Esa mañana en el colegio se organizó un “desayuno molinero”. Consiste en comer molletes con aceite de oliva. En España se denomina mollete a un bollo de pan de miga blanda que se utilizaba antaño en las misas, y cuyo origen es hebreo. Es el principal protagonista, junto con el aceite de oliva, del famoso y típico desayuno andaluz. Existen varios tipos: aquéllos que están enharinados por fuera, cuyo estilo es más antiguo, muy típicos de la zona de Córdoba, aunque los más famosos son los de Antequera en Málaga. Las mamás de los niños del colegio son normalmente las que se ocupan de organizarlo todo. Luego a las 12 todo el mundo va al barrio de la Villa para atender a la inauguración de la feria artesanal. La feria se inaugura con la entrega de los reconocimientos a los “Artesanos de Honor” y a continuación los talleres de cerámica, tiro con arco, las tallas en madera de olivo y muchos otros más. Hay representaciones de teatro clásico y barroco por las calles, y un sinfín de puestos donde se puede comprar desde jabones artesanales hasta castillos de caramelo.
Hace una temperatura muy agradable pues en esta época del año estamos ante lo que se llama “el veranillo del membrillo” que coincide con la finalización de la recolección de los membrillos. Eso significa que se está muy a gusto bien en la calle y las actuaciones terminan entre las dos y las tres de la madrugada. Además, se puede decir que durante esos tres días el pueblo vive prácticamente en el barrio antiguo y el resto de Castro del río se queda prácticamente desierto. Y fue precisamente esta circunstancia la que sobresaltó a toda la localidad.
Ahí estaban caminando por la villa entre la multitud nuestros amigos, Alba, Sócrates, Tiago, Pituso, José y Esteban, cuando vieron a Velásquez, que colaboraba junto con Alejandro Sánchez y Pedro Moreno, como voluntarios de protección civil. Estaban junto a la ambulancia preparando material y dispuestos a empezar las rondas.
- ¿Qué hacéis por aquí?–preguntó Velásquez.- Nada, dando una vuelta –respondieron los chicos.- ¿Os siguen pegando “los nauseabundos”? - Aún no se han metido con nosotros. Pero llevamos muy pocos días de clase.- Esperemos que no olviden lo que hicisteis por Dani aquel día en el río.
- ¿Qué hacéis por aquí?–preguntó Velásquez.- Nada, dando una vuelta –respondieron los chicos.- ¿Os siguen pegando “los nauseabundos”? - Aún no se han metido con nosotros. Pero llevamos muy pocos días de clase.- Esperemos que no olviden lo que hicisteis por Dani aquel día en el río.
Serían las dos de la madrugada y estaba la villa de bote en bote, no se cabía de tanta gente. En cada una de las cinco plazas había actuaciones tanto de baile y música flamencos, como de teatro. De pronto Pituso empezó a sentirse mal. Ya llevaba unos días quejándose de dolor de barriga, pero no hizo caso. Ahora el dolor era mucho más fuerte.
-¿Qué te sucede?–preguntaron sus amigos.- No sé, me duele mucho la barriga.- Pero ¿has comido algo en mal estado?- No sé, no sé. ¡Oh qué dolor más fuerte! –Pituso ya no pudo mantenerse en pie por más rato y se desplomó en el suelo retorciéndose de dolor.- Rápido, Alba quédate con él aquí junto a la palmera, nosotros nos dividimos vamos a buscar a Velásquez, Pedro o Alejandro.
-¿Qué te sucede?–preguntaron sus amigos.- No sé, me duele mucho la barriga.- Pero ¿has comido algo en mal estado?- No sé, no sé. ¡Oh qué dolor más fuerte! –Pituso ya no pudo mantenerse en pie por más rato y se desplomó en el suelo retorciéndose de dolor.- Rápido, Alba quédate con él aquí junto a la palmera, nosotros nos dividimos vamos a buscar a Velásquez, Pedro o Alejandro.
En menos de diez minutos, apareció Antonio Velásquez y cogió en brazos a Pituso. Lo metió en la ambulancia y salió del recinto ferial hacia el centro de salud. Sus amigos lo acompañaron. Bajaban por la calle Martos, la calle estaba desierta y a lo lejos se oía el murmullo de la gente de la villa. De repente algo los sobresaltó.
-¡Mirad, chicos! ¡Ahí enfrente!
-¡Mirad, chicos! ¡Ahí enfrente!
La luz de la ambulancia, dejó ver claramente a un hombre de unos cuarenta años con el pelo largo y greñudo, encaramado a la ventana del segundo piso de la tienda de Sergio “los veinte duros” e intentado entrar por ahí. Todos pudieron ver perfectamente la cara del hombre. Pero Velásquez ni se paró ni llamó a la policía pues, para él, era más importante el estado en que se encontraba Pituso, que no paraba de llorar.
La lumière de l’ambulance laissa voir clairement un homme d’une quarantaine d’années aux cheveux longs et ébouriffés, suspendu à la fenêtre du second étage du magasin de Sergio de « los veinte duros » et qui essayait d’y entrer. Ils purent tous voir parfaitement le visage de l’homme. Mais Velásquez ne s’arrêta pas et n’appela pas la police : l’état de Pituso en pleurs était bien plus important.
- Esa cara la he visto yo antes –dijo Alba. Es el dueño de uno de los puestos de la feria artesanal.- Pues ahora me da igual quien sea dijo –Velásquez, quien aparcaba ya en el centro de salud.Por desgracia desde allí tuvo que salir corriendo para el hospital de Montilla, un pueblo mayor que Castro a quince kilométros. Esa misma noche operaron a Pituso de una peritonitis aguda. Dijeron los médicos que si hubiera llegado diez minutos más tarde no lo hubiera contado, se hubiera muerto.
Al día siguiente, Sergio “el de los veinte duros” y Pepillo subieron a la jefatura de policía. La noche anterior alguien había entrado en su tienda y le había robado productos. Desde la tienda se accede al bar de Pepillo y, ahí, el ladrón hizo su agosto robando dos mil euros de la máquina tragaperras.
Le lendemain, Sergio “ los veinte duros” et Pepillo allèrent au commissariat de police. La veille quelqu’un était entré dans son magasin et avait volé des produits. On accède au bar de Pepillo depuis le magasin, et de là, le voleur avait fait son beurre en volant deux mille euros de la caisse.
La noticia corrió como la pólvora por la localidad, pero nadie sabía ni había visto nada. Velásquez y los niños habían pasado la noche en el hospital y allí se encontraban con los padres de Pituso esperando a que le dieran el alta, con lo que aún no se habían enterado de los robos.
Al llegar al pueblo, Velásquez subió a buscar a Alejandro Sánchez y Pedro Moreno y allí se enteró de lo sucedido.
- Los niños y yo vimos al hombre.- ¡De verdad! –Exclamaron Alejandro y Pedro– Debes ir a la policía. Llama a los chiquillos y cuéntales todo.
- Los niños y yo vimos al hombre.- ¡De verdad! –Exclamaron Alejandro y Pedro– Debes ir a la policía. Llama a los chiquillos y cuéntales todo.
Sobre las once de la mañana entraban Antonio, Alba, Esteban, José, Sócrates y Tiago en la jefatura de policía situada también en el recinto ferial. Allí le contaron lo sucedido al jefe de la policía Alonso Cañero, quien se enfadó muchísimo porque Antonio no lo había avisado cuando pasó con la ambulancia.
- ¡Pero hombre, Antonio! ¿Cómo no llamaste inmediatamente? ¡Sabes que cometiste una falta muy grande! No sé si voy a permitir que sigas trabajando como voluntario.- Pero, Alonso…– dijo Antonio en un hilo de voz, bajando la mirada. - ¡Ni Alonso, ni Alonsa! –le gritó el jefe de la policía.- Disculpe –dijo Sócrates– Antonio llevaba en la ambulancia a nuestro amigo Pituso, al que han operado esta noche de una peritonitis. El cirujano nos dijo que si hubiera llegado diez minutos más tarde hubiera muerto. Si se hubiera parado a llamar a la policía o a intentar detener al ladrón, ahora Pituso no estaría entre nosotros. - ¿Es eso cierto, Antonio?- Sí señor.- Ah pues entonces te debo una disculpa.- Yo sé quién es y dónde tiene el puesto. Es el vendedor de hierbas medicinales –repuso Alba.
- ¡Pero hombre, Antonio! ¿Cómo no llamaste inmediatamente? ¡Sabes que cometiste una falta muy grande! No sé si voy a permitir que sigas trabajando como voluntario.- Pero, Alonso…– dijo Antonio en un hilo de voz, bajando la mirada. - ¡Ni Alonso, ni Alonsa! –le gritó el jefe de la policía.- Disculpe –dijo Sócrates– Antonio llevaba en la ambulancia a nuestro amigo Pituso, al que han operado esta noche de una peritonitis. El cirujano nos dijo que si hubiera llegado diez minutos más tarde hubiera muerto. Si se hubiera parado a llamar a la policía o a intentar detener al ladrón, ahora Pituso no estaría entre nosotros. - ¿Es eso cierto, Antonio?- Sí señor.- Ah pues entonces te debo una disculpa.- Yo sé quién es y dónde tiene el puesto. Es el vendedor de hierbas medicinales –repuso Alba.
Los niños, se dirigieron hacia el interior del recinto, con el policía local al que apodan “El Ya”. Cuando el señor de cuarenta años y de pelo greñudo los vio venir, los miró altanero y desafiante.
Les enfants allèrent à la féria avec le policier municipal qu’on appelait “ El Ya”. Quand l’homme de quarante ans aux cheveux ébouriffés les vit arriver, il les regarda d’un air hautain et provocateur.
- ¿Buscan algo, agentes? –Repuso.- A usted. Estos niños creen haberlo reconocido como el ladrón del que tanto se habla. ¿Cómo se llama usted?- En mi pueblo me llaman Santiago Tiniebla.–Muy adecuado para un caco.- A ver ¿dónde están las pruebas y cómo pueden saber que he sido yo ?- Nosotros lo vimos. Lo vimos encaramado a la ventana.- ¡Niña estúpida! –le gritó Santiago Tiniebla a Alba. Yo estuve anoche todo el tiempo aquí vendiendo mis hierbas. - ¡Mentira! –Gritó Alba– no se me olvida una cara y usted volvió el rostro cuando la ambulancia lo iluminó con la luz de los faros.- Sí, nosotros también lo vimos.- No nos va a quedar más remedio que registrar sus pertenencias.En ese momento Tiago Tiniebla levantó con brusquedad su puesto de hierbas y todos los sacos salieron despedidos hacia arriba formando una nube de olores y de verdor. El polvo de las hierbas, le entró a todos en los ojos y se les llenó la boca con todos los tipos, manzanilla, hierba Luisa, menta, valeriana , orégano… no veían y no paraban de toser, mientras que el caco corría perdiéndose entre la multitud. En esto que atravesó la plaza donde en esos momento se estaban llevando a cabo las exhibiciones de tiro con arco. Le tocaba el turno a un bombero de la localidad llamado Manolín Blanco. Intuyó inmediatamente que algo iba mal, así que en vez de tirar al blanco de la diana, tiró a los talones de Santiago Tiniebla, quien cayó al suelo retorciéndose de dolor. Ya aparecían los policías detrás tosiendo. “El Ya” le puso las esposas y Manolín Blanco lo ayudó a levantarlo.
- Creo que has ganado el premio al mejor tiro –le dijo El Ya.
- Creo que has ganado el premio al mejor tiro –le dijo El Ya.
La policía encontró en la furgoneta de Santiago Tiniebla, dos mil euros en monedas y un montón de productos que coincidían con lo que le faltaba Sergio “el de los 20 duros”. Lo llevaron esposado hasta las dependencias policiales. Los niños lo miraban atónitos. Santiago Tiniebla se giró y los miró con cara de asesino y les gritó: ¡Iré a por vosotros, a por todos vosotros, incluyéndote a ti! –y miró a Antonio Velásquez con todo el odio de mundo.
Dans la fourgonnette de Santiago Tiniebla, la police trouva deux mille euros en espèces et beaucoup de produits qui correspondaient à ceux qui manquaient à Sergio « veinte duros ». Ils l’emmenèrent menotté au commissariat. Les enfants le regardaient ébahis. Santiago Tiniebla se retourna et leur lança un regard assassin en criant : Je vous retrouverai, je vous retrouverai tous, et même toi ! –et il regarda Antonio Velásquez avec toute la haine dont il était capable.
- ¡Como toques a los niños, lo pagarás caro! –le gritó Velásquez.- ¡Calla! –le ordenó “El Ya” al caco –Tú no vas a por nadie –y los sujetó fuertemente del brazo. - Eso lo veremos –y se alejaron mientras Santiago Tiniebla cojeaba de dolor.