Pasaron con lentitud las siguientes semanas. El ciclo, poco a poco, volvió: trabajo de lunes a viernes; sábados y domingos a hacer compras y recuperar el aliento para empezar, de nuevo, el lunes. Sin embargo, a pesar de que la familia hacía las mismas cosas, había algo diferente. Por supuesto, la muerte del padre de Rodrigo aún pesaba y eso se podía sentir en el ambiente. Las pláticas que antes animaban las comidas ahora eran breves intercambios de palabras. Sólo el pequeño Matías permanecía inmune a la tristeza. Ahora, cuando ellos salían de casa, en lugar de ir por un libro, me quedaba pensando y pensando. La muerte para los gatos tiene un significado diferente. Nosotros no creemos mucho en el futuro. Vivimos en el instante, segundo a segundo, sin preocuparnos por lo que dejamos atrás y lo que viene adelante. Cuando llega nuestro momento de partir simplemente vamos a un rincón para estar solos, lejos de todo. Así, en completa paz, esperamos hasta que nuestro espíritu se desvanece, se funde con el aire que nos rodea, y nuestra esencia regresa –de una manera misteriosa– a la naturaleza. Los humanos no son así: ellos disfrutan la comunidad, los lazos que construyen durante todas sus vidas. A veces les cuesta superar algún trance del pasado. Es como si tuvieran un ancla enorme e invisible atado a sus cuerpos. Yo veo a este tipo de personas cuando me asomo por la ventana: van por la calle, encorvadas y cabizbajas, hablando con desesperación por sus teléfonos, sin darse cuenta del mundo que los rodea. En aquel momento temí que Rodrigo sucumbiera a la tristeza, que viviera siempre en el pasado, extrañando a su padre, quizás arrepentido de las cosas que no le dijo o extrañando las cosas que ya no podrían hacer juntos. ¿Cómo ayudarlo?
Llegó junio, después julio y agosto. En septiembre el clima dejó de ser caluroso. Las tardes de octubre se cubrieron de nubes. Las lluvias eran esporádicas pero copiosas. Una ligera brisa húmeda recorría la ciudad de Puebla. En poco tiempo acabaría un año más. El pequeño Matías intentaba balbuceos cada vez más complejos, ruidos todavía ininteligibles que, algún día, formarían palabras. “Pobres humanos”, pensaba yo mientras veía al niño corretear torpemente por la sala, “yo, a los dos meses de edad, podía treparme a casi cualquier cosa y dominaba casi todo el vocabulario felino”. Rodrigo se había refugiado en el trabajo para tratar de volver a la normalidad. En las noches, después de que Frida le besaba la frente y le deseaba buenas noches, iba al escritorio que tenía en el cuarto al fondo del departamento. Algún día lo ocuparía Matías. Rodrigo prendía una pequeña lámpara y revisaba en la computadora sus pendientes. Yo, subía al escritorio y lo miraba fijamente. Él sentía el peso de mis grandes ojos azules y me acariciaba las mejillas. A veces parecía que estaba a punto de dirigirme la palabra, pero se arrepentía de inmediato. Quizás sospechaba, como lo sabemos los gatos, que las palabras no son necesarias, sólo basta la sensación de proximidad, quizás la simple compañía, para sentir consuelo. Después de un buen rato, cuando el sueño comenzaba a vencerlo, iba a la cocina a rellenar mi tazón con croquetas y a poner agua limpia. Yo, habituada a la vida nocturna, recorría el departamento mientras la familia dormía para comprobar que todo estuviera en orden. Más tarde, cuando también me llegaba la hora de conciliar el sueño, regresaba a la recámara principal. Ahí, en un pequeño sillón, encontraba mi manta. Estaba frente a ellos, mirando a los tres seres que conformaban mi familia humana. Se suele decir que los gatos somos huraños, pero uno de tantos mitos sobre nosotros. Cuando convivimos de cerca con otros gatos o seres humanos, podemos convertirnos en su sombra. Yo estimo a los López y no me gustaba que estuvieran pasando por ese trance.
Juin, Juillet et Août arrivèrent. En septembre le climat fut moins chaud. Les après-midis d’octobre se couvrirent de nuages. Les pluies étaient sporadiques mais abondantes. Une légère brise humide circulait dans la ville. Dans peu de temps l’année s’achèverait. Le petit Matías s’essayait à des balbutiements de plus en plus complexes, à des bruits encore inintelligibles qui un jour formeraient des mots. « Pauvres humains », pensais-je en voyant l’enfant gambader maladroitement dans le salon, « moi, à deux mois je pouvais grimper presque n’importe où et je dominais presque tout le vocabulaire félin ». Rodrigo s’était réfugié dans le travail pour tenter de retrouver une certaine normalité. Le soir, après que Frida lui ait donné un baiser sur le front et souhaité une bonne nuit, il allait à son bureau qui était dans la chambre du fond. Un jour c’est Matías qui l’aurait. Rodrigo allumait une petite lampe et revoyait ses dossiers sur l’ordinateur. Je montais sur l’ordinateur et le fixais. Il sentait le poids de mes grands yeux bleus et caressait mes joues. Parfois il semblait vouloir me parler, mais se repentait immédiatement. Peut-être sentait-il, comme nous les chats, que les paroles ne sont pas nécessaires, qu’il faut juste le sentiment de proximité, la simple compagnie peut-être, pour se sentir consolé. Après un long moment, quand le sommeil commençait à le vaincre, il allait à la cuisine remplir mon bol de croquettes et me donner de l’eau propre. Moi, habituée à la vie nocturne je parcourais l’appartement pendant que la famille dormait pour vérifier que tout était en ordre. Plus tard, au moment de m’endormir, je retournais à la chambre parentale. Là, dans un petit fauteuil, je trouvais ma couverture, j’étais en face d’eux, à regarder les trois êtres qui formaient ma famille humaine. On a l’habitude de dire que les chats sont farouches, mais il y a tellement de mythes sur nous. Si nous cohabitons de près avec d’autres chats ou des êtres humains, nous pouvons devenir leur ombre. J’ai beaucoup d’estime pour les López, et je n’aimais pas qu’ils passent par ce moment-là.
Por aquellos días hacía pequeñas escapadas nocturnas por los edificios vecinos. A veces me gusta salir del departamento para explorar un poco la azotea y observar el mundo desde la altura. Esas excursiones son otro secreto que los López ni siquiera sospechan. El procedimiento es simple: sólo espero a que estén profundamente dormidos y me acerco a una pequeña ventila que está en una de las ventanas de la cocina, a un lado de la estufa. He desarrollado toda una técnica para abrirla. Primero, la empujo con mi pata derecha hasta lograr un espacio suficiente para que puedan afianzarse mis garras. Una vez hecho esto, doy dos o tres zarpazos hasta que la recorro a la mitad. En el exterior recupero mi condición más instintiva, más salvaje, y me paseo por las orillas de los tejados y los filos de las azoteas. Me siento una leona contemplando sus dominios. Soy Peluche Primera, reina del horizonte y de todo el universo conocido. Me gusta la ciudad de Puebla de noche, sobre todo el Centro Histórico: las cúpulas de las iglesias resplandecen y los relieves en las fachadas de los edificios parecen hechos de merengue. Ahí estoy un rato, captando el aire fresco de la noche e imaginando las vidas de los humanos que, a esa hora, se preparan para afrontar el siguiente día de labor.
De una maceta salió un gato gordo, blanco con negro. Sus ojos amarillos relampagueaban en la oscuridad. Le decimos Pifas y le gusta su nombre. Tenía varios meses que no lo veía. Alguna vez había vivido con una familia, pero los abandonó para recorrer un poco el mundo. Siempre decía que algún día iría a la gran capital, pero siempre terminaba arrepintiéndose y sólo llegaba un poco más allá de la avenida principal, aquella que delimitaba la colonia. Yo lo veía deambular por las azoteas de los edificios de enfrente, quizás al acecho de un ratón u otro bicho. Su sobrepeso le impedía ser efectivo en la caza aunque siempre trataba de disimular su derrota y aparentaba que todo estaba bajo control. Era un mago de las apariencias. Algunos vecinos de buen corazón le dejaban comida afuera de sus casas y por eso estaba sobrealimentado. Él decía que, una de las ventajas de estar gordo, era que resistía mejor el invierno. –Hola, Pifas – le dije sin mucha simpatía. –¿Qué haces por acá? – dijo él mientras se lamía una de sus patas –¿Te echaron de la casa? –Salí a dar una vuelta porque necesito un poco de aire fresco –le contesté, orgullosa.
Pifas dio una pequeña vuelta, se sentó y enroscó la cola. Cuando estaba aburrido le daba por buscar a otros gatos y contarles los últimos chismes de la colonia. Le encantaba meterse en la vida de los demás. Por eso no fue extraño que me mirara fijamente y me dijera: –Tú estás preocupada.
Guardé silencio. Me molestaba que ese gato gordo descubriera, de pronto, mi estado de ánimo. –¿Se puede saber por qué? – arremetió de nuevo, asumiendo mi respuesta.
Usualmente no le habría contado nada. Pero, esa noche, en la populosa ciudad de Puebla que, de repente, parecía estar deshabitada, sentí la necesidad de decirle a alguien lo que había pasado los últimos meses. Así que le conté del fallecimiento del padre de Rodrigo y el sentimiento de tristeza que prevalecía en el ánimo de la familia. –Los humanos son muy extraños –dijo Pifas –no superan la muerte de sus familiares y amigos. Tan fácil que es seguir con la vida y sus placeres.
Yo asentí en silencio aunque sin estar convencida del todo. Nos quedamos un rato sin saber qué decir. Entonces, cuando estaba a punto de despedirme, noté que Pifas tenía un diminuto brillo en el lomo. Era una luz metida en su pelaje oscuro. Agucé la vista. Pifas se dio cuenta de mi curiosidad y me preguntó: –¿Qué pasa? –Tienes algo pegado en el lomo –le dije.
Él intentó mirar pero su gordura le impedía tener una visión completa de su cuerpo. Me acerqué y, en ese momento, el brillo se desprendió, voló un poco y llegó al piso: era un pétalo amarillo y muy oloroso.
Pifas me dijo: –Seguro se me pegó en el pasillo de la señora Gómez. Acaba de comprar muchas flores llenas de esos pétalos. A veces me deja comida en el pasillo. Una vez pude entrar a su departamento y me robé un pedazo de pan.
Yo miraba la flor como si fuera parte de un milagro o un mensaje. –El pan me hizo daño –siguió Pifas, indiferente a mi descubrimiento –desde entonces no lo pruebo ni aunque me lo regalen. –Es el pétalo de una flor de cempasúchil –dije. –¿Qué? –La flor de los muertos.
Pifas se me quedó mirando, entre sorprendido e incrédulo. Supiré ya que ese gato inculto no tenía idea de lo que estaba hablando. Apresé el pétalo en mi garra derecha para que no se lo llevara el viento y le dije: –Esta flor, según las creencias de los antiguos mesoamericanos, guía a los muertos para que se reencuentren con sus familiares la noche del 2 de noviembre. –Claro, se acerca el Día de Muertos – dijo Pifas –pero no conocía el significado de la flor, sólo sé que está por todos lados en estas fechas. –Bueno, pues hay toda una historia atrás de la flor y de las ofrendas en donde es puesta. –Cuéntame – dijo, ansioso –la señora Gómez perdió hace un par de años a su esposo. Seguramente las flores son para él.
Entonces, haciendo gala de toda mi erudición, ya que Frida tenía un par de libros sobre tradiciones mexicanas, le conté:
"Como sabes en México el Día de Muertos es una fecha muy especial. En casi todos los rincones del país se celebra a las personas que han dejado este mundo. En Puebla, por supuesto, se respeta la tradición. En casas y escuelas se ponen altares y ofrendas dedicados a los muertos. Incluso hacen concursos y premian los arreglos más bonitos. Es difícil entender a los mexicanos, pues en otras partes del mundo la muerte no se celebra, es una especie de duelo que se conmemora en silencio y con la gente vestida de negro. En cambio, en México, hay una explosión de color. En las calles se percibe una mezcla de respeto, nostalgia, pero también de alegría. Es como si estuviera a punto de ocurrir un reencuentro con alguien a quien no has visto en mucho tiempo."
"Comme tu le sais, au Mexique la Fête des Morts est une date très spéciale. Dans presque tous les coins du pays on fête les personnes qui ont quitté ce monde, et à Puebla, évidemment, on respecte cette tradition. Dans les maisons et les écoles on met des autels et des offrandes dédiées aux morts. On fait même des concours pour récompenser les plus belles décorations. C’est difficile de comprendre les mexicains, parce qu’on ne célèbre pas la mort partout ailleurs dans le monde. C’est un genre de deuil qu’on célèbre en silence et les gens s’habillent en noir. En revanche, au Mexique il y a une explosion de couleurs. On voit dans les rues un mélange de respect, de nostalgie mais aussi de joie. C’est comme si une rencontre avec une personne qu’on n’a pas vue depuis longtemps allait arriver."
–¿Entonces vuelven los muertos? –exclamó Pifas abriendo mucho los ojos. –Es algo simbólico, supongo, aunque una tía mía, una gata fina que vive en la Ciudad de México, me dijo que vio al espíritu de una mujer, pariente cercana de su humana, husmeando en la ofrenda que le habían dedicado. No sé si creer esa historia. –¿Tus humanos ponen una ofrenda a sus muertos? –Nunca lo han hecho, por eso no he podido comprobar si el rito funciona –respondí un tanto incrédula. –Estaré atento – dijo Pifas un poco temeroso –mañana es 2 de noviembre. –Te sigo contando para que aprendas un poco más –le dije– las ofrendas y altares se ponen antes de la noche del 2 de noviembre para que todo esté listo antes de la llegada de los difuntos. Las ofrendas están compuestas por la comida que le gustaba a la persona y objetos personales. Hay para todos los gustos: mole, diferentes guisos con chile, atole, incluso se ponen botellas de tequila o de cerveza. También se debe poner copal, que es una resina aromática parecida al incienso. Todo esto contribuye, como podrás imaginar, a crear una atmósfera especial en las casas en donde se ponen las ofrendas. –La señora Gómez ha ido al mercado un par de veces. Compró pencas de plátano, jícamas y mandarinas –recordó Pifas. –Por supuesto –le dije más animada porque empezaba a recordar más cosas –no sólo se pone comida, guisos tradicionales, también se ofrecen a los difuntos las frutas que más les gustaban. Hay un pan muy especial, se llama Pan de Muerto, es dulce y de forma redonda. En la parte superior hay una protuberancia que semeja un cráneo y, a los lados, relieves que representan huesos humanos. En Puebla hacen una versión un poco diferente: la masa tiene como ingrediente especial un poco de jerez y agua de azahar. La cubierta no es azucarada y tiene semillas de ajonjolí. –Ya me está dando hambre de nuevo – dijo Pifas casi ronroneando de placer. –Tal vez te gustarían más las calaveritas de azúcar. –¿Cómo son? –Son cráneos hechos de azúcar y caramelo. A cada una de ellas se le pone en la frente un papel de colores brillantes con el nombre de una persona conocida. Se le puede regalar por estas fechas. Por supuesto, en la ofrenda también pueden ir calaveritas de azúcar con el nombre de la persona fallecida. –Vaya, qué interesante –dijo Pifas –estaré atento por si encuentro calaveritas de azúcar con nuestros nombres. –Lo veo poco probable –contesté burlándome un poco de la ingenuidad de mi amigo –lo cierto es que casi cualquier ofrenda es un festín para los sentidos. Imagina cuántos olores, cuántas esencias concentradas en un solo lugar. –Ya lo creo –Además, los altares se adornan con papel picado, una artesanía hecha con papel muy fino al cual se le hacen varios cortes hasta formar varias figuras muy interesantes. En la parte central de la ofrenda se coloca una foto del muerto. Algunas familias ponen sus pertenencias: alguna prenda de vestir favorita, quizás los lentes que usaba u otro objeto querido. Todo depende del gusto del familiar que se encarga de la ofrenda. –¿Y qué tienen que ver con todo esto las flores de cempasúchil? –preguntó Pifas. –Es cierto. Se me olvidaba. Tienen un papel muy importante. Verás, según la tradición, los muertos viajan desde el inframundo la madrugada del 2 de noviembre. Por esta razón sus familiares deben hacer todo lo posible para guiarlos por el camino de regreso. Las flores de cempasúchil, según las creencias de las culturas mesoamericanas, guardan el calor del sol, por eso su coloración es intensa, entre amarilla y naranja. De esta manera, los muertos pueden ver la ruta iluminada y llegan sin problemas a los lugares que habitaron. –¿Y qué pasa con la comida el día siguiente? –Pues los humanos vivos organizan una reunión familiar en la que comparten los alimentos. –Estaré atento el día siguiente por si la señora Gómez quiere compartir su comida conmigo –dijo Pifas relamiéndose los bigotes –me asombra que esta tradición haya sobrevivido tanto tiempo. –Sí, con la llegada de los conquistadores españoles la costumbre prehispánica se fundió con parte de los ritos católicos y así ha llegado hasta nuestros días. Por eso esta tradición es única. –¿Y le pondrán ofrendas a los gatos? –Nunca lo había pensado – contesté, divertida por la ocurrencia.Estaba muy emocionada por la historia que le había contado a Pifas. Los dos veíamos ese humilde pétalo como un pedazo de sol, una brizna de hierba dorada casi perdida en la noche. Yo sabía que en mis palabras había una clave que debía desentrañar. Pifas miraba la noche y la luna llena que flotaba en la oscuridad. Por un momento sus grandes ojos amarillos parecieron dos hermosas flores de cempasúchil. –¡Ya sé! – exclamé emocionada. Pifas casi dio un brinco por mi reacción. –¿Qué pasa? –Necesitamos conseguir una flor de cempasúchil completa. Quizás, si la ven, los López se les ocurra poner una ofrenda. –¿Crees que regrese el papá de Rodrigo? –preguntó Pifas entre asustado e incrédulo. –No sé. Pero creo que el solo hecho de poner una ofrenda puede ayudar –le respondí mientras pensaba en el significado que le dan los humanos a las ceremonias que hacen juntos. –Bueno, pues podemos ir afuera del departamento de la señora Gómez. Quizás haya una flor por ahí. –Vamos –le dije– tenemos que aprovechar la noche.
J’étais très émue par l’histoire que j’avais raconté à Pifas. Nous voyions tous les deux cet humble pétale comme un bout de soleil, comme un brin d’herbe doré presque perdu dans la nuit. Moi je voyais une énigme à élucider dans les mots que j'avais prononcés. Pifas regardait la pleine lune qui flottait dans l’obscurité. Pendant quelques minutes, ses grands yeux jaunes ressemblèrent à deux belles fleurs de cempasúchil1. –Je sais !–m’exclamai-je, émue. Pifas sursauta presque à cause de ma réaction. –Qu’est-ce qui se passe ? –Il nous faut une fleur de cempasúchil entière. Peut-être qu’en la voyant, les López pourraient vouloir mettre une offrande. –Tu crois que le papa de Rodrigo va revenir ? –demanda Pifas, incrédule et craintif. –Je ne sais pas. Mais je pense que le seul fait de mettre une offrande peut aider –lui répondis-je, en pensant à la signification que donnent les humains aux cérémonies qu’ils font ensemble. –Bon, alors on peut aller vers l’appartement de Madame Gómez. Il y aura peut-être une fleur par là-bas. –Allons-y –lui répondis-je– il faut profiter de la nuit.
Bajamos a toda velocidad por las escaleras del edificio. En la calle había unos autos estacionados. Nos escondimos debajo de uno para esperar el momento adecuado para cruzar. Pifas estaba un poco agotado por la carrera, pero había emoción en su cara. Después del paso de una motocicleta cruzamos la calle. Ya en la banqueta de enfrente, observamos hacia arriba: el edificio parecía una enorme montaña rectangular repleta de ojos. Algunos estaban iluminados. –La señora vive en el cuarto piso –dijo Pifas. –Adelante –dije, emocionada.
La reja que protegía la entrada tenía barrotes largos. Yo pasé con facilidad entre ellos, pero Pifas se quedó atorado en su primer intento. Tuve que regresar y empujarlo desde atrás con todas mis fuerzas para que consiguiera pasar al otro lado. –Imagínate si estuvieras huyendo de un perro –le dije entre risas.
Subimos por las escaleras hasta llegar al cuarto piso. En efecto, en el suelo estaban esparcidos decenas de pétalos de cempasúchil. Parecían los restos de una lluvia resplandeciente y fragante. Sin embargo, no había una sola flor completa. Pifas recuperaba el aliento y, con voz entrecortada, me dijo: –Qué lástima. Todas las flores están adentro. –Debemos conseguir una – le dije, aferrada a cumplir con mi objetivo. –Podemos revisar la pequeña ventana del baño. A veces la deja abierta, por ahí podemos entrar. –Muy bien –le dije, haciéndole señas para que me siguiera. –Yo te espero aquí –murmuró Pifas –voy a vigilar para que nadie nos sorprenda.
Miré cómo se ponía en guardia y aguzaba la vista para demostrar que estaba muy pendiente del pasillo vacío. Ya encontraría otro momento para que siguiera haciendo ejercicio.
Salté con agilidad hasta lo alto de un pequeño muro que limitaba el pasillo con el cubo de las escaleras. Después me impulsé hasta el quicio de la ventana de la habitación principal del departamento. A los gatos nos gustan los retos, así que hice equilibrio en esa angosta saliente hasta que pude dar vuelta y llegar a la parte trasera. Ahí, con un poco más de esfuerzo, logré llegar a un barandal de herrería color negro. Desde ese sitio pude ver la pequeña ventana del baño. Sonreí ya que estaba abierta. La distancia era respetable pero, con suficiente fuerza, podría lograrlo. Hice una respiración profunda y volé por los aires hasta llegar a mi objetivo. Me afiancé con mis garras y me apoyé hasta que pude entrar por el espacio abierto de la ventana. Salté a la tapa del excusado. Aunque el baño estaba oscuro no tuve muchas dificultades para dar con la puerta que estaba entornada. Iba muy despacio, cuidando de no tropezar con nada para no delatar mi presencia. Pronto estuve en la sala. Del otro lado se podía ver la cocina, una mesa pequeña y dos sillas. Di un respingo cuando escuché una especie de gruñido. Afiné mi sentido del oído y descubrí que era, en realidad, un ronroneo muy parecido al que hacemos los gatos cuando estamos contentos o alguien nos rasca atrás de las orejas. ¿Qué extraño animal emitía ese ruido? Conforme recorría poco a poco la sala el sonido fue cada vez más nítido hasta que, por fin, llegó la certeza: la señora Gómez, desde su recámara, roncaba estrepitosamente. A veces era un pequeño silbido pero, por momentos, era como el ronroneo de varios gatos juntos. El ronquido de la humana me daba la certeza de que estaba profundamente dormida. A pesar de eso no podía confiarme y tuve que resistir la tentación de afilar mis garras en uno de los sillones. En la sala había un gran ramo de flores de cempasúchil en una cubeta con agua. El olor fragante llenaba todo el ambiente. Las flores parecían un incendio en la penumbra. El amarillo anaranjado de sus pétalos era mágico. Había, en una de las sillas, un poco de papel picado. Todo lo que había leído era real. También vi un pequeño incensario para el copal. En un rincón, sobre una mesa pequeña, distinguí dos piezas de Pan de Muerto, cañas de azúcar, jícamas y unos tejocotes. Quise investigar más y me acerqué a la cocina.
Je sautai avec agilité en haut d’un petit mur qui délimitait le couloir et la cage d’escaliers. Ensuite je me hissai jusqu’à l’encadrement de la fenêtre de la chambre principale de l’appartement. Nous les chats, aimons les défis et c’est ainsi que je fis l’équilibre sur cette étroite corniche jusqu’à pouvoir me retourner et arriver à la partie arrière. De là, avec un effort supplémentaire, j’arrivai à une balustrade en fer noir. De là je pus voir la petite fenêtre des toilettes, je souris car elle était ouverte. La distance était respectable, mais avec assez de force, je pouvais y arriver. Je pris une profonde inspiration et volai dans les airs pour atteindre mon objectif. Je m’accrochai grâce à mes griffes et m’appuyai jusqu’à ce que je puisse entrer par la fenêtre ouverte. Je sautai sur la cuvette des toilettes. Même si les toilettes étaient sombres, je n’eus aucun mal à trouver la porte entrouverte. J’avançai très lentement pour ne rien bousculer et pour ne pas trahir ma présence. Je fus rapidement à la salle à manger, de l’autre côté on pouvait voir la cuisine, un petite table et deux chaises. Je sursautai en entendant une sorte de grognement, j’affinai mon ouïe et découvris qu’en réalité c’était très semblable à ce que nous les chats faisons lorsque nous sommes contents, ou que quelqu’un nous gratouille derrière les oreilles. Quel étrange animal faisait ce bruit ? Plus je parcourais la salle à manger, plus le son devenait clair, jusqu’à ce que enfin, j’en fus certaine. Depuis sa chambre, Madame Gómez ronflait bruyamment. C’était parfois un petit sifflement, mais de temps à autre c’était les ronronnements de plusieurs chats en même temps. Grâce à ses ronflements, j’eus la certitude que l’humaine était profondément endormie. Mais malgré ça, je ne relâchais pas ma vigilance et dus résister pour ne pas affûter mes griffes sur les fauteuils. Dans la salle à manger il y avait un gros bouquet de fleurs de cempasúchil dans un seau rempli d’eau. Leur parfum remplissait l’atmosphère. Les fleurs ressemblaient à un incendie dans la pénombre. Le jaune orangé des pétales était magique. Sur une des chaises il y avait du papel picado2. Tout ce que j’avais lu était vrai. Je vis aussi un petit encensoir pour le copal3. Dans un coin, sur une petite table, je distinguai deux Pains des Morts, de la canne à sucre, des jicamas4 et quelques tejecotes5. Je voulus en savoir plus et m’approchai de la cuisine.
La cocina tenía azulejos de color azul y blanco, muy tradicionales en Puebla. Había leído que ese tipo de cerámica, llamada Talavera, tenía influencia árabe y española. Las grecas y dibujos geométricos eran maravillosos. El aroma del cempasúchil era sustituido por el olor a clavo, chocolate, pimienta, orégano, romero y chiles secos. En las hornillas de la estufa había un par de cazuelas de barro. Agradecí que no estuviera conmigo Pifas porque su torpeza habría ocasionado un accidente. No pude resistir la curiosidad (los gatos siempre queremos investigar todo) y, desde una repisa, me asomé para ver el interior de las cazuelas. En el interior había pasta para hacer mole, una especie de salsa que tiene chocolate, caldo de pollo, almendras, plátanos, ajo y muchos otros ingredientes. En la otra cazuela había chiles poblanos que, después, cómo había leído en un recetario, serían rellenados con queso. También distinguí tomates verdes, calabazas, chiles pequeños y arrugados. Imaginé a la señora Gómez cocinando en completa soledad, quizás recordando alguna comida que había tenido con su marido. ¿Qué recuerdan los humanos? De repente pensé en las cosas que se pueden recordar: una tarde de lluvia, una plática quizás intrascendente pero que después es evocada como algo mágico. Los gatos nos movemos en un mundo efímero, pero a los humanos les gusta visitar sus recuerdos. Quizás, en ese momento, entre ronquido y ronquido, la señora Gómez estaba soñando con su marido. Volví a la sala. Me sentí transformada por lo que había visto y olido. Me di cuenta que, adentro de una vitrina, en un marco redondo, estaba una foto de ella con su marido. Era su foto de bodas. La luz de la luna y mi agudo sentido de la vista me permitieron ver muchos detalles en la imagen: el vestido blanco, el tocado en la cabeza, el ramo de flores; también la corbata de moño del novio, el traje oscuro y los zapatos lustrosos. Estaban bajo la puerta principal de una iglesia; los rodeaban amigos y familiares. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? Sentí pena por la separación y, por un momento, creí un poco más en la posibilidad de que él regresara el Día de Muertos para confortarla, estar con ella en esa fecha única.
Exploré un poco más la sala hasta dejar satisfecha mi curiosidad. Temí que ocurriera algún imprevisto así que me concentré en mi objetivo: me dirigí a la cubeta donde estaban las flores y, después de examinarlas cuidadosamente, escogí la más grande y de color más intenso. La apresé entre mis dientes, cuidando no dañar el tallo, y me dirigí de nuevo en dirección al baño. Los ronquidos habían permanecido casi inalterables. La señora Gómez no se daría cuenta del hurto y yo ganaba una oportunidad para que los López volvieran a ser los de antes. El camino de regreso fue complicado porque el tallo de la flor era largo. Tuve que salir haciendo malabares por la ventana del baño, tratando de no perder el equilibrio. Me sentía la funambulista estrella de un circo.
J’explorai un peu plus le salon jusqu’à obtenir pleinement satisfaction. Je craignis que ne survienne quelque imprévu, alors je me concentrai sur mon objectif : j’allai au seau où étaient les fleurs, et après les avoir examinées avec soin je choisis celle qui était la plus grande et d’une couleur plus intense. Je la pris entre mes dents en faisant bien attention à ne pas abîmer la tige et me dirigeai de nouveau vers les toilettes. Les ronflements n’avaient pas changé. Madame Gómez ne se rendra pas compte du larcin, et moi j’avais une opportunité pour que les López redeviennent comme avant. Le chemin de retour fut plus compliqué car la tige de la fleur était longue. Je dus sortir en gigotant par la fenêtre des toilettes pour ne pas perdre l’équilibre. Je me sentis comme la funambule étoilée d’un cirque.
–¡Qué flor tan grande! –exclamó Pifas cuando regresé con mi trofeo. –Fue muy sencillo – le dije, orgullosa por mi logro. –¿Y ahora qué sigue? –Tengo que dejar la flor en un lugar visible y esperar que algún miembro de la familia decida poner la ofrenda. –¿Crees que funcione? –No sé, pero hay que intentarlo.Regresamos por el mismo camino. Llegamos a la reja principal del edificio. Pifas tuvo que aguantar la respiración y sumir la panza para pasar por los barrotes. ¡Qué complicado es para un gato transportar algo tan simple como una flor! Pero sentía que valía la pena todo mi esfuerzo. –¡Buena suerte! –me deseó Pifas antes de despedirnos en la calle. –Te contaré después qué fue lo que pasó – le dije.
Ya en el departamento tuve que decidir dónde dejaría la flor de cempasúchil. Tendría que ser en un lugar que estuviera a la vista para que cualquiera de mis humanos la encontrara fácilmente. Decidí dejarla en una repisa junto a la mesa del comedor. Ahí guardaban las llaves, los recibos de la luz y objetos de uso diario. No podrían ignorarla. Después de algunos cálculos salté y, con mucho cuidado, dejé la flor junto a una pequeña canasta hecha de palma. En un par de horas amanecería. Sólo habría que tener un poco de suerte para que siguiera en marcha mi plan.
Arrivée à l’appartement, je dus décider de l’endroit où laisser la fleur de cempasúchil. Il fallait que ce soit dans un endroit bien visible pour que mes humains la trouvent facilement. Je décidai de la laisser sur une étagère juste à côté de la salle à manger. C’est là qu’ils laissaient les clefs, les factures d’électricité et d’autres objets d’usage quotidien. Ils ne pouvaient pas la rater. Après quelques calculs je sautai et laissai la fleur à côté d’un petit panier en osier. Dans deux heures le jour se lèverait. Il faudrait juste un peu de chance pour que mon plan aboutisse.
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