La verdad es que nuestra casa no era un palacio. No tenía cuatro habitaciones, ni tres baños, ni cinco comedores. Pero en los árboles vivían los pájaros y las hormigas, y yo conocía cada gajo y cada rama, y el árbol me conocía a mí. También estaban las gallinas, quiero decir, las señoras chismosas de la corte que siempre vigilaban a Mamá la Reina cuando ella salía a darles maíz; las señoras chismosas de la corte que huían cuando Papá el Caballero asomaba la cabeza por el patio, no fuera que a él se le ocurriera cazarlas. Era cómico ver cómo Papá el Caballero corría detrás de las gallinas —señoronas que soltaban cacareos—, pero con tan mala suerte que siempre se caía antes de atraparlas: le daba pena que una de aquellas ilustrísimas damas terminara hecha sopa en el caldero.
—Mañana sí comeremos pollo —prometía Papá mientras encogía los hombros. Mañana se convertía en pasado, y pasado en otro día más, y así pasaba el tiempo.
…y la princesa, es decir, yo, la protagonista de este cuento, era entonces muy feliz y pensaba que iba a ser así eternamente. Pero no. Mamá jura que en todas las historias debe suceder algo muy importante, un giro trágico, una aventura, una peripecia. Palabras todas muy difíciles que ella tuvo que explicarme cuando llegó la Nueva Abuela. Quiero decir, la Malvada Hechicera de Otro Reino.
... et la princesse, c'est à dire, moi, la protagoniste de ce conte, j'étais alors très heureuse et je pensais que ça durerait toujours. Mais pas du tout. Maman jure que dans toutes les histoires il se passe toujours quelque chose d'important, un tournant tragique, une aventure, une péripétie. Des mots très difficiles qu'elle dut m'expliquer lorsque la nouvelle grand-mère arriva. Enfin je veux dire la Méchante Sorcière d'un Autre Royaume.