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Couverture Biographie Carte et Photos 1 Ars olea2 Penas de amor3 El refugio de Poqueira4 De vuelta a la normalidad
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Polices
Se apagaban las hogueras y ya se iban todos a dormir en la casa grandísima que había alquilado Margarita, rodeada de cerezos, castaños, arces, plantas de lavanda que daban un olor maravilloso al aire.
Al día siguiente se levantaron muy temprano. Prepararon todo el equipo de senderismo y los sacos para dormir la noche en el refugio de Poqueira. Primero tenían que ir en coches hasta la Central Eléctrica de Cebadilla, desde donde se empieza el camino hacia el refugio y desde allí se puede subir al Mulhacén.
Dice la leyenda que bajo la montaña reposan, ocultos en algún lugar, los restos del penúltimo rey nazarí, cuyo nombre era Muley Hasan, nombre por el que se conoce al pico más alto de la Península Ibérica.
Historias antiguas relatan que Muley Hasan, se enamoró profundamente de una cristiana y su locura lo llevó a perder su trono. El rey se había casado con la sultana árabe Aixa, de cuya unión nació su hijo Boabdil, su sucesor y quien perdería el reino de Granada frente a los Reyes Católicos.  
D’anciennes histoires racontent que Muley Hasan tomba follement amoureux d’une chrétienne et que sa folie lui fit perdre son trône. Le roi s’était marié avec la sultane arabe Aixa, ils avaient eu leur fils Boabdil, son successeur, qui plus tard avait perdu le royaume de Grenade face aux rois catholiques.
Tiempo más tarde se cruzó en su vida Isabel de Solís, que siendo cristiana, debió convertirse al islam para poder estar juntos. Él decidió llamarla Zoraya, que en árabe significa "lucero del alba”. Esta unión, provocó una guerra civil que supuso el destierro del monarca. Derrotado, fue destinado a pasar sus días en la torre de la alcazaba de Mondújar. Ya viejo y con su vida desecha y acabada, solo encontraba consuelo contemplando las cumbres de Sierra Nevada (denominadas entonces Xolair) y   escuchando las historias que Zoraya  sabía sobre la sierra. En su lecho de muerte, cuenta la leyenda, pidió un deseo a su esposa que no era otro que ser enterrado en la montaña. Sus deseos fueron cumplidos pues sus restos fueron llevados a lo más alto donde recibieron sepultura. El nombre árabe del rey derivó con el tiempo en el nombre cristiano Mulhacén por el que actualmente es conocida hoy la cumbre.
Quelques temps après son mariage, il croisa la chrétienne Isabelle de Solis qui se convertit à l’Islam pour qu’ils puissent vivre ensemble. Il décida de l’appeler Zoraya, ce qui voulait dire en arabe « Etoile de l’aube ». Cette union provoqua une guerre civile et l’exil du monarque, qui déchu, fut condamné à finir ses jours dans la tour de la Alcazaba de Mondújar. Là-bas, le vieux monarque à la vie brisée et finie se consolait en regardant les sommets de la Sierra Nevada qu’on appelait alors Xolair et en écoutant les histoires que lui racontait Zoraya sur cette montagne. Selon la légende il fit un vœu sur son lit de mort : il dit à son épouse qu’il voulait être enterré dans la montagne. Son vœu fut exaucé et il y fut enterré au plus haut sommet. Le nom du monarque arabe devint avec le temps le nom chrétien Mulhacén, nom actuel du plus haut sommet.
Pues allí estaban nuestros amigos, al comienzo de camino, habían dejado los  coches en la central, donde otros excursionistas también iban a subir al refugio o al Mulhacén. Entre los doce o trece excursionistas iba Santiago Tiniebla.
Antonio se percató cuando iban subiendo y se dio cuenta que no les perdía el rastro ni les quitaba ojo. Lo acompañaban dos tipos con muy malas pintas. Constantemente se iban encontrado con senderistas y ciclistas, así como jinetes en poderosos caballos andaluces, de piernas fuertes y gran resistencia.
A eso de las diez hicieron un descanso para comerse unos bocadillos. El sol era espléndido pero hacía un poco de fresco. La montaña tiene esas cosas, es preciosa pero dicen que puede ser traicionera. Igual amanece un día de sol maravilloso, que, a las cinco de la tarde, descienden las temperaturas y sopla un frío aire que lo congela todo. Y es esa circunstancia lo que casi lleva a la muerte.
Santiago y sus secuaces se escondían entre la maleza mientras ellos disfrutaban de sus bocadillos. Los niños jugaban, Velásquez y Margarita se lanzaban miradas furtivas y Rubén y su cuñados Alejandro Sánchez y Nubia conversaban.
Reanudaron su camino, el ascenso a veces era duro, pero los niños con la emoción tenían todas las fuerzas del mundo. Lo que pasaba es que Helena de tres años tenía que ser llevada a espaldas.
- Anda Clara –dijo Alejandro– lleva tú mi mochila para que yo pueda cargar a tu hermana, y ten cuidado que llevo ahí el móvil y un montón de dinero, que tenía que haber pagado la reparación del coche antes de venir, y no lo he hecho, así que no abras la mochila.
De pronto sobre las tres de la tarde, se levantó una niebla densa, tan densa que no veían a dos palmos. No se veía absolutamente nada. Velásquez que había subido al refugio ya en cinco ocasiones se conocía el camino pero éste se perdía ante sus ojos, y los árboles con los que se guiaban, ahora estaban envueltos en niebla.- Mantened la calma, ya queda poco y estoy seguro de que vamos bien.- ¿No será mejor que volvamos? –preguntó Nubia.- No –repuso Velásquez –son casi las cuatro de la tarde, si no vinieran los niños, bajaríamos ya pero, con los niños, nos llegaría la noche y ya la montaña es muy peligrosa en esta época del año. Anochece antes y bajan mucho las temperaturas. El refugio tiene que estar a un kilómetro, no más, es solo que no veo las balizas.
Las balizas en Sierra Nevada son largos palos de anchas franjas rojas y negras para guiarse en la nieve. Entonces empezó a nevar y a soplar el viento gélido proveniente de las cumbres.
Los niños iban agarrados a los adultos con las cuerdas y los mosquetones porque había un pequeño barranco y corrían peligro de no verlo. Además el viento empezaba a ser un poco más fuerte.  De repente, entre la niebla se dibujaron las formas de unas personas. Y así, de pronto, ante ellos, aparecieron Santiago Tiniebla y sus secuaces. Santiago Llevaba un rifle de cacería, de los de cartuchos con balines. Con esos rifles se pueden matar ciervos y jabalíes, pero ahora los apuntaba a ellos. Para llevar uno de eso hay que tener licencia. Si te coge la Guardia Civil o la Policía sin la licencia puedes ir a la cárcel. Santiago lo había robado, naturalmente.
- Aquí están nuestros amigos. ¿Qué tal? –preguntó Santiago.- Deberíamos haber llamado a la policía cuando salimos. Esto puede ser más peligroso de lo que esperábamos –dijo Nubia.- Santiago –dijo uno de los cacos que lo acompañaban– hay niños pequeños, coge lo que quieras de ellos y vámonos antes de que sea más tarde, la nieve y el viento nos van a retrasar la bajada.- ¡Cállate, Moño! –que era como se llamaba ese caco– aquí mando yo. A ver ¿qué es lo que lleváis?- No llevamos nada más que material de senderismo –dijo Alejandro Sánchez– ¡déjanos en paz!- A ver esos sacos de dormir –repuso Santiago– ¡Oh! son de muy buena calidad, y el piolet también. Y el chaquetón que llevas también me lo quedo.- ¡No puedes hacer eso! –gritó Nubia– ¡se va a congelar!- Ése es su problema, y cállate si no quieres que les quite los chaquetones a los críos y los venda en el mercadillo.- ¡Eso ni se te ocurra¡ por encima de mi cadáver! –gritó Rubén. Y entonces Santiago le dio con la culata en la cara y le hizo una pequeña herida por la que empezaba a correr sangre. Entonces Clara y Helena que eran muy chiquitas se asustaron y empezaron a llorar. - Tranquilas niñas –dijo el Moño– No os vamos a hacer nada.- Eso, no os preocupéis –dijo el tercer caco, Cueto– nos vamos a ir ya. Santiago déjales los chaquetones, hombre, que mira que el frío se ha levantado, coge el dinero si quieres, que es a lo que has venido y vámonos, ni Moño ni yo queremos líos y deja a los niños en paz.- ¡Aquí se hace lo que yo digo u os meto un tiro!- ¡Venga hombre! ¡Sabemos que no vas a hacer eso!- Ponme a prueba, y verás –amenazó Santiago a los otros dos –¡Venga el dinero, ya!- Yo no llevo nada –dijo Alejandro que precisamente le había dejado a Clara la mochila mientras cargaba a Helena, y como ésta era pequeña, parecía que realmente pertenecía de la niña.- No me creo que vayáis al refugio y no lleves dinero. Sabes que la comida allí cuesta, poco, pero cuesta. - Es que lo llevo yo –repuso Nubia quien le dio todo lo que llevaba en el monedero.
Asimismo, Rubén, Antonio y Margarita tuvieron que darle todo lo que llevaban en sus carteras. Además Antonio llevaba el dinero de Alba, Pituso, Sócrates, Tiago, Esteban y José. Alejandro tuvo que darle también su chaquetón de plumas, pero le dejó el piolet.
Así pues, los cacos se alejaron colina abajo perdiéndose en la niebla que ahora era menos espesa.
- Pues nada, nos han desplumado.- No del todo –dijo Clara– ¿verdad papi?          - ¡Ostras! ¡no se han dado cuenta!
- ¿Qué pasa? –preguntaron Sócrates Pituso y los demás.- Pues que le pedí a Clara que llevara mi mochila, y como es pequeña han pensado que era de ella, y llevo un montón de dinero que iba a usar para pagar el arreglo del coche. No tendremos problema en el refugio, si lo encontramos, claro.- ¡Ahí veo las balizas¡–gritó Velásquez.- ¡Bieeeeeeeeeen¡–gritaron los niños– ¡ Bieeeen!- No lo notáis? –preguntó Nubia.- ¿Qué?- Hace aún más frío.- Hay que llegar pronto al refugio, la nieve se puede congelar y a ese lado está el barranco, y solo tenemos tres pares de crampones. - ¡Vamos, vamos! ¡Es que no me lo puedo creer! –gritó Margarita muy enfadada.- ¿Qué pasa ahora? –le preguntaron.- ¡Qué me parece increíble que no hayáis mirado el pronóstico del tiempo antes de subir!- Sí que lo hemos mirado –repuso Velásquez– iba a hacer bueno hasta las cuatro y solo un poco de fresco. La montaña es traicionera. Anda no os quejéis que ahí se ve ya el refugio –dijo con una gran sonrisa y Margarita se sintió reconfortada con su mirada.
Para allá iban cuando, de repente, se escuchó un grito atronador.
- ¿Qué es eso? –se preguntaron todos al unísono.Entonces a lo lejos vieron a Cueto y Moño, acercarse con cara de espanto.- Por favor, ayudadnos –pidieron con desesperación.- ¿Qué ha sucedido?- Es que de pronto pasábamos junto al barranco, la nieve de los bordes, con este cambio de temperatura, se ha congelado, y Santiago se ha deslizado como treinta metros y se ha roto un brazo, y se ha abierto la barriga. Está atrapado en un saliente de la montaña que no tendrá ni dos metros, pero unos diez de profundidad. Para bajar hay que usar cuerdas y hemos visto que lleváis equipo de salvamento.- Sí, somos voluntarios de protección civil, llevamos crampones.- Nosotros también. Santiago es quien no llevaba, por eso se ha caído.- Nubia –dijo Antonio– sigue por este sendero, no tiene pérdida. Llévate a los niños allí. Píde Olla de Parva para los chicos, les ayudará a sobreponerse del frío.- ¿Qué es eso?- Es como un potaje de garbanzos, judías verdes, pollo típico de las Alpujarras, muy reconfortante en invierno. - Cuando llegues –continuó Rubén– diles que preparen una mesa y hiervan cuchillos y saquen todo el material de primeros auxilios. - ¿No iréis a bajar a sacar a ese malvado? –preguntó confusa Nubia.- No querrás dejarlo ahí y que se congele con las tripas fuera.
Así que Rubén, Antonio, y Alejandro se fueron con los cacos. Cuando llegaron al borde del barranco, miraron hacia abajo, habría unos seis metros, no diez como habían dicho. Era un milagro que Santiago estuviera vivo. Allí gritaba de dolor, y había mucha sangre en la piedra. Antonio, Alejandro y Rubén organizaron el equipo de escalada, ajustaron las cuerdas y mosquetones. Alejandro y Antonio que ya tenían experiencia bajaron, mientras que Rubén, Moño y Cueto aseguraban las cuerdas arriba. Fue complicado sacarlo porque el dolor no le dejaba hacer esfuerzo, pero lo consiguieron. Desde el refugio habían llegado más hombres para ayudar al rescate. Serían las seis de la tarde y oscurecía cuando entraron en el refugio de Poqueira con Santiago Tiniebla, desangrándose por la barriga y con el cúbito y el radio rotos.
El en refugio los demás senderistas, esperaban expectantes a los héroes. Los niños gritaron de alegría y Nubia y Margarita suspiraron con alivio. Estaban sanos y salvos. Desde allí se había avisado al hospital para que mandaran un helicóptero de rescate pues el refugio de Poqueira, dispone de un helipuerto, pero, por un lado solo disponían de dos en Granada, uno estaba en un pueblo de La Vega, al otro, debido al temporal tan  fuerte, no se le permitió despegar. Así que la única ayuda sanitaria que podía recibir Santiago era la de Rubén Mérquez, otro médico que también era escalador y una enfermera, jovencísima que estaba celebrando su graduación en las montañas con unos amigos. Así en el comedor del refugio habilitaron una de las grandes mesas comunitarias a modo de mesa de quirófano. Mientras que ellos le metían las tripas a Santiago y le cosían la barriga, en el porche todos, sentados en el suelo, comían la deliciosa Olla de Parva, caliente y reconfortante.
El refugio de Poqueira, es como un gran hangar de madera y acero que tiene grandes habitaciones cuyas paredes no llegan al techo, pues en caso de incendio, éste no se propaga. Cada habitación cuenta con unas doce o catorce literas, donde los senderistas duermen unos junto a otros como una gran familia.  Hay duchas, que proporcionan agua caliente si pagas dos euros, y te duchas con agua fría si no lo pagas; dispone de un gran comedor con mesas muy grandes como para quince o deiciséis comensales cada una. Mesas de madera muy robusta y bancos de la misma robustez. La cocina queda junto al comedor y una gran ventana permite ver a los cocineros y cocineras preparando las ollas. En la ventana se van poniendo los platos. Los senderistas y escaladores comen todos juntos y comparten aventuras aunque nunca se hayan visto en la vida. Arriba en la montaña, comparten ese trozo de mundo donde no hay maldad.
Cuando terminaron de operar, de forma rústica a Santiago, lo alojaron, sedado, en una habitación junto a Moño y Cueto. Limpiaron el comedor, y muchos senderistas se congregaron allí y escucharon la historia de nuestros amigos hasta la madrugada mientras bebían cerveza. El encargado del refugio conocía a Santiago pues también era de Lanjarón, y sabía cómo se las gastaba. Así que un Land Rover de la Guardia Civil estaba avisado para venir a recogerlo a la mañana siguiente y llevarlo a las autoridades y quizás a la cárcel. 
 Aquella noche, sopló un viento frío de una fuerza extraordinaria, que trajo una nieve fina que dejó una estampa navideña rodeando el refugio. Las luces de los candiles y los frontales se apagaron a las tres de la madrugada y la noche acogió sus sueños.
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