Vino cargada de paquetes y con perfumes de flores. Se veía casi tan joven como Mamá la Reina.
Elle arriva chargée de paquets et de parfums à fleurs. Elle paraissait presque aussi jeune que Maman la Reine.
—Lisandra, ella es tu Abuela —dijo Mamá y sonrió como obligaba mientras se arreglaba su vestido sencillo, el más bonito de todos, que solo sacaba para las fiestas de cumpleaños o los domingos de parque—: Salúdala, no seas maleducada. Dale un beso. —Y continuó dictando órdenes como toda una reina verdadera—: Ayúdala con los paquetes. Abre los paquetes. Mira qué cosa tan bonita te trajo la Abuela. Dale otro beso y dile gracias.
—Lisandra, c'est ta Grand-Mère —dit Maman, et elle sourit comme si elle y était obligée, en arrangeant sa robe toute simple, la plus jolie de toutes, celle qu'elle mettait pour les anniversaires ou le dimanche pour aller au parc— : Dis-lui bonjour, ne sois pas mal élevée. Embrasse-la. —Et elle continua à donner des ordres comme une vraie reine—: Aide-la avec les paquets. Ouvre les paquets. Regarde les jolies choses que t'a apportées ta Grand-Mère. Embrasse-la encore une fois et dis-lui merci.
—Gracias, señora —lo de abuela me era difícil de repetir.
¿Acaso las abuelas no dan besos sin que las nietas lo pidan? ¿Acaso las abuelas no tienen el pelo blanco y recogido en un moño? ¿Acaso las abuelas no saben cocinar? Pues la señora que acababa de llegar a mi casa parecía modelo de revista, unos pocos años más vieja que Mamá, como si fuera su hermana mayor, tenía un escote muy grande y la boca tiesa, sus paquetes pesaban mucho y yo no me acordaba de ella. Si eso les parece poco, hasta el perfume de flores que traía y que antes olía tan bien, me comenzó a dar mareos.
—Ve a buscar a tu papá a la fábrica. Corre, Lisandra, y dile que su mamá está aquí, que vino de visita —remarcó las palabras “de visita” con un especial acento y me guiñó un ojo. Ilusa yo, que creí en ese preciso momento que Mamá era muy inteligente, que había reconocido, debajo de los polvos y los perfumes caros, a la Hechicera, más vieja de lo que en realidad lucía por afuera (quizás por el efecto de alguna pócima de rejuvenecimiento).—Voy a colar café, suegra.
Y a colar café fue, pero nerviosa, casi en un temblor, con su vestidito de flores que se alisaba constantemente y con un pañuelo en la cabeza que recogía su pelo lindo, de reina verdadera. Me dio pena con Mamá. Lucía como yo antes de ir a la pizarra cuando no me sé un ejercicio o no he hecho la tarea. No quería dejarla sola con la Malvada Hechicera de Otro Reino. Así que intenté quedarme:
Nerveuse et presque en tremblant, elle alla couler du café dans sa jolie robe à fleurs qu'elle arrangeait constamment, coiffée d'un foulard qui retenait ses beaux cheveux, une vraie reine. J'eus de la peine. Elle était comme moi avant d'aller au tableau et je que je n'ai pas fait mon travail ou mon exercice. Comme je ne voulais pas la laisser seule avec la Méchante Sorcière de l'Autre Royaume, j'essayai de rester:
—Si ella es mi abuela, ¿por qué no me acuerdo de ella? —pregunté. Aquella era una estrategia genial que solo las princesas muy inteligentes (y ese era el caso) sabían usar en el momento adecuado.
Mamá levantó la mirada de la cafetera que se negaba a abrirse y se puso colorada como las flores del framboyán:
—Lisandra, niña, ¿no me escuchaste cuando dije que fueras a buscar a tu papá? —luego miró a mi “supuesta” abuela y le sonrió con pena—: ¡Ay, los muchachos!, qué cosas tienen, ¿verdad?—Mira, Lisy —dijo la Malvada Hechicera, que hasta entonces no me había dirigido la palabra ni me había intentado dar un beso, como toda abuela normal haría—, eras muy pequeña cuando yo me fui de Cuba. No te puedes acordar de mí. Pero esta no es la primera vez que nos vemos, eso te lo garantizo —luego abrió un paquete con olor a pasta de dientes y me regaló un chicle, sin dudas para convencerme de que era una abuela común y corriente, de esas que guardan secretos de los nietos y leen cuentos.— Tienes que masticarlo, Lisy. Así.
Se metió un chicle en la boca y comenzó a hacer un ruido insoportable, de diente contra diente, bien exagerado, para enseñarme a masticarlo. En ese justo momento la odié más. Seguro se creía que la “nieta guajira” no había visto una cosa de esas en su vida y que no sabría —¡qué elemental!— ni lo que un chicle era. Mi mamá, todavía enfrascada en una lucha sin cuartel contra la cafetera que no quería abrirse, estaba más roja que nunca. Las flores del framboyán ya no se comparaban con sus cachetes. Se estaba muriendo de vergüenza pero no decía nada. Aunque no lo hiciera, yo sabía, me conocía esos cachetes y ese apretar de boca, como para no soltar las palabras o no llorar. Así que hablé en su lugar:
—Mi papá, a veces, me trae chicle cuando sale del trabajo, pero a mí no me gusta… solo hago globitos con él.—Este sí te va a encantar —comentó la Malvada Hechicera con un guiño que intentaba imitar al de Mamá—: Tiene mejor sabor y dura más. Es de Afuera. No lo desprecies. Además, con estos chicles de Afuera se hacen globitos mejores.—Y comenzó a alabar la calidad del chicle, seguro para convencerme, pero yo (que soy bien cabezona como Papá) cerré la mano bien fuerte—. Oye, ¡pero qué niña!
Desde la cocina, Mamá la Reina Colorada me miró con ojos que suplicaban cooperación. Abrí los dedos uno a uno. La Malvada Hechicera quitó la envoltura del chicle. Lo agarré. ¡Las cosas que hago por Mamá! Aquel chicle de Afuera entró a mi boca como si fuera un castigo. ¡Total!, tenía casi el mismo sabor que los chicles de aquí. Un poco más fuerte. Pura menta. Salí por la puerta con cara de pocos amigos. Al fin y al cabo, era un pretexto para escapar de la influencia de la Malvada Hechicera. En cuanto puse un pie fuera de la casa, escupí la bola de chicle contra la tierra, me raspé la garganta y me limpié bien la lengua con la mano sucia, no fuera que algún trazo de pócima me hubiera envenenado. Dice mi Mamá, que sabe mucho, que el pez muere por la boca. Capaz que yo regresara de la fábrica ya convencida de que aquella Malvada Hechicera era en realidad mi abuela, y viera en su cabeza un moño blanco, y hasta me la imaginara cocinando junto a Mamá sonriente. Esas son las cosas terribles de la magia negra.
Pero no sucedió así, por suerte, lo que significaba que el hechizo no había hecho efecto. Al regresar con Papá, muy embarrado de grasa, vi que lucía contento. Apretó a la Malvada Hechicera en un abrazo que no parecía fingido, sino pura felicidad.
Mais heureusement cela n'arriva pas, ce qui voulait dire que le sortilège n'avait pas pris. En revenant avec papa, embourbé de graisse, je vis qu'il était content. Il serra dans ses bras la Méchante Sorcière avec un bonheur sincère.
—¡Vieja, cuánto tiempo! —dijo y la besó tanto y con un cariño tal que yo me sentí confundida por un instante.— ¡Se te extraña!
La confusión no duró nada porque justo en ese momento la Malvada Hechicera —que por un segundo creí era de verdad mi abuela— apartó a Papá con un gesto:
—Muchacho, ve a bañarte que estás lleno de grasa.
Mamá, que ya había colado café, volvió a ponerse roja. Y yo también. Me crucé de brazos y me senté en la silla alta de la cocina, bien atenta, vigilante. Me comí a la Hechicera Malvada con los ojos: que supiera, que estuviera al tanto de mi sospecha. Pero ella, como si nada. Papá fue al baño, Mamá continuó en la cocina. Y yo en la silla: princesa al tanto de cada uno de los movimientos del enemigo.
Maman, qui avait fini de couler son café redevint rouge et moi aussi. Je croisai mes bras et m'assis sur la chaise haute de la cuisine, très attentive et méfiante. Je mangeai la Méchante sorcière des yeux pour qu'elle sache que je me méfiais d'elle. Mais elle faisait comme si de rien. Papa alla dans la salle de bain, Maman continua dans la cuisine et je restai sur la chaise: la princesse à l'affût de tous les gestes de l'ennemi.
Ahí fue que comenzó la batalla campal: la crítica.
Dice mamá —que lo sabe todo, y lo que no, se lo imagina o lo pregunta— que la crítica es una palabra muy dura: hay quienes la hacen para ayudar, pero casi todos la utilizan para dañar. La Malvada Hechicera de Otro Reino parecía especialista en mirarlo todo. Y en comparar cada cosa del cuarto. Caminaba de un lado a otro como una gallina culeca. Fea ella y con peste a perfume de flores muertas. Masticadora de chicle viejo. De la sala a la cocina, y de ahí al patio. Todo le parecía fuera de lugar.
Dijo: cuánto polvo y cuánta tierra. Dijo: ay, animales en el patio, con las enfermedades y bichos que tienen y una niña en casa, qué peligro. Dijo: a ver, qué hacen con el dinero que les mando, aquí ni siquiera hay televisor pantalla plana. Dijo: este café está mezclado con chícharo, es mejor colar Café Cubita, ese sí que es el de verdad, no un invento de última hora. Dijo: oye, María, mi nuera querida, te traje un vestidito nuevo, bonito, ese de flores no te queda bien y pareces una guajira, hay que rejuvenecer, toma además este frasquito de crema “ni-vea” para que te cuides la piel. Dijo: mi hijo se ve molido por el trabajo, bueno, Allá lo que sobra es eso, mucho trabajo y al principio es bien duro, pero por suerte cuando estén Allá me tienen a mí que los puedo ayudar. Dijo, no, preguntó: y la niña es buena en la escuela, quiero decir, habla inglés, porque cuando estén Allá si no tiene el inglés hay que ponerla en un grado menor o a repetir curso porque if-yu-can-tolk-laik-them-yu-luk-rili-bad.
Elle dit: toute cette poussière et toute cette terre. Elle dit: il y a des animaux dans la cour, avec toutes les maladies et les insectes, halala, quelle danger pour cette enfant à la maison. Elle dit: mais que faites-vous avec tout l'argent que je vous envoie, il n'y a même pas d'écran plat dans cette maison. Et ce café mélangé avec des petits pois, c'est mieux de faire couler du café Cubita, au moins c'est un vrai café, et pas une invention née de la dernière pluie. Elle dit: écoute María, ma chère belle-fille, je t'ai apporté une nouvelle robe, celle-là avec des fleurs te va bien, mais tu ressembles à une paysanne, il faut rajeunir un peu, et prends aussi cette crème ni-vea pour nourrir ta peau. Elle dit: mon fils est cassé par le travail, là-bas ce n'est pas ce qui manque, il y a beaucoup de travail, au début c'est difficile, mais au moins Là-bas vous avez la chance de m'avoir pour vous aider. Elle ne demanda pas mais dit: la petite est bonne à l'école, je veux dire qu'elle parle anglais, parce lorque vous serez Là-bas, si elle ne parle pas anglais il faudra la mettre dans une classe inférieure, ou elle devra refaire une année parce que if-yu-can-tolk-laik-them-yu-luk-rili-bad.
Casi me da dolor en el pecho. La verdad es que el inglés no me gusta. En la escuela lo intento, pero dice la maestra que no tengo buena pronunciación y que es raro, ya que soy la mejor de toda la clase en el resto de las asignaturas. Me recuerda que debo esforzarme mucho y estudiar el inglés hasta que se me abran las orejas y entienda. Pero, para mí, es un idioma complicado. A ver, ¿por qué tengo que unir la boca como si fuera un pato para decir yu, si puedo decir tú, que es lo mismo y en español suena más bonito?
La Malvada Hechicera sonrió condescendiente:
—Princesita —ah, sí, ella también me había reconocido—, ¿guat is yur neim?
Y yo respondí clarito, clarito y mal pronunciado, pero con la misma fuerza que un guerrero frente a un monstruo milenario:
—Mai neim is Lisandra, vieja bruja.
Aquella noche, Papá Caballero se transformó en mi Padre. Una palabra grande esa. De gigante. De las que dan miedo. El castigo no demoró en llegar. Me acosté sin ver los muñequitos. Comí sin ganas, no por el castigo, sino por la tristeza. La tristeza es una palabra muy ancha y muy larga, como un mar sin fin, y siempre amenaza con ahogarte: tienes que nadar rápido para alejarte de ella.
—¿A ti te gustaría que alguien te dijera que tu mami es una vieja bruja? —me preguntó Mamá con una sonrisa triste, cuando fue a darme el beso de buenas noches a pesar del regaño.—No, pero tú eres una reina y ella… ella… —tenía la rabia en la garganta, una bola de pelos que no me dejaba tragar ni hablar con claridad:— ¿Cómo no pueden ver que es una Malvada Hechicera?—Lisy, no digas eso, es tu abuela y te quiere…—Si tanto me quiere, ¿por qué me da chicle envenenado? —sí, ya sé, aquella una exageración, con probabilidad, el chicle solo estuviera cargado con un hechizo menor, algo que nublara mi vista y me obligara quererla, como hacen las brujas en los cuentos. Pero en ese instante, me pareció prudente exagerar un poco. Ser actriz.— La menta por poco me mata.—No seas artista —Mamá me descubrió enseguida. No por gusto, siempre dice que me cargó nueve meses en la panza y que, por eso, puede leer hasta mis pensamientos. Reina telépata, ella, de seguro.— Fíjate, tu Papá está muy disgustado. Además, tu abuela lloró.
Me la imaginé llorando y aquello me dio risa. Maquillaje y crema “ni-vea” corridos. Pintalabios rojo como mueca de payaso. Sin dudas, la Hechicera Malvada tenía urdido un plan inteligente. Con probabilidad, mucho más inteligente que el mío, así que necesitaba esforzarme si quería que mis padres abrieran los ojos y la castigaran a ella, no a mí. O mejor, que la desterraran de nuestro —hasta ahora— feliz reino.
Je l'imaginai pleurer et cela me fit rire. Partis maquillage, crème et ni-vea. Le rouge à lèvres rouge comme la grimace d'un clown. Mais sans doute la Méchante Sorcière avait-elle un plan intelligent. Certainement plus intelligent que le mien, et je devais redoubler d'efforts pour que mes parents ouvrent les yeux et la punissent elle, et pas moi. Ou mieux encore, qu'ils l'envoient loin de ce qui avait été, jusqu'à présent, notre heureux royaume.
—Seguro fingía. Se echó polvo en los ojos y comenzó a llorar —dije con una sonrisita de satisfacción que solo me duró unos segundos.—No, Lisy, de verdad, te estoy diciendo DE VERDAD —y las palabras en la boca de Mamá crecieron hasta hacerse adultas, letras en mayúsculas, para que las viera hasta el viejito más cegato del mundo.— No te rías. No seas cruel con tu abuela.—¡Pero no es mi abuela! ¡No luce como una abuela! ¡No se porta como una! ¡Ni da besos!—Mañana lo hará.—Que no me dé nada, Mamá, tendrá olor a menta.
Mamá movió la cabeza de un lado a otro. En sus ojos se leía clarita su expresión favorita: “Caprichosa como tu padre, igualitica a él”, pero no dijo nada y yo, por un segundo, pensé que me había creído. El alivio solo duró lo que un soplo de viento sobre las plumas de las gallinas.
—Cabezona —protestó.— Igualita a tu padre.—Igualita a él y a ti —contesté con alegría, estaba segura de que con esas palabras íbamos a hacer las paces ella y yo.—Está bien. Pero tienes que darle una oportunidad a tu abuela. ¿Me lo prometes?Negué con la cabeza.
—Tener una abuela es un privilegio muy grande, Lisy —dijo Mamá Convencimiento.—Ya tengo un abuelo y se llama Tato.—Es verdad: tienes un abuelo que se llama Tato y es el papá de tu mamá, y tienes una abuela que se llama Cary y es la mamá de tu papá. Y los dos tienen que ser iguales en tu corazón —intentó Mamá Equidad.—No son iguales. Tato me compra mamoncillos1, me lleva en bicicleta al parque y me regala lindos libros viejos.—Bueno, y tu abuela… —Mamá Duda hizo un gesto de desesperación. Se veía que ni siquiera ella estaba convencida de sus propias palabras. De repente ganó fuerzas e impulso:— Y tu abuela viajó en avión desde muy lejos para conocerte. Es una travesía larga, una aventura que no te puedes imaginar. Vino cargada de paquetes y con dolor de espalda. —Me mordí la lengua. La Malvada Hechicera no tenía ni dolor en los callos, eso se le veía por encima de la ropa. Y yo, que he ido a los aeropuertos a despedir a Papá cuando tiene que pasar un curso en La Habana, sé que casi todas las maletas tienen ruedas y que en los aeropuertos hay carritos en los que se colocan los bultos, así que los paquetes de la Malvada Hechicera no le pesaron nada: ni a ella ni a su espalda. Pero me callé. Me guardé el secreto para un mejor momento:— Tato te compra mamoncillos y la abuela Cary zapatos nuevos y muñecas.—¿Y quién se lo pidió a una Hechicera tan Malvada? ¿Tú? —pregunté, y no debí, porque Mamá se puso roja, Reina Colorada, Mamá Pelea.—¡Ni muerta! Y tu padre tampoco, para que sepas. En esta casa somos humildes pero no pedigüeños.—Ella dijo que manda dinero. ¡Y te llamó vieja!—A veces nos envía algo, una pequeña ayuda, ¡eso sí es verdad!—dijo Mamá Justicia.—¡Y te llamó vieja! —insistí. Como toda buena actriz sabe, es importante detenerse en una (o varias) palabras.— Tan linda tú, con tu pelo negro y largo.
Acaricié su melena, que me caía sobre la cara y sobre la almohada, una cortina oscura. Mamá, la más bella del mundo, me sonrió todavía roja:
—¿De verdad crees que soy bonita?—Más que el sol.—Boba, niña. ¿Y no me ves vieja ni fuera de moda?—Eso te lo dijo por envidia.—Es que a veces, quienes se van, vuelven raros —Mamá Perdón bajó los hombros y casi juraría que vi una lágrima—. No es su culpa. Es que allá todo es distinto. La vida es dura. Como aquí, supongo, pero de una manera distinta.
Mamá sin dudas hablaba de aquel Otro Reino del cual provenían la Malvada Hechicera y sus paquetes. Usaba palabras sencillas y tristes, pero yo no entendía nada.
—Mami, ¿qué pasa?—¡No me hagas caso! —fingió Mamá Felicidad.— Cosas de adultos, de gente grande, no te preocupes.
En ese momento, hubiera querido crecer como Alicia, el personaje de uno de los libros que Abuelo Tato me regaló, pero no demasiado, no tanto como la Alicia golosa que, de repente, era más grande que una casa. Solo un poquito. Lo suficiente como para ser adulta, gente grande como Mamá, para así consolarla un poco, igual que hizo ella cuando se murió Nana, la perrita vieja, y tuvimos que enterrarla bajo el framboyán. Recordé enseguida las palabras de Mamá aquel día: “La Nana florecerá cada día y seguirá viviendo con nosotros”. Mamá Esperanza siempre ha sido la mejor. Así que la imité:
—Seguro la vieja bruja esa se va pronto.—¡Lisandra! —Mamá Regaño volvió a la batalla—. Oye, ¿qué es eso? ¿Quieres que la abuela piense que eres una guajirita sin educación? —Soy una guajirita —afirmé muy orgullosa de mis orígenes, como diría el abuelo Tato, que nunca ha ido a La Habana por una cuestión de principios: a la tierra no se traiciona, la ciudad es para las personas a las que no les gustan las vacas, las matas y las arañas. Bueno, a mí tampoco me gustan las arañas pero, por lo demás, sí que estaba orgullosa de mi pueblo pequeño y de las calles con tierra roja, tan bonitas, y de mi escuelita con busto de Martí, bandera cubana y pupitres dibujados con lápices.—Sí, pero guajira educada, niña, ¿Qué va a decir la abuela Cary?—Eso no me importa.—Bueno, importará si quieres llevarte bien con ella. Además, es probable… —Mamá Duda hizo una pausa y tragó en seco:— Es probable que en algún momento cercano, es decir, casi ahorita, vivamos en la casa de la abuela y…
Me levanté de la cama en posición de firmes:
—¡¿Qué?!—De eso hablaremos mañana, Lisandra. Mira, ¡ya tengo dolor de cabeza!
Mamá Migraña se rascó la frente. En verdad parecía muy cansada. Pero no me di por vencida:
—¡Yo no quiero!—Sin perretas… o te pongo de castigo, ¿se habrá visto cosa semejante?—Ya estoy de castigo —contesté.
¿Quién ha dicho que las princesas nos conformamos con obedecer órdenes? Eso sucedía en los viejos tiempos y en los cuentos antiguos. ¡Ahí sí! Las Reinas mandaban y las Princesas bajaban la cabeza. Las Hechiceras Malvadas pretendían ser vencedoras, envenenadoras, carteristas, ladronas de la felicidad, y en los cuentos del pasado todo el mundo les permitía hacer lo que les viniese en ganas. Pero no aquí. No en mi historia. Así que me opuse. Princesa Guajirita y Cabezona.
Qui a dit que les princesses se résignent et obéissent aux ordres? C'était avant ça, dans l'ancien temps, dans les vieilles histoires. Eh oui! Les reines commandaient et les princesses baissaient la tête. Les sorcières malveillantes prétendaient vaincre, tantôt empoisonneuses, tantôt cartomanciennes, des voleuses de Bonheur, et dans les histoires anciennes tout le monde leur permettait de faire ce qu'elles voulaient. Mais moi, Princesse paysanne et tête de mule je m'y opposai.
¡Pobre Mamá! En sus ojos, otra vez, vi esa mirada desesperada. La del estallido. La del no puedo más. La del día largo que no se acaba. Y me detuve. A veces, Mamá Tigre da un poquito de miedo. No mucho. Solo el miedo suficiente. Dice Mamá que así se evitan peleas, perretas y malos comportamientos.
—El día que tu abuela se fue del país lloró mucho. Tú no habías cumplido ni un año. Te dio el beso más largo del mundo.—Pues parece que se le agotaron.—Lisandra, acaba de llegar, ¿por qué no le das una oportunidad? Probablemente, la abuela Cary se siente rara, extraña, hace nueve años que no pisaba tierra cubana.—Si me quería tanto, ¿por qué no vino a verme antes?
Mamá hizo silencio. Luego volvió a la carga:
—Eso se lo preguntas a tu padre.Me dio otro beso de buenas noches. El tercero.
—Mañana hablaremos sobre lo de vivir con tu abuela… pero mañana. Hoy estoy hasta el último pelo.
Mamá se vería bonita hasta en una versión calva, así que se lo dije:
—La Mamá más linda del mundo.—Aduladora.
Pero sonrió. Y yo fui feliz por un segundo. Seguro que esa misma noche, Papá le iba a susurrar algo parecido, para que ella estuviera tranquila: eres la novia más linda y te quiero de aquí a la luna, ida y vuelta, y mamá le diría astronauta, y ambos iban entonces a besarse largo y bonito, y quién sabe si hasta esa misma noche me regalaban un hermanito, que ya llevaba tiempo pidiendo lo mismo cada Navidad sin que ninguno de los dos me hiciera caso y pusiera manos a la obra.
—Vas a ver cómo querrás a tu abuela cuando la conozcas —dijo Mamá Esperanza, Mamá Equidad y Mamá Justicia, todas a coro.— Ella es difícil, pero es muy buena persona.No dijo “en el fondo”, pero de inmediato le descubrí los ojos a Mamá… no por gusto me la conocí completa por dentro durante nueve meses.
—Será como tu abuelo Tato, ya verás —culminó.
Pero yo no le creí ni una sola palabra a Mamá Exageración.
Abuelo Tato era mi guajiro preferido, el mejor del mundo, el más hábil caza-lagartijas y carpintero. Eso sin contar que tiene record de velocidad para irme a buscar a la escuela cuando nadie más puede.
¿Como mi abuelo Tato? Ni loca. La Hechicera Malvada iba a tener que esforzarse… ¡y mucho!
Pero en ese momento dije que sí. Afirmé con la cabeza. A Mamá Cansancio eso le bastó y así me evité una mentira muy grande, de esas que crecen con las patas fuera de la tierra, y que todo el mundo nota al pasar de lo grande que es.
Mais à ce moment-là je dis oui. J'affirmai en hochant la tête. Ce fut suffisant pour Maman Fatigue, et ainsi j'évitai un mensonge plus grand, de ceux qui grandissent à une allure folle et que tout le monde remarque tout de suite.
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