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Volviendo a la alarma.-
El sonido de la sirena electromecánica era aberrante. No cabe decirlo de otro modo. Perseguía una finalidad: salvar vidas. Una vez encendida, la turbina empezaba a girar con rapidez y el extraño aullido, de gran alcance, que salía expelido por un altavoz, llegaba hasta los 3 kilómetros. Parecía un lamento que anunciaba o precedía algo terrorífico, luego aquel lamento parecía descender para nuevamente y con mayor brío irritarse y seguir con la cantinela. Y así, una y otra vez para despedazar los nervios de la persona más ruda.
Le son de la sirène électromécanique était aberrant. Impossible d'en parler autrement. Elle poursuivait une finalité: sauver des vies. Une fois allumée, la turbine commençait à tourner rapidement et l'étrange hurlement,  expulsé par un haut-parleur et de grande portée couvrait jusqu'à trois kilomètres. On aurait dit une lamentation qui annonçait ou précédait quelque chose de terrifiant. Ensuite cette lamentation semblait diminuer et remonter avec la même force irritante et la même complainte recommençait. Et ainsi continuellement jusqu'à briser les nerfs les plus solides.
  Era como el preludio del fin del mundo.
En sus inicios, la AE-740 fue una de las miles de alarmas antiaéreas de la segunda Guerra Mundial, colocadas en la azotea  de los edificios europeos con la finalidad de alertar a la población acerca de un inminente bombardeo. Pasado el conflicto bélico, diez de ellas fueron obsequiadas por el alcalde parisiense a cuatro de las diecinueve Islas del archipiélago de Galápagos, en el año 1965, las únicas habitadas por seres humanos, para advertir sobre algún evento sísmico o maremoto, y de esa manera, con algo de tiempo, la población pudiera acudir a las partes altas. En el caso de Santa Cruz, se ordenaba tomar la vía de acceso al “Volcán durmiente”, inactivo por más de un millón de años, cuya altura sobrepasa los 800 metros. La sirena, denominada AE-740 por su código de inscripción, quién sabe por qué motivo, fue la que llegó a la estación Charles Darwin. Era la más potente. Un técnico francés fue el encargado de atornillarla en la pared de la oficina, improvisar un sistema eléctrico y explicar sobre su sencillo funcionamiento. “Sólo deben aplastar este botón” On-off. Y no rebasar los 30 minutos continuos. Agregó que casi no requería mantenimiento, solo lubricar sus partes una o dos veces al año. Y hacerla funcionar una vez cada tres meses por lo menos durante 5 minutos para que la turbina no se pegara.
     – De allí puede durar 1000 años – finalizó, riéndose –.  Más que las tortugas que ustedes tienen.
Y fue lo que se hacía. Con la ayuda de la Defensa Civil se notificó a la población que, realizarían simulacros. Y para estar acorde a lo que efectuaban otros países europeos, que encendían el artefacto más bien para no olvidar los horrores de la guerra, en la isla Santa Cruz activaban las alarmas los primeros miércoles de los meses de marzo, junio y octubre. Cinco minutos. No más. Se ganó en el plano de la previsión, educar al público ante los desastres naturales, aunque internamente se sabía que el objetivo era el mantenimiento de los aparatos.
La gente fue acostumbrándose a ese ritmo. Luego de los simulacros se volvió un recordatorio. Y lo que al principio asustó y causó un par de desmayos (y vale decirlo, un parto de urgencia a la señora de Mendoza, quien terminó bautizando a su hijo como Javier Alarma Mendoza), luego fue algo cotidiano en sus vidas. Pero todos sabían un detalle: si el aparato aullaba en cualquier otro momento (que no fuera miércoles) la cosa iba en serio, y había que hacerle caso. Por eso, cuando el “Gigante” llegó a Santa Cruz era jueves y puso de cabeza a todo el mundo. Y como al principio no sabían lo que ocurría acudieron al muelle para recibir instrucciones. Desde ese momento aquel ser benigno y  maravilloso rompió con el esquema impuesto por la Defensa Civil, y fuera de las maniobras o tsunamis que pudieran sobrevenir, el sonido ininterrumpido de la  alarma siempre indicaría las cosas importantes que le ocurrirían en su vida.
George no solo se robó la sirena, sino el cariño y la atención desmedida  de su primer y único cuidador  Fausto Llerena, del Centro de Reproducción y Crianza, un hombre que ya tenía experiencia con los quelonios, quien le preparaba un delicioso cóctel todas las mañanas: cactus tiernos, jugo de sábila y combinado de pasto y hojas anchas, y le dio su amistad hasta el último día, compensando en parte lo que los hombres le habían hecho a su especie.
También se ganó el cariño de los isleños, turistas (algunos, aprovechando un instante de descuido de los guarda parques, montaban el caparazón de George y obtenían una fotografía para el recuerdo), decenas de científicos, entre los que se encontraban don Jesús y Monzón, aunque su frente de batalla estaba bien definido: evitar la extinción de la especie. No se descartó personajes famosos y actores de Hollywood. Por Santa Cruz y para conocer a George, pasaron Mohamed Ali, la rockera Alaska que bailó unos minutos junto al animal, el príncipe Carlos de Gales, su esposa Camila, la condesa de Cornualles, el actor Richard Gere, la cantante Gloria Estefan y otros más. Se adiciona, cómo  olvidarlo, al no tan conocido pero afortunado George Gobel, un actor de culto, con cierto parecido a Mickey Rooney, comediante y conductor de un programa televisivo de la CBS, que por casualidad estuvo presente, y metido en el agua hasta las rodillas, la tarde en que arribó la tortuga, y bien sea por la casualidad o la ciega admiración de parte de los isleños y su alcalde, de tener muy cerca  a un actor de Hollywood (tan cerca que hasta podían tocarlo y pedirle que les autografiara cualquier parte del cuerpo o de las ropas), el “Gigante” fue bautizado unánimemente como George.
Claro, esto les molestó a los de Fundación porque a fin de cuentas, ellos  habían hecho el trabajo duro y ni siquiera se los dejó opinar. Por ejemplo,  Monzón prefería que lo llamen “El guapo” por haber estado en la isla “Pinta” y don Jesús se lamentaba que Charles Carter no hubiese estado en el agua esa tarde, conocido en el mundo de las luminarias como Charlton Heston, o Charles Bronson, sus actores preferidos, rudos y astutos, porque así el quelonio se hubiera llamado Charles, y todo el mundo hubiera pensado que se trataba de un homenaje al señor Darwin, lo que a fin de cuentas, hubiera sido más justo.
Incluso, por extensión, la justicia le alcanzaría hasta al inventor de la sirena antiaérea, el sr. Charles Bourgon, ya que este artefacto había marcado la vida del animal.
El segundo y tercer encendido de la AE-740, en relación a George fue cuando, ya graduado como biólogo, don Jesús, acompañado por Monzón, trajeron dos ejemplares hembras de la Isla Isabela.
Para lograr este hecho aparentemente sencillo pasaron algunos años. Primero se realizaron varios viajes a la Isla Pinta para descartar si había alguna tortuga hembra de la especie de George, la Chelonoidis abingdonii. Registraron, uno a uno, cada kilómetro cuadrado, sin éxito alguno.  Fue una búsqueda sistemática, realizada por varios grupos, hubiera sido demasiada casualidad  que cuando ellos caminaran por un sector, el ejemplar estuviese en otro. Pernoctaron varias veces, recibieron picaduras de insectos, sobre todo, de mosquitos. En alguna ocasión Monzón fue a parar al hospital con la lengua y dedos hinchados por alergia a la picada de un escorpión endémico, el hadruroides galapagensis.
Pour réaliser cette chose simple en apparence, il leur fallut plusieurs années. On fit d'abord plusieurs voyages à l'île Pinta pour vérifier s'il y avait une tortue de la même espèce que Georges, la Chelonoidis abingdonii. Ils fouillèrent chaque kilomètre carré, sans succès. Ce fut une recherche systématique, réalisée par plusieurs équipes. C'eût été un trop grand hasard qu'il y eut un autre exemplaire dans une zone pendant qu'ils étaient dans l'autre. Ils dormirent sur place plusieurs nuits, souffrirent des piqûres de moustiques. Monzón finit même à l'hôpital avec la langue et les doigts enflés, suite à une allergie à la piqûre d'un scorpion endémique, le hadruroides galapagensis.
Descartada la presencia de otra Chelonoidis abingdonii, a don Jesús  le tocó el estudio filogenético de las especies que estaban diseminadas en las islas, habitadas o no, esto implicaba viajar a algunas de las islas e islotes, obtener muestras de sangre de ejemplares hembras, mantenerlas a temperatura adecuada, y enviarlas a sus colegas Adalgisa Caccone del departamento de Biología Evolutiva de la Universidad de Yale, y a Franz Bekenberg del laboratorio de Hamburgo para analizar el ADN y el sistema proteico.
 – Distancia genética –  decía don José, a quien ya se le estaba pasando la juventud – secuencias y similitudes proteicas, análisis morfológico y anatómico, pestañas quemadas, y un poco de suerte.
De esa manera, luego de recopilar datos en un programa diseñado por la Universidad de Navarra, llegaron a la conclusión de que las hembras, esas sí descomunales, de la isla Isabela, la Chelonoidis nigra, eran las más cercanas a George, en un 50%, es decir, si lograban obtener crías, tendrían por lo menos la mitad de los genes de George. No era lo esperado, la nueva especie sería híbrida, pero a razón de cruces bien dirigidos en el futuro, el porcentaje genético podía incrementarse.
Y George, de alguna forma, seguiría “viviendo”.
El  cuidador, don Fausto, las recibió con entusiasmo y al instante, las encerró en el extenso corral donde vivía el “solitario”.
Corría el año 1983.
Y sucedió algo inesperado. George estaba tan atrapadoinmiscuido en la soledad que no les dio importancia a las hembras. Solo pasaba horas devorando sus cactus preferidos y haciendo la siesta.
Qué no hicieron los miembros del Parque Nacional para que George reaccionara.
Se agregan otros seis años hasta que llegó a la fundación la bióloga suiza Sveva Grigioni, quien tuvo la portentosa idea de cubrir sus manos con las secreciones de las hembras y colocárselas en los orificios nasales de George. Al poco tiempo reaccionó y luego de dos semanas empezó a copular, llegando a ser esta, una noticia internacional.
En los años 2008 y 2009 la alarma volvió a sonar. La primera ocasión porque una de las hembras colocó nueve huevos. Esto alegró al mundo que estaba tan pendiente de él, y a la estación llegaron felicitaciones de todas partes, políticos, deportistas, actores, tanto por correo electrónico como tarjetas conmemorativas, una de ellas, quizás la más tierna fue la que enviaron los 23 niños con enfermedad terminal del Miami Children*s Hospital, foto incluida de los pibes sonrientes, en la terraza del edificio, con tortugas de trapo en sus brazos y un cartel con la frase: “Thanks George for giving us hope”.
Los huevos fueron incubados a la temperatura adecuada, pero al pasar el tiempo de gestación se descubrieron que eran infértiles. Igual sucedió en el 2009, con cuatro huevos de una hembra y seis huevos de otra. Otra vez  la esperanza. Y otra vez el  idéntico final.
No hay que desmoronarse – le repetía Monzón a don Jesús cuando lo veía cabizbajo –. Debe haber otra forma. Quizás la distancia genética con esa especie no es la adecuada. Probemos el azar. El azar también juega en el tema de la evolución.
Así lo hicieron sin resultado alguno.
En marzo del 2011, a las 21 horas, la alarma sonó nuevamente. A intervalos de cinco minutos. Por primera vez el sonido tenía que ver de manera directa con los temas por la que fue donada. Un terremoto había azotado el Japón y el Instituto Oceanográfico de la Armada ordenaba evacuación. Ya para entonces don Jesús tenía el pelo canoso y su amigo Monzón había ganado algunas libras. Aun así, junto a todo el personal que se pudo reunir en esas horas de la noche, llevaron a cuarenta y dos tortugas de peso variado, en camionetas, entre ellas al “solitario”, a la cima del “Volcán dormido”. El maremoto que llegó a las 22 horas 50 minutos destruyó algunas instalaciones de la estación, incluyendo el laboratorio y las pruebas realizadas.
Aquello fue un preludio del final. Pero no se rindieron. Varios países donaron el equipo, y el laboratorio se levantó después de seis meses. Buscaron a la tortuga más fértil, quien tenía apenas un 20% de cercanía genética con George, la dejaron en su corral y esperaron.
Pero lo que sobrevino fue  la muerte del quelonio. Lo encontró su cuidador, mientras se dirigía a su fuente de agua.
Don Jesús reparaba en  estos hechos. En el esfuerzo entregado por muchos hombres y mujeres de todo el mundo.
Habían fracasado.
Y pensaba en la suerte que había tenido otro grupo, sus amigos de la isla Isabela, también de la estación de rescate, con tortugas del tipo Chelonoidis hoodensis. Sucedió algo parecido con George (aunque no tan alarmante), cuando fueron descubiertas en 1970, dos machos y ocho hembras, es decir, besaban la extinción. Los machos no deseaban copular. Concluyeron que con el tiempo lo lograrían. Pero justamente –el azar, como decía Monzón- repatriaron a un elemento, por gran coincidencia de la misma especie, del zoológico de San Diego, llevado allá, sin registro ni historia alguna, en 1910. Bautizado con el mismo nombre del zoológico, Diego, de siete u ocho décadas de vida, resultó ser un “semental” a nivel tortuga, y en pocos años procreó más de 800 descendientes, salvando  su especie. No se necesitaron tantas pruebas ni tanto estudio, ni tanta angustia mezclada  con esperanza en cada espera, se dijo don Jesús, sola a esa bendita  tortuga que apenas se bajó del avión arregló las cosas en un santiamén.
Entonces al comparar un hecho prodigioso y el otro desértico tuvo una iluminación. Y se dijo que tal vez no habían fracasado porque era un hecho inamovible, George simplemente no engendró porque la soledad se apropió de él, hiciera lo que se hiciera, sabía cómo era la maldad del hombre y nos les regalaría ningún descendiente. Vio partir a todos los suyos y cerró la puerta.
En comparant alors les deux faits, l'un prodige et l'autre stérile, il eut une illumination. Il se dit qu'ils n'avaient peut-être pas échoué parce que le résultat était immuable. George n'avait pas procréé car la solitude s'était emparée de lui, et comme il connaissait la méchanceté de l'homme, il ne leur offrait aucune descendance. Il avait vu partir  les siens et avait fermé la porte.
Don Jesús se incorporó. Iría a ver a su amigo. Al “solitario”. A su “gigante”. Estaba listo. Pero también se le había ocurrido algo, algo simbólico. Y quería que su amigo Monzón participara en ello.
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