo mejor no debimos irnos de Cuba… —fue la respuesta que recibió.
—Con pastillas, televisión y platos no se cura la tristeza, María —le dijo a Mamá.— La mente se ocupa en otras cosas. —A lo mejor no debimos irnos de Cuba… —fue la respuesta que recibió.
Cary hizo una mueca de disgusto:
—Las nuevas generaciones todo lo resuelven con arrepentimiento: no debí hacer esto ni lo otro, y mucho menos aquello. ¡Tanto llantén y bobería! Hay que levantarse que la vida continúa. Y asumir que las decisiones, buenas o malas, se toman y ya.
—Las nuevas generaciones todo lo resuelven con arrepentimiento: no debí hacer esto ni lo otro, y mucho menos aquello. ¡Tanto llantén y bobería! Hay que levantarse que la vida continúa. Y asumir que las decisiones, buenas o malas, se toman y ya.
A Mamá aquello no le gustó ni pizca:
—Eso lo dice usted que no ha tenido que dejar su vida detrás.—Ay, María, ¿en serio? —¿Quién sabe?, a lo mejor deberíamos volver.
—Eso lo dice usted que no ha tenido que dejar su vida detrás.—Ay, María, ¿en serio? —¿Quién sabe?, a lo mejor deberíamos volver.
Cary se llevó una mano a la cabeza:
—Bueno, pero cuando tomen esa decisión, háganlo al menos con conciencia, no sea que luego se arrepientan de nuevo y, en el camino, afecten a Lisandra. ¡Pobre niña!, bastante que ha pasado ya.
—Bueno, pero cuando tomen esa decisión, háganlo al menos con conciencia, no sea que luego se arrepientan de nuevo y, en el camino, afecten a Lisandra. ¡Pobre niña!, bastante que ha pasado ya.
Aquella noche, Lisy se preguntó cómo sería volver a su pueblito de tierra roja. Allá la esperaba el Abuelo Tato. Y las gallinas. Y sus amigos de siempre. Pero igual iba a extrañar, sí, a Miss Sierra, a sus nuevos amigos, a Fátima, a las viejitas del bingo, a Cary. Por encima de todo, iba a extrañarla a ella.
Cette nuit-là Lisy se demanda comment ce serait de retourner à son petit village en terre rouge. Là-bas Grand-père Tato l'attendait avec les poules et ses amis de toujours. Mais elle allait regretter Miss Sierra et ses nouveaux amis, Fatima, les vieilles du bingo, Cary. C'est surtout cette dernière qui allait lui manquer.
Mamá no volvió a decir de nuevo que quería volver, Cary no habló más sobre la Tristeza que se había apoderado de la casa, Lisandra no volvió a pensar en cuánto echaría de menos a su Nueva Abuela. Pero Lisy sabía, sí, que había comenzado el largo —e irreversible— camino de quererla.
Papá fue el último en saber de la llegada del huésped inesperado. Estaba como siempre tan cansado que, cuando descubrió a Tristeza disfrazada de Mamá, a Tristeza que hacía la comida y limpiaba la casa, a Tristeza que decía como si cantara un bolero, ay, la vida, ya Mamá era un puñadito de nada repartido por todos lados. Papá se asustó:
—María, ¿qué te pasa? Estás tan flaquita… —Es culpa de la vida, ay —contestó Mamá entre lagrimones. —Pero si yo te quiero.—No es eso.—Me paso el día trabajando, pero lo hago por ti y por Lisandra.—Sí, lo sé. —¿Es que acaso extrañas a Tato?—Mi amor, siempre.—¿Es por lo del niño… lo del bebé…? —la pregunta sobrevoló la cabeza de Tristeza, pero ella no pareció darse cuenta. Papá repitió:— ¿Por el niño que perdimos?—El que yo no quise, dirás —las lágrimas de Mamá amenazaron con transformarse en nubes de tristeza.— ¡Total!, lo cambié por un carro y una casa. Ella tiene razón.—¿Quién?—Cary. Me lo dijo clarito: donde caben cuatro, cinco también.—Podemos ser cinco si quieres.—Lo que desearía de verdad es que nunca se hubiera ido —dijo Mamá y se tocó el vientre, justo en el mismo lugar donde debió crecer aquel pequeño frijol con forma de niño.
—María, ¿qué te pasa? Estás tan flaquita… —Es culpa de la vida, ay —contestó Mamá entre lagrimones. —Pero si yo te quiero.—No es eso.—Me paso el día trabajando, pero lo hago por ti y por Lisandra.—Sí, lo sé. —¿Es que acaso extrañas a Tato?—Mi amor, siempre.—¿Es por lo del niño… lo del bebé…? —la pregunta sobrevoló la cabeza de Tristeza, pero ella no pareció darse cuenta. Papá repitió:— ¿Por el niño que perdimos?—El que yo no quise, dirás —las lágrimas de Mamá amenazaron con transformarse en nubes de tristeza.— ¡Total!, lo cambié por un carro y una casa. Ella tiene razón.—¿Quién?—Cary. Me lo dijo clarito: donde caben cuatro, cinco también.—Podemos ser cinco si quieres.—Lo que desearía de verdad es que nunca se hubiera ido —dijo Mamá y se tocó el vientre, justo en el mismo lugar donde debió crecer aquel pequeño frijol con forma de niño.
Papá no tenía idea de cómo calmar a Mamá. Solo sabía abrazarla, bien despacio, como si tuviera miedo de hacerle daño o romperla. Lisandra, que los observaba callada desde un rincón del cuarto, se acercó a los dos. Mamá abrió los brazos para que Lisandra se escondiera dentro de ellos.
Papa ne savait pas comment calmer Maman. Il ne savait que l'enlacer tout doucement, comme s'il avait peur de lui faire mal ou de la briser. Lisandra, qui les observait silencieuse dans un coin de la chambre s'approcha des deux. Maman ouvrit les bras pour que Lisandra s'y cache.
—Ay, la vida…
Aquella noche se abrazaron los tres como nunca antes. Lisandra guardó aquella foto en su memoria, en el baúl de sus recuerdos secretos, para que, cuando pasaran los años y otras cosas comenzarán a difuminarse en su memoria, al menos aquella no pudiera marcharse nunca.
—Familia unida jamás será vencida —dijo Lisandra en voz baja.
—Familia unida jamás será vencida —dijo Lisandra en voz baja.
Tristeza quiso unirse al abrazo de todos, pero Lisy, disimuladamente, la empujó con un pie.
El verano transcurrió con paso lento.
—Este año, y tal vez el que viene, nos quedaremos en casa de la abuela Cary —fue Mamá la primera en dictaminar. Todavía aquella Tristeza que tenía los mismos ojos y boca de Mamá se posaba a veces, sin querer, sobre ella. Aunque se esforzara en espantar a la mosca incómoda de las lágrimas, en ocasiones Tristeza se empecinaba en quedarse ahí, huésped no invitado.— Es lo mejor para todos. Luego ya veremos. No hay que tener miedo.
—Este año, y tal vez el que viene, nos quedaremos en casa de la abuela Cary —fue Mamá la primera en dictaminar. Todavía aquella Tristeza que tenía los mismos ojos y boca de Mamá se posaba a veces, sin querer, sobre ella. Aunque se esforzara en espantar a la mosca incómoda de las lágrimas, en ocasiones Tristeza se empecinaba en quedarse ahí, huésped no invitado.— Es lo mejor para todos. Luego ya veremos. No hay que tener miedo.
Mamá lo decía también para convencerse. Lisy lo notó enseguida. Si bien la idea de volver a empezar en un sitio diferente no le agradaba demasiado —¿quién querría ser la chica nueva del aula dos veces en el mismo año?—, estaba dispuesta a cerrar los ojos, confiar en Mamá y Papá, y escribir un capítulo diferente en el libro de aventuras de su vida.
—Igualito a como hacen las princesas de verdad en los cuentos de hadas, cuando su mundo cambia y deben enfrentarse a peligros, alegrías y nostalgias —pensó Lisandra.
—Igualito a como hacen las princesas de verdad en los cuentos de hadas, cuando su mundo cambia y deben enfrentarse a peligros, alegrías y nostalgias —pensó Lisandra.
El libro de aventuras de su vida, en realidad, recién había comenzado a escribirse, ¿cuántas cosas no la esperaban todavía? Cuando esas ideas llegaban a su cabeza, Lisandra sentía cómo la emoción iba creciendo en lo profundo de su alma: ilusión combinada con un poco de miedo y un tilín de risas.
Aunque, y para ser honestos, Lisandra prefería esperar aún otro año antes de algún cambio importante. Quería conocer de verdad a Roxana, Ania y Pepe Antonio. Deseaba sentarse a compartir un helado de dos sabores con Miss Sierra. Y tal vez ir al cine con Fátima o las viejitas del bingo, visitar lugares desconocidos de aquella enorme ciudad de la mano de Papá y Mamá, y conversar con Cary sobre…
—¿Sobre qué? —se preguntó Lisandra: ¿de qué podrían hablar ella y la Nueva Abuela?—Sobre todo —se respondió enseguida.— Puedo contarle que en realidad no quiero ser cosmonauta ni cirujana plástica, sino veterinaria, para así ser capaz de cuidar de las gallinas ponedoras, de los perros y gatos callejeros, y de las vacas de ojos grandes y bonitos.
—¿Sobre qué? —se preguntó Lisandra: ¿de qué podrían hablar ella y la Nueva Abuela?—Sobre todo —se respondió enseguida.— Puedo contarle que en realidad no quiero ser cosmonauta ni cirujana plástica, sino veterinaria, para así ser capaz de cuidar de las gallinas ponedoras, de los perros y gatos callejeros, y de las vacas de ojos grandes y bonitos.
Aquellos planes eran extraordinarios, y Lisandra estaba dispuesta a cumplir sus sueños.
Ces plans-là étaient extraordinaires et Lisandra était disposée à réaliser ses rêves.
Aunque, eso sí, guardaba dentro de su corazón un deseo. Era el mayor de todos. Y la familia parecía haber olvidado aquella promesa.
Même si elle gardait un souhait au fond de son coeur, le plus grand de tous. Et la famille semblait avoir oublié cette promesse.
Una promesa que no solo le habían hecho a ella sino también a Tato.
Une promesse qu'elle n'avait pas faite qu'à elle mais aussi à Tato.
Como nadie la recordaba, Lisandra se dispuso a servirles de memoria:
Et comme personne ne s'en rappelait, Lisandra leur rafraîchit la mémoire:
—¿Y cuándo podré volver a Cuba? —dijo, y de inmediato agregó:— Creo que Abuelo me espera.
No agregó nada más por miedo a escuchar de nuevo la misma frase de siempre, aquella que hablaba de la necesidad de hacer sacrificios por el bien de la familia, pero la verdad era que extrañaba enormemente a Tato, y también al patio con sus gallinas, a los amiguitos del pueblo de tierra roja, al busto de Martí colocado frente a la entrada de la escuela. ¡Qué ganas tenía de enfangarse un poco los pies cuando cayera la lluvia y de bajar por la Calle Principal, rumbo al palmar, como quien va a pescar guajacones de cola triste!
Papá fue el primero en responder: juntó las cejas y comenzó a hacer cálculos matemáticos:
—Lisy, mi niña, este año será difícil. No se puede.—¿Por qué? —saltó ella enseguida.— ¡Pero fue una promesa!—Lo sabemos, amor —Mamá tenía una mirada que indicaba que, si pudiera, también se sumaría al viaje.— Pero es que no alcanzan los ahorros para…
—Lisy, mi niña, este año será difícil. No se puede.—¿Por qué? —saltó ella enseguida.— ¡Pero fue una promesa!—Lo sabemos, amor —Mamá tenía una mirada que indicaba que, si pudiera, también se sumaría al viaje.— Pero es que no alcanzan los ahorros para…
Cary, que estaba en la cocina, asomó la cabeza:
—Lisandra, niña, prepara la maleta que te vas para Cuba —después añadió:— Yo le pago el viaje. ¡Total! —Pero, suegra… —Mamá se puso roja y llorosa, no por el disgusto, sino por la emoción.—¡Nada, María!, no vamos a discutir por eso.—No, si no quiero…
—Lisandra, niña, prepara la maleta que te vas para Cuba —después añadió:— Yo le pago el viaje. ¡Total! —Pero, suegra… —Mamá se puso roja y llorosa, no por el disgusto, sino por la emoción.—¡Nada, María!, no vamos a discutir por eso.—No, si no quiero…
Mamá y Cary continuaron interrumpiéndose la una a la otra durante un buen rato, pero lo hacían como si aquello fuera un ritual que debieran cumplir: un ritual de la familia. Lisandra sintió muchas ganas de abrazarlas a ambas a la vez, pero se preguntó si uno solo de sus apretones no dejaría a nadie afuera, así que repartió dos, es decir, tres, porque Papá también quería el suyo y Lisandra, princesa magnánima, estaba tan feliz que no era capaz de escatimar regalos. El abrazo más grande, no obstante, lo guardó en la maleta: ese era para Tato.
Maman et Cary continuèrent à s'interrompre l'une et l'autre pendant un bon moment, mais elles le faisaient comme un rituel qu'elles devaient accomplir: un rituel de famille. Lisandra eut envie de les embrasser toutes les deux en même temps, mais elle se dit que si elle le faisait elle excluerait Papa qui lui aussi voudrait une embrassade. Alors Lisandra, en princesse magnanime fut tellement heureuse qu'elle ne lésât personne. Cependant, elle garda le plus grand câlin au fond de sa valise pour Tato.
La noche antes de partir al aeropuerto y tomar el avión, Mamá y Papá colocaron, en el pequeño portal de la casa, dos banderas. A la izquierda, la de las barras y muchas estrellas. A la derecha, la del triángulo color sangre con la estrella solitaria. Lisandra pensó en las composiciones de la escuela, aquellas que hablaban de la importancia de respetar la introducción, desarrollo y final de una historia, y pensó que sería maravilloso que su cuento de hadas, el cuento de una princesa llamada Lisy, culminara justo en ese momento, bajo las dos banderas de sus dos países, mientras Mamá y Papá hacían planes para el futuro y Cary les indicaba, siempre perfeccionista: más a la derecha, hacia la izquierda, ahora sí que se ve todo maravilloso.
Pero todos sabemos que las historias no terminan como en el cine, con créditos y aplausos, con una cámara que se aleja o una sonrisa que se difumina.
Nunca sucede así.
De igual manera, Lisandra prometió en silencio que, cuando creciera, si no se convertía en veterinaria de gallinas, vacas y perritos, iba a ser una famosa cineasta. Su primera película sería un éxito mundial. Y la terminaría justo con aquella imagen: una niña entre dos banderas que abre los brazos demasiado para intentar abarcar la distancia entre el presente, el pasado y el futuro. Luego correrían los créditos y el público aplaudiría emocionadísimo ante su obra de arte. No importaba, no, que dejaran rositas de maíz en el piso del cine y que muchos de ellos se marcharan antes de ver el nombre de Lisandra en las pantallas grandes. Es decir, todo el mundo sabe que la gente adulta siempre está apurada.
—Vamos a entrar que hace frío —dijo Mamá y abrazó a Lisy por los hombros.— ¿Viste qué lindas las dos banderas? —Y la nuestra siempre la más hermosa —susurró Papá mientras se llevaba una mano al corazón.
—Vamos a entrar que hace frío —dijo Mamá y abrazó a Lisy por los hombros.— ¿Viste qué lindas las dos banderas? —Y la nuestra siempre la más hermosa —susurró Papá mientras se llevaba una mano al corazón.
Lisandra afirmó en silencio antes de volver a la casa.
Papá y Mamá se despidieron con un beso:
—Dale recuerdos a Tato —dijo Papá.— Dile que se prepare, que el próximo año tendrá a la familia en Cuba de visita.—Estas son las medicinas que le compré al Abuelo, Lisandra —Mamá lucía un poco preocupada, quizás porque no le agradaba la idea de que la niña viajara sola. Aunque Tato había jurado que estaría esperándola en el aeropuerto, Mamá pensaba que Lisandra era demasiado pequeña. De nada valía explicarle que los miembros de la tripulación iban a cuidarla y que Lisy era una princesa valiente. De hecho, estaba entusiasmada con la idea de que el piloto, a lo mejor, la dejaría entrar en la cabina. —Sí, Mamá, tengo que decirle que se las tome en sus horarios —recitó Lisandra, que se conocía la frase de memoria.—Exacto. Y cuando llegues al pueblo, ¿qué es lo primero que debes hacer?—Llamar para decir que he llegado bien.—Exacto, eso si antes no lo hago yo. ¿Cuántas maletas llevas, eh?—Una maleta, no soy boba.—Exacto. ¿Y qué más?—Mi mochila.—Bien. —¿Ya me puedo ir? Cary me espera.—Un beso primero.—Dos besos —respondió Lisandra antes de mojarle ambos cachetes con un puñado de cariño. —Virgen María, cuida a mi hija… Ay, mamá, protege a tu nieta…
Lisandra escuchó el nombre de la Abuela Rusa un par de veces, confundido con un Padrenuestro. Para que Mamá no se preocupara más, la abrazó fuerte.
—Vuelvo pronto.—A Tatico dile… dile que pienso en él todos los días de mi vida —Mamá se enjugó una lágrima pasajera. —Sí.—Nos vemos, Lisandra. Disfruta las vacaciones.—¡Adiós!
—Vuelvo pronto.—A Tatico dile… dile que pienso en él todos los días de mi vida —Mamá se enjugó una lágrima pasajera. —Sí.—Nos vemos, Lisandra. Disfruta las vacaciones.—¡Adiós!
Cary puso en marcha el motor y el mundo comenzó a moverse frente a los ojos de Lisy.
El aeropuerto lucía más pequeño de lo que Lisandra recordaba.
—Eso es porque no te fijaste bien la primera vez —le confesó Cary con una sonrisa.—¿Estás lista?—¡Lista para escribir un nuevo capítulo!—¿Escribir qué? —preguntó Cary.—Cosas de niña. —Princesa, cuídate. En dos semanas nos vemos. Disfruta mucho Cuba y a Tato.
—Eso es porque no te fijaste bien la primera vez —le confesó Cary con una sonrisa.—¿Estás lista?—¡Lista para escribir un nuevo capítulo!—¿Escribir qué? —preguntó Cary.—Cosas de niña. —Princesa, cuídate. En dos semanas nos vemos. Disfruta mucho Cuba y a Tato.
Esta vez, Cary no pidió permiso ni anunció su beso. Fue uno grande, que sonaba a cascabeles y a esperanza. A Lisandra le gustó. Muchísimo.
Fue justo entonces que ocurrió la transformación definitiva. Como en los cuentos de hadas, cuando el hechizo se rompe con el beso más grande y alguien se convierte de rana en princesa, de bestia en príncipe, o de Malvada Hechicera en Abuela.
Quizás no fuera la abuela de los cuentos de hadas, la verdad, porque Cary no tenía pelo blanco ni cargaba una cesta con frutas ni dulces pero, en realidad, ¿acaso esos cuentos no eran viejos, tan antiguos como el tiempo? ¡Era preciso actualizarlos!
Cary hizo un gesto de adiós en el aire, pero Lisandra no se conformó:
—¡Abuela Cary!, regreso pronto —dijo la niña, mientras devolvía aquel beso multiplicado tres veces. —Seguro que sí —la Abuela Cary inauguró una sonrisa, todavía llena de asombro.
—¡Abuela Cary!, regreso pronto —dijo la niña, mientras devolvía aquel beso multiplicado tres veces. —Seguro que sí —la Abuela Cary inauguró una sonrisa, todavía llena de asombro.
Se abrazaron una vez más.