24-6-2012
250 millas náuticas al norte Isla Pinta, Océano Pacífico.
Un albatros errante, solitario, adulto por su tamaño -ya que pasaba de un metro de altura- descansaba sobre la superficie en mar abierto. Era un glotón y prefería volar lejos para estar solo y no tener competencia con otras aves a la hora de alimentarse. Quizás era un albatros distinto, de esos que van evolucionando, al decir de Darwin, y buscan otros caminos de supervivencia. El esfuerzo había valido la pena porque se zampó media docena de peces y estaba haciendo una pequeña siesta, mientras su digestión actuaba con lentitud, dejándose llevar por las ondas apacibles del mar, antes de levantar vuelo y enfilar hacia la costa.
Sospechaba que esta vez se había abierto demasiado, pero sus alas eran fuertes y sabía planear durante largos momentos, con lo que alcanzaría la costa donde habitaban los suyos antes de que cayera la tarde. Ignoraba que pronto aquella área marina se convertiría en un campo de batalla. Empezó sintiendo una extraña vibración debajo de su cuerpo, una vibración que crecía a cada momento, como si algo inmenso se aprestara a devorarlo. ¿Un tiburón blanco? A esos los podía sentir, por más que se esmeraran con sus movimientos circulares y sigilosos. La vibración llegó al punto más inquietante, Escapó. Aleteó un par de veces con angustia, y levantó el vuelo, segundos antes que una estela veloz que cortaba el agua pasara justo en el sitio donde se encontraba.
Il se doutait que cette fois il s'était trop déployé, mais ses ailes étaient fortes et il savait planer pendant un bon moment, ce qui lui permettrait d'atteindre la côte où habitaient les siens. Il ignorait que d'ici peu cet espace marin allait se transformer en un champ de bataille. Il commença à sentir une étrange vibration sous son corps, comme si quelque chose d'immense s'apprêtait à le dévorer. Un requin blanc? Il pouvait les sentir même s'ils bougeaient en mouvements circulaires et prudents. La vibration devint vraiment inquiétante. Il s'échappa. Il battit des ailes deux fois et prit son envol, quelques secondes avant qu'un souffle rapide ne fende l'eau et passe exactement là où il se trouvait.
Era una joven ballena azul que nadaba a gran velocidad dos metros más abajo. Pocos minutos después, la proa de un barco arponero pasó por el mismo lugar.
Se trataba de una persecución.
Desde el cielo, y con el pequeño corazón latiéndole como moneda sacudida en tarro de mendigo desesperado, el albatros escuchó los gritos de furia y ansiedad de los hombres que estaban en la cubierta.
Se aprestaban a cazarla.
A la joven ballena ya no le quedaba mucho aire en sus pulmones. Había nadado varios kilómetros y tenía que renovarlo. Para ello estaba obligada a salir a la peligrosa superficie, expulsarlo por los orificios de su cabeza y aspirar nuevamente para hundirse en el mar. Era una operación peligrosa. Los hombres la aguardaban. Y el miedo estaba con ella. Pero no había otra forma. Si lo lograba tendría otra oportunidad. Por lo menos en veinte minutos no podrían hacerle daño. No poseía ningún plan estratégico, a no ser, por instinto, el de acercarse a alguna playa donde su perseguidor, debido a la escasa profundidad, no pudiera hacerlo; hasta eso, si tenía suerte y divisaba una isla, sólo le quedaba navegar.
En un arresto de valentía enfiló hacia la superficie. Su enorme corazón, de unos 140 kilogramos martilleaba frenéticamente sobre sus costillas.
El barco arponero la seguía muy de cerca. Dentro de él, el capitán japonés Mushio Fushida, desde el puente de mando, con sus binoculares, contemplaba el mar con detenimiento, siguiendo el rastro de su posible víctima. A ciertos momentos ordenaba corregir la marcha, dos grados a estribor, más adelante, uno a babor. Un experto cazador. Todos le guardaban profunda veneración. Aunque eran balleneros, aquel apellido, había sido muy prestigioso en la armada japonesa porque su bisabuelo, capitán de fragata, lideró uno de los ataques a Pearl Harbor, en 1941.
Al darse cuenta que la sombra que seguía se iba oscureciendo y ensanchando en el océano, sonrió con agrado. Iba a asomar a la superficie. Era el momento que esperaba. Momento culminante, magnífico, atroz, momento de muerte y victoria, no sabía cómo descifrarlo. No lo disfrutaba, simplemente era su labor, su labor de honor. Entusiasmado hizo una rápida señal con su brazo derecho. En la proa de la nave, en una plataforma móvil, estaba un cañón hidráulico capaz de disparar un arpón de 70 kilogramos, armado con un explosivo que estallaría dentro del animal, sujeto con un cable de acero para arrastrarlo hacia el barco una vez que llegara el momento. Hideaki, cuyo nombre significaba “el que tiene luz propia”, un especialista con el arpón, quien había perfeccionado el oficio viviendo unos meses con los marineros de Lamalera, en Indonesia, apuntó con paciencia, todo era cuestión de que asomara el cuerpo, esperar unos segundos, calcular tiempo y distancia, entonces apretaría el gatillo…. En el caso de acertar escucharía un sonido compacto, seguido de un chapaleteo terrible.
El resto era fácil. El buque arponero N. Maru II la seguiría hasta agotarla por completo, luego la arrastrarían hacía el barco, de por sí, muy tecnológico, con rampas por las que subían sus víctimas, para luego enviarlas a la zona de corte y distribución (descuartizamiento decían los ambientalistas), donde también separarían los órganos que serían analizados por el laboratorio. Así cumplirían con el permiso conferido por la Comisión Ballenera Internacional, en el sentido que su faena se efectuaba para fines científicos.
La suite était facile. Le baleinier N. Maru II la suivrait jusqu'a ce qu'elle soit complètement épuisée, ensuite ils la monteraient sur le bateau très moderne qui hissait ses victimes sur les rampes pour ensuite les envoyer dans la zone de découpage et de distribution (les écologistes appelaient ça le dépeçage). Ils sépareraient ensuite les organes qui seraient alors analysés dans le laboratoire. C'est ainsi qu'ils obtenaient la permission de la Commission Baleinière Internationale, en disant que tout cela servait des fins scientifiques.
El resto iría al congelador.
La joven ballena con su enorme cuerpo de 22 metros salió a la superficie con velocidad inusual, y tuvo tiempo para darse una vuelta en el aire. Todo lo contrario a lo que hacían los otros cetáceos, los cuales asomaban tímidamente, y expulsó, por su orificio respiratorio, un tremendo chorro de aire que al condensarse en la superficie actuó como una bomba de humo. El movimiento, inesperado, tomó por sorpresa a Hideaki. Disparó. Pero el arpón pasó de largo, eso sí rozando el costado del animal e hiriéndolo en una de sus aletas. El capitán Fushida, rostro de facciones groseras, bigote corto, hizo una mueca de disgusto y miró a Hideaki con ganas de ahorcarlo… ¡cómo se había dejado engañar por esa treta barata! pensó. Y antes que preparasen una segunda carga la joven ballena ya se había hundido por completo.