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24-6-2012
Isla Santa Cruz, archipiélago de las Islas Galápagos.
Coordenadas 0°38′37″S90°21′29″O
 La mañana fue común, como cualquier otra, como lo hubiera pensado don Luis, el pescador artesanal, que salía en su panga a destiempo, con su sombrero roído, su nylon y anzuelos, para buscar bacalao o wahoo; o el padre José Giner, párroco de la isla, la Santa Cruz. Ya tenía sus añitos (la gente se animaba a apostar: “setenta y cinco; no, ochenta”), era una persona diminuta, pero poseía gran energía y siempre se lo veía cruzando veloz por las calles, de aquí para allá, con un sombrero elegante de paja toquilla para proteger su calva del sol, la sotana blanca y una Biblia bajo el brazo. Ambos, el pescador y el sacerdote, lo hubieran pensado si no estaban tan ensimismados con lo suyo, porque esa es una de las normas básicas de la rutina: dejar trabajar con libertad a nuestro cerebro, colocarlo en una cápsula, mientras nos movemos maquinalmente. Pero si alguno de ellos se hubiese detenido unos segundos, el pescador en el muelle o el sacerdote sobre la vereda, para analizar esa mañana común, hubiera anotado algo así: cielo medio despejado, nubes corrientosas, empujadas por vientos del oeste, aroma a mar, ruidos esporádicos de uno que otro león marino, chillidos fuertísimos de gaviotas que llegaban al muelle o al sector del mercado, por la venta de mariscos, anunciando que estaban ansiosas y con hambre… y es que había que redactar cómo estaba la mañana porque en breve sonó la sirena AE-740 de la estación Charles Darwin.
El reloj marcaba las 10 y 15 de la mañana.
Lo extraño fue que las otras dos alarmas de la isla, la AE-741 y la AE-739 no sonaron.
Una estaba situada en la capitanía del puerto, otra en el centro del poblado. Por otro lado, se encontraba el tiempo. La gente estaba medio acostumbrada a que aullaran por dos o tres veces con intervalos de cinco minutos. Eso indicaría alerta amarilla, oleajes fuertes o marejadas, debido a las advertencias del Instituto Oceanográfico.  Pero aquella vez sólo sonaba  la sirena de la estación, además que no se detenía. Era un sonido largo, sin contemplaciones. Cinco, diez, quince minutos… veinte.
De cualquier forma los moradores se arremolinaron en el puerto.
Jesús Anselmo, un hombre de 58 años, apodado “El viejo Jesús” por sus cabellos y barba blancos, quien impartía clases de Biología y Gestión ambiental, con su traje de safari verde, en la Universidad San Francisco de la isla San Cristóbal los días miércoles y viernes por las tardes, a dos horas de distancia en lancha veloz, y trabajaba como jefe de laboratorio en el programa de reproducción de tortugas, escuchó la alarma y supo que estaba en el máximo grado de importancia. Es decir (no quería mencionar la palabra): novedad en la estación.
Se molestó porque ese día tenía su radio portátil averiada, y no pudo saber, de primera mano, lo que había ocurrido. Así que dejó unas pipetas sobre la mesa metálica y caminó al exterior. Tenía un largo camino por recorrer hacia la oficina central donde estaba el centro de reproducción, siquiera dos kilómetros. La alarma seguía sonando. Quizás sea alerta de tsunami, pensó, o tal vez...no, no creía que pudiera ser otra camada de huevos
Avanzó a velocidad moderada; su constancia en el ejercicio, las caminatas en las madrugadas y su cooperación para ciertas tareas de fuerza (como por ejemplo levantar a alguna tortuga de 80 kilogramos atascada entre las rocas y pasarla al otro lado) había evitado que engordara. Enfiló por el sendero de concreto, el único, que llevaba a los turistas, quiera o no (normas del Parque Nacional), hacia diversos lugares: el borde del faro antiguo o la playa de las iguanas negras, el puente “Tosco”, desde donde se divisaban los tiburones martillo (cuando les daba la gana aparecer) y los criaderos de las tortugas gigantes o bien llamadas Galápagos, nombre que surgió de los navegantes españoles al ver que el caparazón se parecía a una silla de montar bautizada con ese calificativo.
Il avança à vitesse modérée. Ses exercices constants, les longues marches très tôt le matin et sa coopération pour certains travaux de force (comme pas exemple soulever une tortue de 80 kilos coincée entre les rochers et la faire passer de l'autre côté ) lui avaient évité de grossir. Il prit le sentier en béton, seul passage obligé pour les touristes qu'ils le veuillent ou non (normes du parc national) pour aller aux différents endroits.: les abords de l'ancien phare d'où on voyait des requins marteaux (quand ils avaient envie qu'on les voie) et les soigneurs des tortues géantes, celles qu'on appelle les Galapagos, nom donnée par les marins espagnols, lorsqu'ils virent que leur carapace ressemblait à une selle du même nom.
Diez metros adelante divisó a Monzón, su amigo, de tez morena, y curtida por el sol, quien había sido su compañero de escuela y colegio, y con el que había tenido decenas de aventuras en las islas. A los 15 años por ejemplo se les ocurrió buscar el legendario tesoro del pirata Edward Cook, sobre  quien historiadores afirmaban lo había escondido en la isla Baltra alrededor de 1684, situada apenas a veinte minutos de distancia de Santa Cruz, en una embarcación menor (pero el pequeño motor de la nave que consiguieron se averió y fueron arrastrados por corrientes submarinas  y llevados 50 millas al oeste hasta ser rescatados por la marina dos días después). Un año más tarde repitieron la hazaña, acompañados por un profesor novelero de apellido Pasaguay que creía haber dado con las coordenadas del tesoro, ocultas en una de las cartas del cronista del Virrey de Lima, pero lo que lograron fue una gran insolación. Y le decían Monzón (aunque no se llamaba así, sino Mario Nazareno), porque al moreno le gustaba boxear, y en aquella época juvenil había un boxeador muy bueno con ese apellido.
Pero en los últimos años, su amigo se había excedido de peso, tremendamente, por lo que fue fácil alcanzarlo.– ¿Monzón, qué ocurre, cuál la emergencia? –  preguntó.–¿No lo sabes?  La noticia es espantosarespondió éste, sofocado por la corrida que había hecho. Se detuvo, respiró profundo y con voz entrecortada y bajita, como si de repente una rata parlanchina se le hubiese metido en la boca dijo– George. Se trata de George. Murió hace unos minutos.
El viejo Jesús, debido al sonido de la alarma, se esforzó por escuchar las palabras y estiró su cuello, y fue como si le hubiesen dado un garrotazo en la cabeza.
Palideció.
– ¿George, el “Gigante”? – preguntó como si buscara en su mente otro animal con idéntico nombre –. No puede ser posible, habrá un error, aún le faltaban por lo menos 20 años de vida, debe estar tan pero tan dormido que parecerá muerto. O quizás esté enfermo. Vas a ver.– Mi amigo – dijo Monzón, colocándole la mano sobre el hombro y hablando esta vez con la mayor ternura que pudo encontrar – el “solitario” está muerto. Los de la estación lo confirmaron por twitter. Será sometido  al proceso de necropsia. Ahora es noticia mundial.
  En eso la sirena de la estación dejó de sonar, pero su presencia quedó en el ambiente, como una serpiente invisible que se enroscaba dentro del silencio, y hacía que ese silencio doliera más que cuando la sirena estaba encendida.
    Nunca antes había sonado de manera tan extensa, a no ser, a no ser, pensó don Jesús… ¡cuando George llegó a la isla! Por eso la confusión y el enredo, ¡si habían  pasado más de cuarenta años!
 Y se sentó sin palabras en una de las pocas bancas de cemento colocadas en el sendero. Andareplicó el maestro a su amigo – Yo avanzo después. Debo tomarme unos minutos.
 Monzón reanudó su marcha, caminando, y a veces, impulsándose con trotes cortos. Dos o tres pasos.
 – Cuidado te infartasdijo el viejo Jesús, tratando, con la broma, de disminuir la pena que sentía –no quiero despedir a dos amigos.
Y después de decirlo, quedó solo, sólo con sus pensamientos, su silencio, y las ganas de que sus lágrimas salieran, aunque la gente, alertada por la sirena, pasara a su lado, dirigiéndose a la estación. Miembros del Parque Nacional, isleños, gente de los hoteles, muchachos, turistas curiosos. Ya todos debían conocer la noticia. Soltó una frase, o dos, que tenían demasiado peso para quedarse adentro.
– Toda una vida.  ¡Y no lo logramos!
Permaneció en el banco recordando la ocasión cuando la misma vieja alarma, versión antiaérea, donada por los franceses, sonó por primera vez por George (que entonces no se llamaba así, sino “Gigante”, o al menos él le decía así siempre, aunque no era el ejemplar más grande); sonó tanto, que cuando se detuvo no fue porque un guarda parques apagó el sistema sino porque el motor, recalentado, empezó a echar humo y la bobina colapsó. Aunque siguió sonando en los sueños de los moradores acompañando a las imágenes que ese día vivieron.
Il resta sur le banc et se rappela la fois où cette même alarme, version anti-aérienne offerte par les français, sonna pour la première fois à cause de George (à l'époque on ne l'appelait pas comme ça, c'était le "Géant", sauf lui, qui l'appelait toujours comme ça même s'il n'était pas un des plus grands exemplaires). Elle sonna tellement que le moteur finit par chauffer et qu'un garde du parc dut arrêter le système car il commençait à fumer, et la bobine se cassa. Mais elle continua à sonner dans les rêves des habitants qui virent ces images à ce moment-là.
Cuando ya se había descartado cualquier peligro para la isla, la verdadera noticia fue moviéndose a gran velocidad, como una de esas lagartijas rojas que corretean de roca en roca, entre los moradores arremolinados en la playa. “Traen a esa tortuga descomunal que decían vivía en Pinta”, “Es de las que tienen el caparazón como montura”, “Dicen que diez hombres apenas la pudieron subir a la embarcación” “…y que pesa más de 400 kilogramos”. “La más grande de la historia”. “Y que ha vivido sola todos estos años”.
Unos pocos detalles fueron verdaderos como el tipo de caparazón y la soledad; el resto, puras falacias, porque pesaba algo más de 100 kilogramos y no se necesitaron diez hombres para embarcarlo sino cinco, primero a una carretilla, en que lo transportaron 6 kilómetros a través de una densa vegetación,  y después a la nave, donde se ayudaron con unas cuerdas. Don Jesús fue uno de los hombres que participó en la captura. Al ejemplar lo encontraron tomando sombra, refugiado, al costado de un árbol frondoso. Los descubridores marcaron aquel árbol histórico con una cruz, no porque fueran  cristianosaunque dos de ellos si lo eran, sino porque es una de las marcas que más fácil se puede hacer en un árbol.
Al llegar, muchos de los curiosos tomaron fotos del bote, el “María III” y de la silueta del animal, que estaba parado con firmeza en la proa, con su cuello erguido, y su boca entreabierta, emitiendo un gemido diminuto, lo que lo volvía imponente, e investigando con sus ojos curiosos, canicas brillosas, aquel mundo nuevo.    
Y es que apenas unas horas atrás, cuatro para ser exactos, lo que tardaba el viaje de retorno entre la isla Pinta y Santa Cruz, la tortuga había dejado su mundo, sus años de soledad, que no fueron cien, pero sí por lo menos sesenta, según lo que había mencionado el biólogo que comandó la expedición y revisó los eslabones de su caparazón.
Por aquel tiempo don Jesús tenía 18 años, y por haber sido uno de los bachilleres de mejores notas fue admitido como estudiante en la estación Charles Darwin. Monzón, en cambio, pasó a ser miembro del Parque Nacional. Corría el año 1972. Hasta ese día la existencia de aquel ejemplar era un mito, que se basaba en el relato de científicos norteamericanos  a principios de siglo. Se creía a la especie extinta, hasta que un año atrás un zoólogo de la Universidad de Harvard, de apellido trabalenguas Joseph Vagvolgyi, lo divisó. Viajaba con su esposa. Ella anotó los datos: sitio exacto y horas del avistamiento.
Á cette époque don Jesús avait 18 ans et il était un des bacheliers à avoir obtenu les meilleurs notes. Il fut admis comme étudiant à la station Charles Darwin. Monzón devint en revanche un des membres du Parc National. C'était en 1972. Jusqu'à présent l'existence de cet exemplaire relevait d'un mythe basé sur le récit de scientifiques nord-américains du début du siècle. On croyait l'espèce éteinte jusqu'à ce qu'une année auparavant un zoologiste de l'Université de Harvard, d'un nom comme un jeu de mots Joseph Vagvolgyi, l'aperçut. Il voyageait avec son épouse. Elle écrivit les informations: l'endroit exact et l'heure de l'observation
Entonces renacieron las esperanzas de que aquella especie, la  Chelonoidis abingdonii, no hubiese desaparecido, y cada quince días él acompañaba a los guarda parques a La Pinta para realizar dos labores: buscar al “Gigante” y cazar cabras, una variedad introducida en aquel lugar por pescadores, como provisión de emergencia en caso les hubiese ido mal en su faena. Aunque también se sospechaba que fueron los cazadores de ballenas de fines de siglo XIX que las trajeron, por igual motivo, y que más bien los pescadores descubrieron esa improvisada fuente alimenticia.
Esa era la teoría de su profesor, don Tomás Pasaguay, dirigente de curso, quien al mismo tiempo, manejaba las asignaturas de Historia y  Literatura Ecuatoriana, y se entendía con las Matemáticas. Se los decía en clase, “fue lo peor que le pudo ocurrir a las islas… el hombre”, aunque a veces, por su pasión, mezclaba las materias que estaban a su cargo, adicionaba números y ofrecía un solo argumento con  pinta de leyenda.
C'était la théorie de son professeur, don Tomás Pasaguay, dirigeant des cours, qui maniait en même temps les cours d'Histoire et de Littérature Équatorienne, et comprenait un peu les mathématiques. Il leur disait en cours: "l'homme est la pire des choses qu'ont connue les îles. Même si par passion il mélangeait les matières dont il avait la charge, il additionnait les chiffres et offrait un unique argument avec valeur de légende.
– Muchos atentaron contra el ecosistema, las Islas siempre tuvieron sus enemigosreplicaba, dibujando en el pizarrón el esqueleto de un barco –. Cuando las tortugas colosales de Pinta y de otras islas fueron diezmadas, primero por los bucaneros y piratas, luego por los cazadores de ballenas, que  las trasladaban a sus naves para tener alimento por dos o tres meses, y eso equivalía, bajito, entre 600 a 800 unidades por viaje, alcanzaron la espantosa cifra de doscientos mil en el global, todo un campo de exterminio – y dibujaba caparazones apilados uno sobre otro en la cubierta de la embarcación –. Cuando se percataron que ya no quedaba nada o quedaba muy poco, entonces llevaron las cabras… estos pobres animalitos que no tuvieron culpa alguna se reprodujeron fantásticamente, ¡no tenían depredadores!, y de cuatro o cinco, en varios años, llegaron a 10,000, por lo que arrasaron con la flora de esos 75 kilómetros cuadrados que tiene Pinta, quitándole también el alimento a las pocas tortugas que debían de haber quedado. Pero no fue todo. Y esto se los cuento como ironía: hasta los científicos del siglo XV se sirvieron de ellas para sus largas travesías, el mismo Darwin escribió en su diario: “Vivíamos solo de carne de tortuga; cuando la coraza se asa con carne en ella es muy buena. Además, se puede hacer una sopa excelente con las tortugas jóvenes”.  Entonces el ser humano pensaba que las fuentes nunca se acabarían.
Pero se acabaron, repitió don Jesús, en la banca, mirando al vacío y despojándose de esas imágenes de su juventud, sin embargo, recordaba aún el poema que hizo a la tortuga rescatada y se lo mostró a su querido profesor.
– Lo publicaremos en el anuario – le contestó dándole una palmada en el hombro –. Eres el primero que escribes sobre este “sobreviviente”, el primer poema digo. Porque del género periodístico, con las noticias que salieron al mundo,  hay un montón.
Sí, podía recordarlo, lo llevaba en su mente.
Gigante.-
¿Quién habría descubierto aquel tesoro?
¿Algún navegante ebrio?
La voz debió correrse en tabernas de mala muerte,
en clubes de oficiales de marina,
en alcobas con olor a mar:
Allende de los mares hay un mundo exquisito.
No se imaginan
Aprovisionamiento sin costo,
tortugas, focas, iguanas,
para mantener a un ejército por lo menos durante un año”
Y vinieron del otro lado del mundo, “Gigante”
Se llevaron a los tuyos,
una y otra vez los viste desaparecer.
Mes tras mes. Año tras año.
Mas pese a la lentitud de tus patas elefantiásicas
sobreviviste.
Quizás no eras tan grande como los otros
Quizás sólo tenías 10 o 20 años.
Y por eso te dejaron solo. No tenías tanta carne.
En la soledad, los amaneceres
y las lunas enormes se volvieron rutinarias.
Luego llegaron otros invasores,
Animalitos ágiles, y hambrientos.
Luchaste por conseguir tu alimento.
Debías salir a buscarlos cada vez más temprano
o te hubieras muerto de hambre.
Pero creciste, sí, pese a todo,
creciste, gran guerrero
y pasaron otros treinta años
¿O cincuenta? ¿Quién lo sabe?
Tu soledad es indescifrable.
Hasta el día que te encontramos mordisqueado unas hojas,
Acurrucado sobre un poco de fango.
Quizás ya no recordabas a los hombres
O tenías un vago recuerdo de su maldad.
 Y te llevamos, no a la muerte
sino a un descanso merecido
a la esperanza que nunca conociste.
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