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Sommaire
Couverture Biographie Carte et Photos 1 La reina, el caballero y la princesa2 La Malvada Hechicera3 Mi Abuelo Tato 4 La Abuela Ekaterina5 Estancia en la Habana 6 El Abuelo y la Malvada Hechicera7 La salida8 En el país de la Hechicera9 En la escuela de Allá10 Retorno al framboyán11 Epílogo
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Polices
Abuelo me llevó hasta el jardín. Apretaba bien fuerte mi mano.
—¿Qué aprendiste nuevo en la escuela? —me preguntó como si el tiempo no hubiera pasado.—¿Cuántos huevos puso la gallina? —le contesté como siempre.
El framboyán había florecido. Puchas naranjas inundaban el jardín y caían sobre los huevos de las gallinas.
—Qué bonito —dije. —¿Ya viste qué bien he cuidado el framboyán de mi princesa Lisandra? —preguntó Abuelo.—Mejor que nadie.—Y mira las gallinas, este año se ven más gordas. —Gordísimas.—¿Me extrañaste? —inquirió luego.—Mucho. Demasiado. —Entonces, ¿ya sabes qué vas a estudiar en la universidad?—La Abuela Cary siempre ha querido que sea cirujana plástica o cosmonauta. Pero no. Seré veterinaria. O haré películas. —¡Imagínate!, mi nieta cineasta. ¿Y eres feliz, ranita belicosa?—A veces.—Eso es lo importante: ser feliz. Al menos intentarlo. —Tato, ¡qué lindas las flores del framboyán!—Este año, están más hermosas que nunca. Creo que el árbol te está saludando. Desde ayer se puso bonito para ti.—Como tú, Tato. Qué rico hueles. A perfume.—Perfume de árbol.Nos reímos ambos.
—¿Te acuerdas de la Nana, Tato?—La perrita. ¡Cuántos años…!—¡Cuántos años!Abuelo adornó mi pelo con una flor naranja.
—Igualita a tu abuela, cará. Quiero decir, a la Abuela Ekaterina. Aunque mirándote bien, también tienes un poco de Cary. Una ranita belicosa. ¡Con los mismos ojos verdes! ¡Mi niña ya tan grande!Besé a Abuelo en la cabeza. Como siempre hago. Y él me devolvió la caricia.
—Tato, vamos a perseguir gallinas, a mojarnos los pies, a escoger los mejores huevos.—¡Dale! —Abuelo, ¿y la bicicleta china?—¿Quién se acuerda de eso, Lisandra? —Yo.—Vieja que está… igualita a mí. —Pero tú eres más bonito. Te pareces al árbol. Al framboyán. —Siempre me dices lo mismo, pizpireta. —A ver, Tato, ¿me puedo sentar arriba de ti?—Sí, pero con cuidado.—Como antes. —Te conozco bien, muchacha: tú lo que quieres es un cuento.—El cuento de la Abuela Rusa.—¿No te aburre?—¡Qué va!, dale.—Bueno, era la muchacha más bonita del pueblo. Se parecía a ti… —la memoria de Abuelo a veces falla. Se detiene y me mira fijamente.—A ver, yo te ayudo, Tato: la abuela se llamaba Ekaterina y tenía los ojos verdes. Sus papás eran unos rusos bien rusos. —¡Y bien serios! —Lo que pasa es que no sabían que tú eras un guajiro aventurero.—Medio bobo.—Bueno, Tato, aventurero y medio bobo, y completamente enamorado de la Abuela Ekaterina.—¡Ella sí que era valiente! ¡Se acercó primero! Y me miró con esos ojos y le conté las pecas —Tato sonrió y las gallinas, cerca de él, cacarearon su mejor tonada. Me levanté de sus piernas y me acerqué al framboyán. En su corteza estaban las marcas de mi crecimiento. Yo, a los tres años. Yo, a los siete, a los diez, a los catorce. Allí estaban las huellas de todos mis regresos.
Se huele lluvia en la distancia —anunció Abuelo Tato.— Buen baño para las gallinas.
Recogí algunas flores naranjas y me las puse en el pelo:
—Voy a cerrar las ventanas —le dije.
Abuelo me siguió con sus pasos cortos. El viento sopló en las ramas del framboyán. Cayeron de nuevo las flores. Las conté una a una.
—Lisandra, ven, mijitaescuché la voz de Tato.
Su voz se fue mezclando con el sonido de las flores y de las primeras gotas de lluvia que comenzaban a caer.

27 de agosto del 2017.
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